Su transformación y la nuestra

Proyecto de resolución del Partido Socialista de los Trabajadores

Febrero de 2005

“Las contradicciones subyacentes del capitalismo mundial que están empujando hacia la depresión y la guerra no empezaron el 11 de septiembre de 2001. Algunas se vieron aceleradas por estos sucesos, pero todas tienen sus raíces en el viraje descendente en la curva del desarrollo capitalista hace un cuarto de siglo, seguido por el fenómeno interrelacionado del debilitamiento y posterior colapso de los aparatos estalinistas en la Unión Soviética y a través de Europa oriental y central a principios de los años 90…. Ha comenzado uno de los infrecuentes inviernos largos del capitalismo. Acompañado de la marcha acelerada del imperialismo hacia la guerra, va a ser un invierno largo y caliente”.

—Ha comenzado el invierno largo y caliente del capitalismo

Jack Barnes, julio de 2002

PREFACIO SUMARIO

Al iniciarse el año 2005, la ofensiva patronal, que comenzó a principios de los años 80, continúa y se intensifica. Al presionar fábrica por fábrica, industria por industria, han deprimido los salarios de los trabajadores, han aumentado la diferenciación entre los asalariados y han diluido la antigüedad. Los patrones han intensificado la aceleración del ritmo de producción, han prolongado las horas de trabajo y han hecho más costosa, menos segura y más limitada la protección brindada por las pensiones y la atención médica. Al hacerlo, siguen debilitando al movimiento sindical.

Al mismo tiempo, estas “conquistas” no han sido suficientes para que la clase patronal pueda

desplazar al trabajo del centro de la escena política en Estados Unidos;

doblegar el ánimo de los trabajadores de vanguardia en empacadoras de carne, talleres de costura, minas y otros centros laborales donde los capitalistas han impulsado su ofensiva a un mayor extremo y por más tiempo; o

dar marcha atrás al cambio marino en la política obrera, caracterizado por la renovada resistencia de las filas ante los ataques antiobreros.

Sin embargo, los avances que se limitan a compañías y a centros de trabajo no han bastado, y no van a bastar, para que los patrones puedan establecer una nueva correlación de fuerzas a nivel económico, social y político entre la clase capitalista y la clase trabajadora. Los dueños del capital deben lograr un cambio mucho mayor en las relaciones de clases si han de dominar exitosamente a las potencias imperialistas rivales, organizarse para enfrentar y resistir crisis financieras y condiciones de depresión, pagar por un presupuesto bélico creciente y estabilizar las finanzas estatales. Los gobernantes de Estados Unidos no han logrado reducir lo suficiente ni el nivel de vida que los trabajadores y agricultores han llegado a esperar ni las prestaciones del Seguro Social que consideran un derecho. Estas expectativas de clase siguen siendo un terreno de batalla social y político que no se ha puesto a prueba. Son un obstáculo que los patrones no pueden soslayar, un obstáculo que, a menos que se supere, garantiza un fracaso continuo en sus intentos de abrir un nuevo periodo de expansión capitalista sostenida a nivel mundial.

Para intentar lograr tales metas, los capitalistas deben reducir el salario social que el pueblo trabajador les arrebató en el curso de batallas de clases desde mediados de los años 30. Estos logros culminaron con los grandes avances de finales de los 60 y principios de los 70: la extensión de las prestaciones del Seguro Social, la creación de Medicare y Medicaid, y la incorporación de cláusulas de escalamiento para proteger de la inflación las prestaciones de jubilación, seguro médico y discapacidad. Sin embargo, los gobernantes aún reculan ante la necesidad que enfrentan de provocar una lucha en torno a programas que decenas de millones de trabajadores, agricultores y amplias capas de las clases medias no solo consideran su derecho, sino de los cuales se sienten menos capaces de prescindir que en cualquier momento del que tengan memoria. Ellos reconocen que una lucha de esta índole, por su naturaleza, se tendrá que librar no solo en las fábricas, las minas y los talleres, sino simultáneamente en el terreno de una lucha política a nivel nacional.

El cambio marino en la política obrera, que se produce tras décadas de una ofensiva brutal por parte de cientos de miles de patrones individuales, ha estado punteado por focos dispersos de trabajadores que tratan de organizar sindicatos con suficiente eficacia para poder defenderse. Estos militantes de filas buscan utilizar la fuerza sindical. La transformación de esta resistencia, atomizada pero continua, en una vanguardia combativa más amplia del movimiento obrero no va a comenzar simplemente a medida que los militantes obreros aprendan de sus luchas respectivas, las emulen y procuren extenderse solidaridad mutuamente; ganará terreno cuando los militantes comiencen a reconocer que lo que logran con una huelga o campaña de sindicalización se puede defender y consolidar solo al extender activamente la fuerza sindical a otros centros de trabajo en su industria y en su región. Además, al propagarse una experiencia de lucha de clases de tal magnitud, un número creciente de trabajadores—así como jóvenes atraídos a las posibilidades de lo que pueden hacer los sindicatos fortalecidos—también se verán atraídos a la actividad disciplinada y al programa de los comunistas con quienes están luchando hombro a hombro en las filas delanteras de estas batallas.

Ante la creciente vulnerabilidad financiera y económica de los gobernantes, los desafíos políticos y militares que enfrentan a nivel mundial y la agudización inevitable de los conflictos de clases que estas condiciones acarrean, las familias acaudaladas de Estados Unidos y sus representantes políticos en los partidos Demócrata y Republicano han cobrado cada vez más conciencia de la necesidad de usar la fuerza tanto económica como militar del imperialismo estadounidense. Se ha desvanecido la ilusión de que el desenlace de la Guerra Fría en sí fue una victoria que traería la estabilidad global bajo la dominación de una Pax Americana, junto con una reserva en las finanzas estatales garantizada por un “dividendo de paz” permanente. Los gobernantes perciben—aun si no ven con claridad o entienden—las fuerzas incontrolables que los llevan hacia un futuro de intensificadas crisis, con sus entrelazados rostros de depresión, guerra y batallas de clases crecientemente violentas, donde hay cada vez más en juego.

La frustración que nace de una conciencia vaga pero creciente de esta vulnerabilidad, combinada con la incapacidad de hallar una vía por la cual estén seguros de superarla definitivamente (no la hay), es la mayor causa del creciente faccionalismo, demagogia y degradación del discurso político—lo que acertadamente se puede llamar su “pornograficación”—que caracterizan a toda la política burguesa en Estados Unidos, no solo entre los partidos gobernantes dominantes y sus periferias, sino más y más dentro de éstos.

Para disponerse a defender su orden global cada vez más plagado de crisis, los gobernantes estadounidenses, dirigidos por Bush, Cheney y Rumsfeld con un amplio respaldo bipartidista, están llevando a cabo la transformación más profunda en la política, organización e iniciativas militares de Washington en más de medio siglo. Ahora que no se enfrenta a las pobladas filas de soldados y divisiones de tanques del Pacto de Varsovia por todo el norte de Europa, el imperialismo norteamericano ha comenzado a poner en práctica un cambio fundamental en la estrategia, el despliegue global, la estructura y el mando de sus fuerzas armadas.

Esta “transformación” militar, según la llaman, apenas comenzada por la administración Clinton y el Congreso en los últimos años del siglo pasado, la pueden acelerar y asegurar los gobernantes estadounidenses solo mediante la guerra. La historia del siglo XX demuestra, además, que solo en medio de profundas crisis económicas y guerras que se propagan, con llamados patrióticos a favor de la “unidad nacional”, la “movilización” y la “igualdad de sacrificio”, pueden los capitalistas convencer a capas importantes del pueblo trabajador y de las clases medias inseguras, al menos por cierto tiempo, de la necesidad de hacer concesiones económicas “mutuas”, “temporales” pero de gran alcance. Esto incluye reducciones radicales del salario social, a medida que gran parte del cuidado de los menores, los enfermos y los ancianos se pone nuevamente sobre los hombros de la familia, ayudada por la iglesia e instituciones benéficas.

No obstante, las luchas engendradas por los intentos de imponer estas condiciones son las mismas mediante las cuales una vanguardia creciente de la clase trabajadora se pondrá a prueba, se templará y adquirirá experiencia política en el combate de clases. Este invierno largo y caliente de crisis económicas y sociales y de guerras, a cuyas primeras etapas ya hemos entrado, entrelaza inseparablemente su transformación y la nuestra.
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SU TRANSFORMACIÓN

1. Se está produciendo de forma acelerada un cambio histórico en el despliegue global de las fuerzas armadas del imperialismo norteamericano, en su estrategia militar y en su orden de batalla. Propugnada por la Casa Blanca e impulsada por el Departamento de Defensa, esta transformación tiene como objetivo prepararse para el carácter de las guerras que los gobernantes imperialistas saben que tienen que librar, tanto dentro de Estados Unidos como en el exterior. No existe un ala importante del Partido Demócrata o del Republicano que plantee una alternativa estratégica a esta trayectoria. Y ya está demasiado avanzada como para echarla atrás.

“Este es el cambio más significativo de vuestro ejército desde 1939”, dijo en febrero de 2005 el general Richard Cody—segundo al mando del general Peter Schoomaker, jefe del estado mayor del ejército—ante el Comité de la Cámara de Representantes para las Fuerzas Armadas.

Entre comienzos de 1939 y diciembre de 1941, cuando la administración Roosevelt le declaró la guerra a Tokio simultáneamente con la declaración de guerra de Alemania contra Estados Unidos, se aumentó el ejército norteamericano de 125 mil soldados a 1 millón 640 mil (y finalmente a 8 millones 300 mil durante la propia guerra); la marina norteamericana (que al finalizar la guerra había aumentado de 300 mil a más de 3 millones de marineros y oficiales) inició una expansión considerable en la construcción de barcos y estableció la primera patrulla atlántica; y el cuerpo aéreo del ejército (posteriormente la fuerza aérea) comenzó su expansión masiva.

Subrayando el carácter cambiante, el alcance geográfico y la creciente frecuencia de los operativos militares del imperialismo norteamericano, Cody señaló: “De 1950 a 1989, el tamaño del ejército en su conjunto osciló entre 64 divisiones durante la Guerra de Corea, 40 divisiones durante la Guerra de Vietnam, 28 (18 del Componente Activo y 10 de la Guardia Nacional) divisiones cuando terminó la Guerra Fría. Durante este periodo de 39 años, el ejército participó en 10 operaciones distintas, incluidas las de República Dominicana, Vietnam y Granada. En los 14 años desde el final de la Guerra Fría (de 1989 a 2003), el tamaño del ejército total se redujo más: de 28 divisiones a 18 divisiones; sin embargo, el ritmo operativo aumentó de forma notable a medida que el ejército respondió al llamado de la nación en 57 operaciones distintas… incluidas Panamá, Tormenta del Desierto, Somalia, Haití, Macedonia, Bosnia y Kosovo, así como compromisos en Iraq, Afganistán, Filipinas, el Cuerno de África y muchos sitios más”.

“La paz será la excepción y la guerra la norma para este ejército”, dijo Cody deliberadamente a los representantes de industrias de producción militar unas semanas después.

Porcentage de gastos militares mundiales

2. Los gobernantes estadounidenses jamás librarán de nuevo el tipo de guerras que caracterizaron el siglo XX: masivas y extensas guerras terrestres en Europa y Asia, una población contra otra. No van a librar tales guerras porque no las pueden ganar. Washington usará las armas que sean necesarias, ofensiva o defensivamente, para prevenir tales guerras.

3. Al intentar acelerar la transformación, los gobernantes norteamericanos se empeñan agresivamente en romper la tendencia conservadora de la casta de oficiales imperialista que se formó durante la Guerra Fría y que quedó afectada en especial por su experiencia política durante la guerra en Vietnam. Este esfuerzo decidido está provocando el faccionalismo más enconado en el seno del cuerpo de oficiales de las fuerzas armadas—y de los servicios de inteligencia—que se ha visto desde los primeros años de la Guerra Civil estadounidense a mediados del siglo XIX. Muchas personas en las burocracias del ejército, la fuerza aérea, la marina, los marines y la CIA arriesgan perder (o ganar) no solo promociones sino el control de enormes recursos. Nunca antes se han salido con la suya tantos generales y funcionarios de inteligencia al publicar tantos libros políticamente partidistas para “decir las cosas como son” en un periodo tan corto, a veces pocas semanas después de renunciar o retirarse del servicio activo. Se alinean con uno u otro bando en estas pugnas por terreno, y se suman abiertamente a la lucha faccional y electoral por el control de los poderes ejecutivo y legislativo del gobierno.

4. No puede haber ni habrá una repetición de una guerra conducida a la manera del ataque de 1990–91 contra Iraq, que se libró con una coalición grande organizada por Washington bajo la bandera de la ONU “pacificadora”. Tampoco habrá una reedición de la estrategia utilizada por Washington al librar tibiamente las primeras guerras europeas desde el final de la Segunda Guerra Mundial: en Bosnia en 1994–95 y en Kosova en 1999, con el uso brutal de misiles crucero y bombardeos aéreos desde lejos contra las clases trabajadoras de los Balcanes. Las consecuencias de estas guerras de los Balcanes son aun más explosivas por el hecho que los problemas políticos que están a su raíz siguen sin resolverse y se van acumulando hacia más conflictos.

Estas guerras, libradas en los años 90, señalaron la decisiva necesidad de hacer una transición en la estructura de mando y el orden de batalla que el imperialismo norteamericano estableció unos 50 años antes para fomentar sus intereses del “mundo libre”.

5. La segunda administración Bush ha acelerado la transformación al movilizar apoyo patriótico a su curso a través de las guerras de Afganistán e Iraq. Los desafíos concretos que los gobernantes enfrentaron durante estas guerras, y la experiencia inicial adquirida al librarlas, reforzaron su compromiso a estructurar y llevar a cabo esta transición fundamental.

Se ha elevado de manera cualitativa el papel de las fuerzas de operaciones especiales norteamericanas. Tropas de los Rangers y de la Fuerza Delta del ejército, SEALs de la marina, Unidades Expedicionarias de los marines y unidades de operativos especiales de la fuerza aérea recogieron inteligencia sobre el terreno, realizaron maniobras de combate combinadas con fuerzas nativas aliadas (la Alianza del Norte en Afganistán y las milicias kurdas peshmerga en Iraq), escogieron objetivos de bombardeos en tiempo real y dirigieron ellos mismos ataques aéreos y fuego naval norteamericanos.

El Pentágono probó en el terreno nuevos sistemas de armas bajo condiciones de batalla, entre éstos, aviones de reconocimiento aéreo no tripulados y aeronaves teledirigidas (drones) de ataque así como vehículos blindados ligeros Stryker. Los gobernantes de Estados Unidos, a un grado que ni soñaron en guerras anteriores, impulsaron mandos y operativos conjuntos del ejército, los marines, la marina, la fuerza aérea y sus fuerzas especiales, hasta el nivel de compañía.

6. Las 33 brigadas existentes del ejército norteamericano están siendo reestructuradas para formar entre 43 y 48 brigadas blindadas ligeras—más rápidas, móviles y letales—denominadas Equipos de Combate de Brigada (Unidades de Acción). La meta anunciada es que para el año 2010 se pueda poner en acción en cualquier parte del mundo una brigada lista para el combate en menos de 96 horas, una división completa en menos de 120 horas y cinco divisiones (unos 75 mil soldados) en menos de 30 días. Se está delegando considerables poderes de mando: del nivel de división al nivel de brigada, incluidos mandos conjuntos, de acuerdo a la necesidad, que abarcan las cuatro ramas de las fuerzas armadas (incluidos, con toda probabilidad, los agentes encubiertos de la CIA en el terreno).

Los altos funcionarios del Pentágono, al efectuar un cambio importante de lo que había sido la configuración de las fuerzas armadas norteamericanas posterior a la Segunda Guerra Mundial, están proyectando la necesidad de una nueva “tríada estratégica” que da prioridad al ejército, a los marines y a las fuerzas especiales con respecto a la tríada del ejército, la fuerza aérea y la marina. Los cazas y bombarderos de la fuerza aérea, así como los portaaviones y otros buques de guerra de la marina, seguirán siendo decisivos, pero como parte subordinada de operaciones conjuntas que integren a todas las ramas de las fuerzas armadas bajo un mando centralizado. La nueva tríada toma como base y consolida dos cambios en la estructura de mando que el gobierno norteamericano instituyó en 1986 (la Ley Goldwater-Nichols), durante los últimos años de la Guerra Fría: (1) que los comandantes de combate responden directamente al secretario de defensa, y no al oficial de mayor grado de su respectiva rama en el Estado Mayor Conjunto; y (2) que ningún oficial es ascendido al grado de general o almirante si carece de experiencia previa en el mando de fuerzas conjuntas.

El comunicado de prensa del Pentágono sobre sus proyecciones presupuestarias para 2006 y sobre “la reestructuración de las fuerzas estadounidenses” señala que es de importancia fundamental “el aumento de las unidades de combate en el ejército y en el cuerpo de marines”, así como las iniciativas para fortalecer las fuerzas de operaciones especiales, que “han sido vitales para la lucha contra el terrorismo”. Al mismo tiempo, el presupuesto propone medidas para que “la marina pueda desplegar más portaaviones y buques de apoyo con mayor rapidez”, entre ellas más reducciones de personal en la marina, así como una reestructuración de las fuerzas expedicionarias de la fuerza aérea para que éstas “puedan proporcionar rápidamente la combinación correcta de capacidades… a los Comandantes de Combate de Estados Unidos por todo el mundo”.

7. Para impulsar estos objetivos, el Pentágono está rehaciendo la “huella global” de las fuerzas armadas norteamericanas.

Con el fin de la Guerra Fría, el imperialismo norteamericano ya no enfrenta tanques y tropas del Pacto de Varsovia al otro lado de la Brecha de Fulda en Alemania central. Otros 70 mil soldados y 100 mil familiares estacionados en “pequeñas Américas” masivas y extendidas en Europa y Asia, especialmente en Alemania y Corea del sur, serán reubicados a Estados Unidos. En este marco regresarán las cuatro brigadas pesadas de combate en Alemania (la mayor parte de dos divisiones) para ser remplazadas con una brigada más ligera. Washington ya anunció el retiro de 12 500 de sus 37 mil soldados en Corea del sur, reconociendo que la defensa de los intereses imperialistas norteamericanos en la península ya no pueden depender de la concentración masiva de infantería y artillería a modo de “cable trampa” a lo largo de la frontera con Corea del norte. Los grandes recortes de las tropas norteamericanas desplegadas en el exterior, especialmente en Europa occidental, que se llevaron a cabo durante la primera administración Bush y la de Clinton se van a extender aún más en el transcurso de la “revisión de postura de fuerza global” de Washington.

Entre el 35 por ciento de las bases e instalaciones norteamericanas en el exterior que proyecta clausurar en el decenio que viene, Washington tiene la intención de retirarse de las que están en países, y en sitios dentro de países, donde los soldados norteamericanos son objeto especialmente fuerte de odio y resentimiento populares: empezando con la base aérea Príncipe Sultán cerca de Riad, Arabia Saudita (de la cual ya se han retirado), el centro de Seúl y Vieques en la colonia estadounidense de Puerto Rico.

En vez de estacionar grandes cantidades de soldados norteamericanos y sus familias en bases en el exterior, el Pentágono está negociando con otros gobiernos para establecer “Sitios de Operativos de Avanzada” más pequeños, a los que a veces se les denomina “hojas de nenúfar” (lily pads), y otros denominados “Posiciones de Seguridad Cooperativa”. Junto a las plataformas de lanzamiento y reservas de pertrechos bélicos “basadas en el mar”, estas instalaciones estarán situadas más cerca de los lugares del mundo donde Washington anticipa una mayor necesidad de usar su poderío militar: principalmente en el Medio Oriente, África, Asia central, las ex repúblicas soviéticas y Europa oriental y central, contándose la proximidad a los recursos petroleros entre los criterios explícitos.

La mayoría de las “hojas de nenúfar” apoyarán números reducidos de soldados rotados frecuentemente, sin el estorbo de las familias, y mantendrán depósitos de equipos para abastecer con poca antelación a las unidades de combate desplegadas desde Norteamérica o desde otros lugares. Tales instalaciones ya son operativas en Omán, Honduras, Kirguistán y otros países, y Washington está sosteniendo conversaciones con gobiernos para obtener sitios en Bulgaria, Rumania y Santo Tomé y Príncipe (Golfo de Guinea), entre cerca de una docena más. Las “Posiciones de Seguridad Cooperativa”, como las que se están negociando en Senegal y Uganda, serán mantenidas por “contratistas” o “personal de la nación anfitriona”, según el Pentágono, y no implican una presencia militar norteamericana permanente o grande.

Con estas negociaciones, Washington está dando pasos para establecer su presencia militar en África occidental, rica en petróleo, a costa de sus competidores imperialistas en París y Londres (y de sus aspirantes a rivales en Moscú y Beijing).

Bajo la bandera de operativos contra el narcotráfico, los gobernantes norteamericanos también se están fortaleciendo militarmente en América Latina, expandiendo su colaboración en especial con Colombia (que ya es el tercer receptor más grande de ayuda militar estadounidense en el mundo, superado solo por Israel y Egipto). A mediados de 2004 el Congreso duplicó a 800 el tamaño autorizado de la misión militar norteamericana en ese país. Entre otras cosas, estas maniobras se aceleran en preparación para conflictos “fronterizos” y disputas con Venezuela en torno a los oleoductos.

8. Los gobernantes norteamericanos están comprometidos a mantener una fuerza armada compuesta íntegramente por voluntarios. Su oposición actual a restituir una conscripción no es una maniobra de relaciones públicas. Se basa en su criterio sobre el tipo de fuerzas armadas que necesitan para prepararse para las próximas décadas de guerras que tienen la intención de librar; en las lecciones que se desprenden del decaimiento generalizado de la disciplina y moral militares en el ejército de conscriptos durante los últimos años de la Guerra de Vietnam; en los intentos de elevar los resultados promedio de las pruebas de inteligencia y aptitud de los reclutas, que han subido con el ejército voluntario; y en su juicio sobre cómo movilizar mejor el apoyo patriótico a favor de una conscripción cuando, inevitablemente, la necesiten al enfrentar guerras de mayor escala en el futuro.

Los gobernantes norteamericanos reconocen que se hace más difícil cumplir las cuotas de reclutamiento en tiempos de guerra, cuando se van acumulando las muertes y las lesiones. Por lo tanto, el gobierno norteamericano está ofreciendo mayores salarios al personal de las fuerzas armadas; mayores primas por reclutamiento, realistamiento, despliegue a un teatro de combate y capacitación; más prestaciones a las familias; una mayor expansión de los programas de ROTC (Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales de la Reserva) en los recintos universitarios; mejores beneficios para la educación y la vivienda; y más incentivos para la Guardia Nacional y la reserva del ejército. Inscribirse en la guardia o la reserva ya no es una garantía de un fin de semana al mes y dos semanas al año a cambio de la matrícula universitaria. En diciembre de 2004, cuando el Pentágono triplicó a 15 mil dólares las primas de retención para la guardia, una cuarta parte de sus miembros había servido en Iraq, casi un tercio estaba desplegado en el exterior y el 40 por ciento de los soldados norteamericanos en Iraq procedían de la guardia o de la reserva. Estos y otros crecientes gastos militares van a acentuar la batalla en el seno de la clase dominante norteamericana en torno a las finanzas estatales, lo cual aumentará la importancia que significa para ellos convencer al pueblo norteamericano políticamente de que apoye los “sacrificios” a su nivel de vida que pronto deberán acompañar estos desembolsos.

Donde el imperialismo norteamericano tiene bases militares--2004

Bases militares de EE.UU en el mundo, parte 1

Bases militares de EE.UU en el mundo, parte 2

"Revisi´┐Żn de postura global" militar del imperialismo norteamericano

Soldados de EE.UU en servicio activo

9. Las lecciones derivadas de las divisiones de clase y raciales que erosionaron la disciplina militar y minaron la moral durante la Guerra de Vietnam siguen profundamente grabadas en la conciencia del alto mando militar. Teniéndolas en cuenta, desde la Guerra del Golfo de 1991, el Pentágono ha reducido en las unidades de combate el número de soldados que son negros. La composición de los muertos en acción en Iraq da constancia del impacto de estos cambios. A comienzos de enero de 2005, el 11 por ciento de los muertos en acción eran afroamericanos, informó el Departamento de Estado, menos que el 17 por ciento que murieron durante la Guerra del Golfo de 1991 (los negros constituyen aproximadamente el 13 por ciento de la población actual de Estados Unidos).

Asimismo, en las últimas décadas los gobernantes norteamericanos han hecho un esfuerzo concentrado para forjar un cuerpo de oficiales cuya composición racial y por nacionalidad corresponda mejor a las filas.

Actualmente, más del 8 por ciento de los oficiales en servicio activo de las fuerzas armadas son negros, comparado con el 2.4 por ciento en 1973. En el ejército, los negros comprenden el 12 por ciento de la oficialidad, subiendo del 4 por ciento en 1973. El fuerte apoyo entre los rangos superiores del cuerpo de oficiales para el programa de acción afirmativa de la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan fue un factor determinante en la decisión que tomaron los abogados del Departamento de Justicia de Bush de presentar solo un reto limitado a ese plan ante la Corte Suprema, la cual en gran medida confirmó ese programa en 2003.

10. En 2005 la Comisión de Realineamiento y Clausura de Bases (BRAC) del Departamento de Defensa dará a conocer una lista de bases a cerrarse en Estados Unidos, que se calcula en un 25 por ciento de las actuales instalaciones militares en suelo estadounidense. Se van a consolidar ciertas bases del ejército, la fuerza aérea, la marina y los marines para facilitar el entrenamiento y operación conjuntos.

La administración Bush planea reorientar gran parte de los fondos ahorrados—que se proyectan entre 3 y 5 mil millones de dólares—para incrementar los gastos en salarios y primas militares, así como para ampliar las investigaciones, el desarrollo y el uso de lo que el Pentágono llama sus Futuros Sistemas de Combate “centrados en redes”: dispositivos avanzados de comunicaciones y sistemas de posicionamiento global, diseñados para el mando y el control en tiempo real por unidades pequeñas en el campo de batalla; aviones de reconocimiento no tripulados; artillería y bombas guiadas por láser; Vehículos Blindados Ligeros y helicópteros de ataque. Así Washington está eliminando o recortando programas de armamentos que había conservado de las prioridades de combate de la Guerra Fría. Han cancelado el helicóptero Comanche y el sistema de artillería Crusader, y se planean reducciones importantes en el programa de aviones caza F/A-22 “Raptor”, así como en la flota de portaaviones de la marina. En una época de dominación aérea norteamericana, los caza-bombarderos son el futuro; los dogfights (combates entre aviones) son cosa del pasado.

Los cierres de bases y recortes de sistemas de armas producidos por fabricantes bélicos norteamericanos son temas especialmente delicados de política de pork barrel (“barril de puerco”). Van a provocar oposición más ruidosa entre políticos de los partidos Demócrata y Republicano que el cierre de instalaciones norteamericanas en el exterior.

11. Antes de intentar aumentar el tamaño de las fuerzas armadas norteamericanas, el Departamento de Defensa está incrementando el número de soldados listos para el combate—lo que llaman “combatientes de guerra”—al sacar a los soldados de las tareas no combativas y remplazarlos con empleados civiles bajo la supervisión del Pentágono. La administración Bush ya les está imponiendo a los empleados del Departamento de Seguridad del Suelo Nativo (Department of Homeland Security) las debilitadas protecciones sindicales y por servicio civil que tienen los empleados del Pentágono, y la administración presenta éstas como modelo para “reformar” las escalas salariales y las políticas de contratación, despido y ascenso para un número creciente de empleados del gobierno federal.

El Departamento de Defensa también está “reequilibrando” las aptitudes y responsabilidades que se necesitan en las fuerzas armadas. Entre otras cosas, está trasladando a muchos policías militares, choferes y soldados de “asuntos civiles” desde unidades de la Guardia Nacional y de la reserva hacia unidades de servicio activo.

12. Uno de los objetivos fundamentales de la transformación de las fuerzas militares norteamericanas es la creación—bajo la bandera de las medidas antiterroristas—de las estructuras de mando y las capacidades operativas que necesitan para responder a la resistencia que los capitalistas saben que inevitablemente se va a ahondar dentro de Estados Unidos conforme las consecuencias de su derrotero económico se hagan sentir sobre los trabajadores, los agricultores y otras clases productoras. Los preparativos de la clase patronal denotan su conciencia sobre las consecuencias sociales y políticas acumuladas de más de tres décadas de acumulación de capital estancada, de una competencia más recia por el comercio mundial y de crecientes ataques al nivel de vida y a las condiciones de trabajo.

En contraste, a mediados de los años 60 y comienzos de los 70, cuando el imperialismo norteamericano libraba la Guerra de Vietnam, los gobernantes aún pudieron—en respuesta a un movimiento proletario de masas en las calles—hacer importantes concesiones sociales y económicas como el Medicare, el Medicaid y la indexación de las prestaciones del Seguro Social. El promedio de los salarios por hora continuaba en ascenso. Los patrones, su gobierno y sus partidos gemelos no sentían una necesidad apremiante de prepararse para conflictos cada vez más agudos con los trabajadores, agricultores y el movimiento sindical.

No es así al comienzo del siglo XXI y en los años que vienen. Al librar guerras en el exterior, el capital financiero norteamericano simultáneamente impulsa—más y más abiertamente—su frente dentro del país. La preparación del terreno para la creciente militarización de la vida civil, según la necesiten, es de importancia fundamental para su transformación.

Con este fin, en octubre de 2002 se estableció el Comando Norte, uno de los nueve comandos “de combate bélico” en la estructura global de Comando de Combate Unificado de las fuerzas armadas. Por primera vez en la historia de Estados Unidos, un comando militar es responsable de Estados Unidos continental y del resto de Norteamérica. NORTHCOM, según se le denomina, comparte las instalaciones y un comandante común con NORAD, el Comando de Defensa del Espacio Aéreo Norteamericano, estructura conjunta estadounidense-canadiense que desde finales de los años 50 ha tenido la autoridad, por acuerdo firmado, de poner la fuerza aérea canadiense bajo un mando estadounidense según se necesite. NORAD es el centro de la “defensa de misiles” de Norteamérica.

El Comando Norte también abarca a México, la primera vez que el vecino sureño de Washington ha estado incluido bajo cualquiera de los comandos de combate globales del imperialismo estadounidense (entre ellos el Comando Sur, que desde hace mucho ha sido responsable del Caribe y de Centro y Sudamérica).

Con la justificación de que los disturbios civiles son un problema de seguridad nacional ya que los “terroristas” y sus partidarios y simpatizantes explotan tales situaciones, el tratar con un disturbio civil dentro y a lo largo de las fronteras de Estados Unidos ahora se ha convertido—por primera vez desde las secuelas de la Guerra Civil—en un asunto militar para el gobierno federal, y no solo un asunto policiaco para las autoridades municipales, estatales y federales.

13. La creación de un comando de las fuerzas armadas para Estados Unidos continental se combina con otros preparativos más divulgados para enfrentarse a la resistencia de los trabajadores y agricultores dentro del país. Los capitalistas conscientemente encubren estos preparativos con una fachada civil y no militar. Al igual que con el NORTHCOM, la administración Clinton inició elementos de estas medidas, denominadas “Defensa del Suelo Nativo” (Homeland Defense) desde el 11-S y centralizadas a través de un nuevo departamento civil a nivel de gabinete que lleva el mismo nombre. Los gobernantes, evitando el americanismo xenófobo que ellos inevitablemente van a fomentar entre capas de la población según lo requieran las condiciones de crisis social y guerra más amplia, presentan los preparativos que hoy día necesitan hacer como asuntos de “deber cívico” y pequeñas intromisiones en la vida privada que se nos exige a “todos nosotros” frente a los “terroristas” que amenazan el hogar y el país.

Estas medidas abarcan desde la incrementada centralización federal de la “vigilancia” de los “sospechosos de terrorismo” tanto dentro como fuera del país, hasta lo que en la práctica es un sistema de carnet de identidad nacional disfrazado de números de Seguro Social; los omnipresentes controles de “seguridad” en los aeropuertos, edificios de oficinas y otros lugares; los llamamientos a informar sobre paquetes “sospechosos” en los lugares públicos o sobre conducta “fuera de lo común” en tu edificio de apartamentos, en tu barrio o en la calle; la restricción de las protecciones de hábeas corpus de los acusados e incluso de la Quinta Enmienda de la Constitución así como el espionaje contra individuos por el uso de bibliotecas, compras de libros y cuentas bancarias; y un mayor enfoque contra los residentes nacidos en el exterior, sean “legales” o “ilegales”.

Se van despejando las restricciones que fueron impuestas a los operativos de espionaje militar dentro de Estados Unidos después de los informes del Comité Church del Senado en 1975–76, los cuales detallaron amplias violaciones de los derechos constitucionales por unidades militares y otras unidades federales de espionaje que realizaban operativos, a menudo brutales, contra opositores de la Guerra de Vietnam, partidarios de los movimientos negro y chicano, el movimiento de liberación de la mujer, el movimiento obrero, comunistas y demás. Ahora, de nuevo, se está ampliando rápidamente la labor de “contraterrorismo” del FBI dentro del país.

Estos operativos de espionaje, que tarde o temprano incluyen intentos de interferencia política, estarán centralizados por un “Director de Inteligencia Nacional” con rango de gabinete, el cual responderá directamente al presidente. De igual importancia, y de hecho exentos de esta centralización, son los masivos operativos de inteligencia de las fuerzas armadas, que están organizados por el Pentágono y responden a él. La ley de “reforma” de inteligencia—cuya aprobación por el Congreso en diciembre de 2004 se logró mediante una campaña encabezada por los demócratas—fue elaborada antes de su aprobación final de manera de satisfacer las exigencias de Bush y Rumsfeld.

La gran mayoría de los trabajadores y agricultores en Estados Unidos aún no siente directamente, ni comprende políticamente, que lo que ha estado ocurriendo hoy y en años recientes en Guantánamo, lo que está pasando con la “detención preventiva” de ciudadanos norteamericanos, lo que está pasando con la limitación del derecho de apelar deportaciones, son cosas que van dirigidas ante todo contra nosotros, y no principalmente contra focos de “extranjeros” sospechosos. Incluso a los trabajadores nacidos en el exterior y a otros inmigrantes, aparte de una pequeña minoría, cualquier amenaza aún les parece algo bastante remoto. Sin embargo, como ha sucedido durante toda la historia de la lucha de clases en Estados Unidos, desde las Redadas Palmer hasta los cargos fabricados contra el movimiento obrero bajo la Ley Smith, así como el Cointelpro, las nuevas y cada véz más numerosas sondas militarizadas de los gobernantes se llegarán a reconocer por lo que son—y se les ofrecerá resistencia—a medida que el pueblo trabajador y el movimiento obrero nos veamos obligados a luchar en defensa propia y de nuestros aliados trabajadores contra los ataques acelerados de los patrones y del estado que representa y defiende sus intereses.
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‘La misión define la coalición’

14. Después de la desintegración no solo de los gobiernos estalinistas de Europa oriental y la Unión Soviética, sino del Consejo de Asistencia Mutua Económica (CAME) y del Pacto de Varsovia—mediante los cuales se habían estructurado los lazos comerciales y militares entre la Unión Soviética y los estados obreros europeos—el discurso triunfalista sobre una nueva época de “paz”, “democracia”, “estabilidad” y hasta del “fin de la historia” estuvo acompañado de reducciones masivas en el tamaño de las fuerzas armadas estadounidenses y recortes en los gastos militares. El “dividendo de paz”, utilizado por el Departamento del Tesoro en nombre de los corredores de bonos estadounidenses, sentó las bases para el ascenso exagerado del dólar y atizó el fuego para inflar lo que se convirtió en el globo financiero de fines de los años 90 y de la primera década del siglo XXI.

El fin del “dividendo de paz” y el comienzo de la transformación se dieron cuando los gobernantes, a partir de los últimos años de la administración Clinton, fueron reconociendo que ellos mismos tendrían que compensar por el hecho que ya no era posible que los herederos de Stalin sirvieran de policías contra las masas trabajadoras. O por el hecho que Moscú ya no tenía la autoridad política necesaria en el movimiento obrero para obtener una respuesta a sus justificaciones dirigidas a sofocar la lucha de clases en amplias regiones del planeta.

15. “Liberación” y no “estabilización”, “libertad” y no “equilibrio de poder”: esto señala no solamente un cambio de consignas sino un cambio histórico en la estrategia política mundial bajo la administración de George W. Bush, en comparación con las de Clinton y su antecesor.

Lo decisivo en esta redefinición de la política exterior del imperialismo estadounidense—a menudo denominada la “doctrina Bush”—es el hecho que, desde del 11 de septiembre, la administración ha concretizado y de forma acelerada ha implementado en el combate la transformación de las fuerzas armadas norteamericanas. Esos cambios en sí marcan un cambio en lo que, según coincide ahora una amplia capa de la clase gobernante norteamericana en ambos partidos imperialistas, constituyó un cuarto de siglo de respuestas política y militarmente inadecuadas ante ataques “terroristas” contra objetivos estadounidenses así como acciones tardías contra estados a los cuales se les atribuía la capacidad de desarrollar armas y sistemas de lanzamiento que amenazaban los intereses imperiales de Washington.

Con el derrocamiento de los regímenes de los talibanes en Afganistán y de Saddam Hussein en Iraq, y con sus continuas amenazas y presiones contra Irán y Corea del norte—los dos países, junto a Iraq, del “eje del mal” planteado por Bush—los gobernantes norteamericanos, entre otras cosas, pretenden sentar ejemplos prácticos. Estas muestras de poderío militar tienen por objetivo “persuadir” a las fuerzas burguesas en Siria, Libia, Palestina y otros países desde África del norte hasta Asia central y América Latina de que, si siguen manteniendo objetivos opuestos a los de Washington, no solo perjudican sus intereses de clase sino que a la larga ponen en peligro su propia supervivencia. La guerra de Iraq y sus continuas repercusiones han reemplazado al conflicto palestino-israelí como el foco central de la política en el Medio Oriente: sus efectos se irradian hacia el este, el norte e incluso hasta África occidental.

16. Ni la OTAN, una alianza nacida de la Guerra Fría, ni las coaliciones que Washington creó en los años 90 con las hojas de parra de la ONU o de la OTAN a fin de librar guerras en el Golfo y en Yugoslavia, pueden cumplir los objetivos—en estado de evolución—del imperialismo estadounidense. Tampoco lo puede la coalición que se aglutinó—mejor dicho, que se proclamó—para apoyar la guerra angloamericana contra el aparato baazista de Saddam Hussein.

A medida que el gobierno norteamericano se dispone a entablar batallas alrededor del mundo que no podrá evitar (y que en su mayoría ya no quiere evitar), en cada uno de estos casos, el mando de las fuerzas armadas de Washington será la pieza clave. “La misión definirá la coalición”, y no viceversa, según dijo Rumsfeld.

17. La Iniciativa de Seguridad contra la Proliferación (PSI), que el Departamento de Estado describe como “una actividad, no una organización”, es un ejemplo perfecto de la sentencia de Rumsfeld. Hasta la fecha unos 60 países se han adherido a este operativo de piratería mundial dirigido y organizado por el Pentágono. Su objetivo consiste en “interceptar” cargamentos de materiales que van rumbo a “estados forajidos” y “regímenes hostiles” y que, según alegan las potencias imperialistas, se podrían emplear para producir o lanzar armas de destrucción masiva (o de destrucción “considerable”).

Desde que se anunció la PSI en mayo de 2003, se han abordado barcos en alta mar y se han confiscado cargamentos en los puertos. Los gobiernos de Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Australia, Canadá, Japón, México, Singapur y muchos otros países han participado en una o más de la docena de ejercicios conjuntos realizados hasta principios de 2005. Los más recientes han sido el Equipo Samurai 2004 (Team Samurai 2004), efectuado en octubre en el Pacífico, no muy lejos de las aguas territoriales de Corea del norte, y el Ejercicio Estrecho ’04 (Exercise Chokepoint ’04), el primer ejercicio de esa índole en el continente americano, organizado en noviembre en el Caribe, entre Cayo Hueso y La Española, la isla un poco al este de Cuba que está compartida por Haití y Republica Dominicana.

18. En Iraq la espina dorsal de la coalición dominada por el imperialismo han sido los gobiernos de Estados Unidos y el Reino Unido, junto con los de Australia, Italia, Dinamarca, Polonia, Países Bajos: más de 30 en total, de Europa, de Asia y el Pacífico y de Centroamérica.

Los gobernantes norteamericanos les exigen a estos gobiernos (con ofertas de ayuda para los que cooperen) que transformen sus propias fuerzas armadas para cumplir con las tareas logísticas, de entrenamiento y de operativos especiales, así como el ejemplo internacional de liderazgo que más y más se les pedirá que ofrezcan en apoyo a operaciones dirigidas por Washington.

Tokio, en especial, está aprovechando su envío a Iraq de unos 600 soldados en misiones “no combativas” para acelerar la ruptura de las barreras que el imperialismo japonés ha enfrentado desde la Segunda Guerra Mundial para ejercer su poderío militar en el Pacífico y más allá. Al centro de este cambio histórico se encuentran un fuerte aumento del nacionalismo nipón, un mayor apoyo abierto a Taiwan y una alianza militar más estrecha con Washington ante el fortalecimiento militar de China, sobre todo su expansión naval. El Pentágono “se preocupa y se mantiene atento” ante el creciente poderío naval de Beijing, dijo Rumsfeld, con irónica moderación, en su testimonio al Comité de las Fuerzas Armadas del Senado en febrero de 2005. “Esperamos y oramos [para que China] ingrese al mundo civilizado de forma ordenada”, añadió. Sin embargo, lo que estará a la orden del día no será el cumplimiento de sus ruegos sino la realización de sus temores.

19. El curso de Washington hacia los cambiantes conflictos y alianzas estatales que se denominan la Unión Europea consiste en presionar por una expansión más rápida de esa relación política, desde Turquía hasta Ucrania y el Mar Negro.

Los gobernantes de Estados Unidos así pretenden tener la reserva más grande y heterogénea posible de aliados potenciales, reducir más la importancia política de Rusia y acelerar el desplazamiento del centro de la UE, que durante mucho tiempo ha sido el binomio franco-germano. La meta del capital financiero estadounidense consiste en socavar la capacidad del euro de servir de competidor del dólar como la moneda de reserva dominante y como medio en el comercio y las finanzas mundiales, y obligar a los rivales de Washington a cargar con los costos de integrar a los países de Europa central y oriental—donde las relaciones sociales capitalistas fueron derrocadas tras la Segunda Guerra Mundial—y cada vez más a las antiguas repúblicas soviéticas al mercado capitalista mundial y a las alianzas militares imperialistas.

20. Para el imperialismo estadounidense el centro geopolítico del mundo se está trasladando hacia el este, tanto dentro de Europa continental como más allá. Para los gobernantes norteamericanos, Polonia, Ucrania o Eslovaquia por sí sola es más importante que Bélgica; Pakistán o India es más importante que Francia; Indonesia más que Alemania.

21. Independientemente de los minuetos diplomáticos en que participen los gobernantes norteamericanos en Naciones Unidas u otros foros internacionales, no aceptarán ninguna alianza, aunque sea temporal, que obstaculice sus objetivos estratégicos. Y ya no creen más en la posibilidad o eficacia de coaliciones tipo “Tormenta del Desierto” patrocinadas por la ONU, como la de la Guerra del Golfo de 1990–91, que abarcó desde Londres y París hasta Riad, El Cairo, Damasco y Moscú, con el respaldo tácito de Beijing. La segunda guerra de Iraq ha acelerado fuertemente los conflictos entre los antiguos integrantes de la alianza Tormenta del Desierto, ofreciendo más pruebas de que lo que se escuchó durante el anterior conflicto del Golfo fueron efectivamente los cañonazos iniciales de la tercera guerra mundial.

22. Los intentos de un bloque de gobiernos imperialistas encabezados por París y Berlín de frenar la invasión de Washington a Iraq en 2003 representaron la tentativa de estas potencias imperialistas relativamente más débiles de proteger sus intereses económicos, políticos y militares en el Medio Oriente.

Estas acciones por parte de ciertas potencias imperialistas se convirtieron a la vez en polo de atracción para algunos gobiernos semicoloniales que tratan de resistir la dominación yanqui. A los radicales de clase media en todas partes del mundo—cuya “estrategia” nacionalista más y más consiste simplemente en “¡No a América!”—les resulta fácil adaptarse a este rostro “benigno” del imperialismo.

23. El despliegue inicial y el desarrollo actual por parte de Washington de un sistema de armas de misiles antibalísticos (ABM) ocupan un papel central en su ofensiva política para cambiar el equilibrio de fuerzas en perjuicio de sus rivales imperialistas y también de Rusia y China. Los sistemas ABM han dejado de ser una ficha de negociación, usada durante décadas de “conversaciones sobre armas” para presionar a la Unión Soviética para que limitara la expansión de su arsenal nuclear. Cuando la administración Reagan empezó a desarrollar de manera acelerada el programa de la “Guerra de las Galaxias” en los años 80, fue el comienzo de un cambio fundamental. La afirmación de este rumbo como política bipartidista se completó más de una década después cuando la administración Clinton se encaminó a abrogar el tratado ABM de 1972 con Moscú y decidió continuar con la construcción del sistema. Cualesquiera que sean las debilidades tecnológicas que hoy día puedan tener estos sistemas de misiles antibalísticos, Washington seguirá mejorando su eficacia, y mucho más rápidamente en condiciones de guerra.

A los “aliados” imperialistas de Washington se les está haciendo una oferta que no pueden rechazar y, en el caso de Londres, Tokio y otros más, que no quieren rechazar: “Contribuyan con terrenos, instalaciones y apoyo para el despliegue del sistema ABM, y ustedes participarán en la toma de decisiones y se verán protegidos por el escudo. Si no, a medida que se dirijan misiles hacia su territorio soberano, decidiremos sin ustedes”.

La oferta de Bush al presidente Vladimir Putin de Rusia es directa: “¡No le quiten la vista a China! Pónganse bajo el escudo. Acepten la pérdida de sus antiguas repúblicas soviéticas. Y cuando se topen con grandes problemas con sus propios trabajadores, campesinos y nacionalidades oprimidas, las fuerzas armadas norteamericanas estarán presentes para ayudar”. Sin embargo, el mensaje en voz baja que dice, “hasta que podamos remplazarlos a ustedes”, hace escabrosas las negociaciones con Moscú.

24. El objetivo del imperialismo estadounidense en la Guerra Fría era de asegurarse que al derrumbar al régimen en la Unión Soviética, derrotarían a la clase obrera y a sus aliados explotados en la tierra. Las potencias imperialistas daban por sentado que rápidamente podrían pasar a establecer las relaciones de clase y estructuras jurídicas burguesas y demás requisitos para una Rusia capitalista estable.

Sin embargo, los gobernantes imperialistas perdieron. Los herederos de Stalin fueron tumbados, pero la guerra contra la clase trabajadora aún está por entablarse. La transformación militar de Washington tiene por fin prepararse para esa guerra. Las “posiciones de seguridad cooperativa”, de una punta de la Ruta de la Seda a la otra, las bases que finalmente se van a negociar en Bielorrusia después de las de Bulgaria y Rumania, las “hojas de nenúfar” en Ucrania y hasta los derechos de repostar combustible en Rusia: todo eso está, o estará, sobre el tapete. Como estará también la oferta a Moscú de que, cuando los conflictos civiles amenacen con propagar el “terrorismo”, “el narcotráfico” o la “proliferación nuclear”, las fuerzas militares norteamericanas van a estar allí para apuntalar a las miserables y decaídas fuerzas armadas de Moscú contra los trabajadores y campesinos: así como—espera Putin descorazonado—contra las oposiciones democrático-burguesas en Rusia y a lo largo de su reducida frontera. Sin embargo, ni las experiencias en la antigua república soviética de Georgia a principios de 2004, ni la de Ucrania un año después, presagia nada bueno para estas ilusiones.
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Lo que los gobernantes norteamericanos han logrado lo que no pueden lograr

25. Hay una diferencia entre los problemas que los imperialistas enfrentan por los errores que ellos pueden y van a corregir (¡se les subestima a riesgo propio!) y los problemas que se desprenden de la dinámica de la lucha de clases mundial en la cual ellos pueden incidir hasta cierto grado pero que no pueden evitar. La desbandada del régimen talibán en Afganistán en 2001, así como la devastadora estrangulación imperialista de Iraq durante una década que culminó con la invasión de 2003, fueron un mal presagio para los gobiernos y demás fuerzas burgueses desde África del norte hasta el sudeste asiático que estaban reñidos con el imperialismo norteamericano.

a) El régimen de Pervez Musharraf en Pakistán—antiguo protector de los talibanes y organizador de un mercado negro mundial de tecnología nuclear—se está transformando en un aliado fiel y estratégico, si bien inestable, de Washington. El ejército paquistaní realiza operaciones conjuntas con las fuerzas de operaciones especiales norteamericanas contra los talibanes en ambos lados de la frontera Afganistán-Pakistán y ha reducido la red internacional de armas nucleares organizada a través de sectores del aparato de inteligencia militar de Islamabad y de A.Q. Khan, “el padre de la bomba atómica paquistaní”.

b) Más importante aún, los gobernantes norteamericanos por primera vez han atraído hacia su órbita al gobierno de India, con sus dos principales partidos burgueses contendientes. Los cambios que Washington ha realizado en sus relaciones tanto con Islamabad como con Nueva Delhi han precipitado medidas para desescalar el conflicto de décadas entre estas dos potencias nucleares en torno a Cachemira.

c) Mediante una operación conjunta de Londres y Washington, se le ha “persuadido” a la dirección de Muammar al Gaddafi en Libia de que vea lo errado de su conducta. Está abandonando sus programas de armas nucleares y otros programas de desarrollo de armas, está pagando miles de millones de dólares por reclamos de víctimas de anteriores ataques terroristas atribuidos a agentes del gobierno libio, y está abriendo sus vastos recursos naturales a la explotación imperialista de una forma más aceptable al capital financiero internacional.

d) En aras de su autopreservación, la casa real de Saúd, que descansa sobre las más grandes reservas petroleras conocidas en el mundo, está aunando fuerzas con el imperialismo para ayudar a destruir redes como Al Qaeda, para quien los gobernantes wahabíes de Arabia Saudita son los infieles que controlan y profanan los sitios sagrados del Islam. Cada medida de esta índole acentúa las contradicciones y estremece la estabilidad de este corrupto régimen rentista, aunque de no tomarse estas medidas las consecuencias para los príncipes serán peores.

e) Se acumulan también las pruebas de que las crecientes presiones que los gobernantes norteamericanos ejercen sobre Siria están surtiendo efecto, con repercusiones que se extienden a Líbano. Junto al impacto de las elecciones iraquíes, la presión inclusive se empieza a sentir en El Cairo.

El gobierno norteamericano exige que Damasco tome acción contra fuerzas baazistas emigradas en Siria que organizan y financian el flujo de armas y de combatientes hacia Iraq, y que el régimen de Assad continúe aceptando en la práctica las operaciones militares norteamericanas dentro del territorio sirio a lo largo de la frontera con Iraq. Los gobernantes norteamericanos exigen también que Damasco cese sus intentos de obtener “armas de destrucción masiva”.

26. Washington está aprovechando sus logros militares en el Medio Oriente para fortalecer más sus lazos con el gobierno, las fuerzas armadas y las agencias de inteligencia de Israel. Los gobernantes norteamericanos están aumentando sus presiones sobre los dirigentes de organizaciones palestinas con el objetivo de ahondar las divisiones entre y dentro de ellas. Este proceso se ha acelerado con la elección de Mahmoud Abbas como primer presidente de la Autoridad Palestina post-Yasser Arafat. Sin embargo, el agotamiento y la derrota de la segunda intifada ha sido para el imperialismo el factor decisivo al tratar de imponerles a los palestinos una coalición burguesa en un acuerdo con Israel.

El régimen israelí, al avanzar a la sombra del ataque contra Iraq y de la “guerra mundial contra el terrorismo”, había arrasado pueblos y campamentos que han sido centros organizativos para ataques con morteros, atentados de “martirio” y otras acciones armadas; ha seguido adelante con la construcción del muro de 400 millas bien adentro de la Ribera Occidental; ha asesinado sistemáticamente a una capa tras otra de la dirección de Hamas; y ha comenzado la batalla política dentro de Israel para retirar los asentamientos de Gaza a fin de consolidar los territorios ocupados en la Ribera Occidental y establecer una frontera más segura.

27. Las potencias imperialistas han invalidado en la práctica el Tratado Internacional de No Proliferación Nuclear al declarar, en contra de lo que estipula el tratado, que se prohibirá que los “estados sin armas nucleares” desarrollen la tecnología y las instalaciones necesarias para producir uranio suficientemente enriquecido como para alimentar reactores para la producción energética. El gobierno norteamericano está presionando, con diferentes grados de éxito, para que la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) se convierta en una fuerza policiaca internacional que tome como blanco los países semicoloniales que según Washington no cumplen adecuadamente con las exigencias imperialistas de abrogar su soberanía y sus derechos derivados del tratado. La campaña de Washington para remplazar a Mohamed ElBaradei como titular de la AIEA forma parte de su empeño en incrementar las labores policiales de este organismo en nombre de los gobernantes norteamericanos.

a) El régimen iraní ha enfrentado una presión creciente, sobre todo por parte de Washington, para que acceda a la inspección incondicional de todas sus instalaciones nucleares y abandone el desarrollo extenso de la energía nuclear: programa iniciado con la ayuda y bendición de Washington durante la dictadura proimperialista del sha Mohammed Reza Pahlavi, que fue derrocada en el levantamiento revolucionario de 1979. Londres, París y Berlín se han sumado a estas presiones contra Teherán, a pesar de las discrepancias que haya entre ellos y Washington sobre cuán rápido y cuánto apretar las tuercas.

La eliminación del potencial nuclear de Irán sigue siendo un objetivo estratégico primordial de Israel, lo que da pie a referencias frecuentes al ataque aéreo de 1981 en el que Tel Aviv destruyó el reactor nuclear iraquí de Osirak. Las instalaciones nucleares de Teherán están más esparcidas geográficamente que las de Bagdad en aquel entonces (una lección del ataque a Osirak); solo cuando Washington crea que las posibilidades del éxito sean buenas—o cuando considere que no le queda otra opción—iniciará una acción militar contra Irán o acordará que Israel lo haga. Pero como lo demuestra la destrucción casi simultánea de las posiciones antiaéreas iraquíes en las primeras horas de la guerra de 2003, las fuerzas de operaciones especiales norteamericanas pueden localizar y destruir instalaciones muy esparcidas, a una velocidad y con una eficacia devastadoras. Hace ya mucho que comenzaron a realizar acciones de reconocimiento, ubicación, vigilancia electrónica y otras medidas preparatorias dentro de Irán con miras a tal eventualidad.

b) La República Democrática Popular de Corea se retiró en 2003 del Tratado de No Proliferación Nuclear. Ha defendido su derecho y proclamado su intención de continuar desarrollando armas nucleares para su defensa. Pyongyang es el blanco de un esfuerzo en frentes múltiples, que incluye a Beijing, para obligar a la RDPC a detener el desarrollo de su programa nuclear. Al mismo tiempo, Washington ha ayudado a que Corea del sur encubra el hecho de que hasta fecha tan reciente como 2000 produjo—en experimentos ocultos a la AIEA—plutonio y uranio del tipo requerido para armas nucleares.

c) Después de insistir durante meses en que la AIEA, al exigir inspecciones en sitio, violaba el derecho de Brasil de proteger tecnología patentada, el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva cedió: a finales de 2004 permitió dar acceso a suficientes áreas de su instalación nuclear de Resende para satisfacer a la agencia.

28. El gobierno que surge de las elecciones iraquíes del 30 de enero de 2005 tendrá que equilibrar a la región norteña de Kurdistán, que es más y más autónoma, con fuerzas políticas rivales en el seno de la población mayoritaria chiíta y la minoría suní. El régimen baazista estaba basado en sectores de la población suní que tenían un interés de clase directo en mantener sus privilegios de minoría, cuya consolidación les otorgó el imperialismo británico. Fue una de las dictaduras más sanguinarias en la historia del Medio Oriente; en sus más de 35 años en el poder organizó sistemáticamente la masacre de fuerzas baazistas opositoras, de miembros del Partido Comunista y de personas acusadas de ser comunistas, así como de dirigentes chiítas y kurdos.

Tras la Guerra del Golfo de 1991, y al amparo de la zona de exclusión aérea impuesta por el imperialismo norteamericano y británico, la región kurda fue actuando más y más como un país aparte. Los dirigentes de la zona kurda, que cuenta con su propio gobierno y la fuerza armada autóctona mejor entrenada y más disciplinada de Iraq, están decididos a reclamar una parte importante del control sobre los yacimientos petroleros en el perímetro de su región, y también de los ingresos que devenguen. Asimismo, exigen que se dé marcha atrás a la “arabización” efectuada por los baazistas en Kirkuk y demás ciudades y pueblos en las zonas kurdas.

Con la contienda presidencial norteamericana fuera de peligro, la administración Bush volvió a lanzar la guerra en Iraq en noviembre de 2004 a fin de consolidar el poder sobre el baluarte baazista en el centro del país, objetivo que había dejado sin completar tras la toma de Bagdad en abril de 2003. Elementos bien financiados de la fuerza élite de la Guardia Republicana y de la policía secreta de Hussein aprovecharon ese tiempo para reagruparse como efectivos irregulares baazistas y para vincularse a grupos como el que encabeza Abu Musab al-Zarqawi.

Las fuerzas norteamericanas llevaron a cabo esta etapa de la guerra con poca oposición entre la población chiíta, la cual durante décadas sufrió terror, bombardeos y asesinatos a manos de los baazistas. Los operativos norteamericanos también gozaron de un abrumador respaldo en las regiones kurdas. Aunque entre los trabajadores y campesinos iraquíes existen profundas reservas de odio hacia los ocupantes imperialistas, las detestadas fuerzas baazistas y sus aliados, que ahora están librando la guerra que no llevaron a cabo en 2003, son antagónicas a una lucha revolucionaria de liberación nacional en Iraq y son incapaces de movilizar y dirigir una lucha de esa índole. Ninguna de estas fuerzas tiene un interés de clase en unificar a los trabajadores y campesinos de Iraq para defender su soberanía nacional. Ninguna tiene un programa para hacerlo.

Una confirmación reveladora de este hecho ha sido la asombrosa falta de expresiones multitudinarias de rechazo a la invasión y ocupación imperialista de Iraq en cualquier parte del Medio Oriente o en cualquier país predominantemente musulmán. Al contrario, estos gobiernos, de Marruecos a Indonesia, han sentido muy poca presión interna para que abandonen su política de alinearse con Washington y Bagdad para legitimar, aunque sea de forma “crítica”, al régimen instalado por Washington y al gobierno que surge de las elecciones del 30 de enero de 2005. La amplitud sorprendente del electorado que participó y el impacto de la concurrencia en las zonas chiítas y kurdas han asestado el revés más grande hasta la fecha contra las perspectivas de las fuerzas organizadas por los baazistas.

Sin embargo, la consecuencia involuntaria de la trayectoria de los imperialistas es que abre espacio, en Iraq y en toda la región, para que la clase trabajadora y los campesinos se organicen y luchen por impulsar sus intereses; abre espacio para las naciones oprimidas como los kurdos; abre espacio para la lucha por impulsar los derechos de la mujer; abre espacio para promover la separación de las instituciones religiosas frente a la política y el estado; abre espacio para la difusión de propaganda que popularice y dé una explicación de la política proletaria. En todo el Medio Oriente, el sur de Asia, África del norte y más allá, se seguirán desatando las consecuencias involuntarias. Ese es el futuro que los imperialistas no pueden hacer nada para evitar.
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Capital, salarios y lucha de clases

29. El estancamiento de la tasa de acumulación de capital de la clase dominante norteamericana, que ha durado más de un cuarto de siglo, está acelerando mucho la competencia interimperialista y aumentando la presión para cambiar más a su favor la correlación de fuerzas entre el capital y el trabajo. Según se explicó en “Ha comenzado el invierno largo y caliente del imperialismo”: “En el afán de aumentar su margen de ganancias, la situación de más y más patrones es que no pueden recurrir a otra cosa que no sea intentar reducir salarios y prestaciones, prolongar las horas e intensificar el trabajo. Esta extensión e intensificación es el ‘secreto’ del aumento de productividad que Greenspan exagera y del que hace alarde con miras a reconfortar a la clase capitalista de que está ocurriendo algo más que una expansión adicional de la masiva deuda gubernamental y su contraparte privada en valores corporativos, hipotecas y tarjetas de crédito”.

Promedio de ingreso semanal real de trabajadores empleados en EE.UU.

30. Solo frente a una crisis social detonada por la depresión y la guerra es que el capital financiero en Estados Unidos ha podido jamás movilizar el tipo de llamamientos patrióticos a la “unidad nacional” y a la “igualdad de sacrificio” que puedan convencer a amplios sectores de la población, al menos por un tiempo, de que acepten recortes drásticos en su nivel de vida. Harán falta nuevamente tales circunstancias para que los gobernantes puedan movilizar, sobre un plano político nacional, una campaña destinada a reducir los salarios, empeorar las condiciones y recortar considerablemente el salario social. A lo largo de las décadas, decenas de millones de personas de la clase trabajadora y de las capas medias han llegado a considerar como derechos el Seguro Social, el Medicare, el Medicaid, las prestaciones por incapacidad y otros beneficios. La mayoría depende de estos beneficios para sobrevivir después de la jubilación o después de sufrir una lesión o enfermedad que los ha dejado incapacitados para trabajar.

Los avances logrados hasta ahora por patrones individuales en aumentar la tasa de explotación mediante ataques a los salarios, las horas y las condiciones distan mucho de lo que los capitalistas tienen que lograr. La clase dominante necesita recortar los pagos para las pensiones del Seguro Social y otros elementos del salario social. Debe hacer que individuos y sus familias asuman una mayor parte de los costos de educación, transporte público, cuidado de jóvenes y ancianos y otros servicios subvencionados por el gobierno, haciendo que dependan más de la iglesia y organizaciones benéficas.

Sobre todo, los gobernantes deben reducir de forma radical las expectativas fomentadas en las tres últimas décadas por las conquistas que se les arrebataron durante los años 60 y comienzos de los 70, que transformaron el Seguro Social en una pensión modesta pero real, protegida de la inflación, de la cual se podía subsistir, y un seguro médico del cual se podía depender.

Cuando los trabajadores conquistaron las pensiones del Seguro Social en el transcurso de luchas obreras a mediados de los años 30, los pagos mensuales eran a lo sumo un pequeño suplemento al apoyo familiar individual y a las obras benéficas de la iglesia y del condado. La esperanza de vida en Estados Unidos en aquella época era un promedio de seis años menos que la edad mínima, fijada en 65 años, para recibir prestaciones de jubilación. Desde mediados de los años 60 hasta principios de los 70, como resultado de la lucha proletaria de masas por los derechos de los negros, el Seguro Social se amplió y se reforzó de forma significativa. Por primera vez se indexaron las prestaciones a la inflación; se estableció el Medicare para todos los que reciben Seguro Social; y se creó el Medicaid para quienes no alcanzaban cierto nivel de ingresos y para muchos discapacitados, sin importar la edad.

Hoy día la esperanza de vida—que sigue creciendo—es 12 años mayor que la edad a la cual la mayoría de las personas adquiere el derecho a los beneficios plenos del Seguro Social. Los patrones andan rebuscando urgentemente las formas de reapropiarse más y más de esta pequeña parte de la riqueza que los trabajadores creamos mediante nuestro trabajo: una parte que, a pesar de lo que aseguran los reformistas, los capitalistas jamás tuvieron la intención de que fuera algo decidido definitivamente. Sin embargo, a través de varias décadas, a medida que los empleos y los aumentos de ingresos reales en efectivo se han vuelto menos seguros, millones de personas han llegado a la conclusión de que necesitan un ingreso por jubilación y protección médica de emergencia que sean menos—y no más—vulnerables a los riesgos. Por lo tanto, a pesar de que necesita reducir estos derechos, la clase capitalista rehuye del tipo de lucha social y política que sabe que provocará si intenta algo más que extraer “reformas” de concesiones marginales.

En 1996 la administración Clinton le cortó la primera tajada al salario social, a estos “derechos” de la clase trabajadora, cuando dirigió al Congreso para poner fin a la Ayuda a Familias con Niños Dependientes, un programa financiado a nivel federal que se había establecido como parte del Seguro Social en 1935. Fue el fin de la “asistencia social según la conocemos”, según la fría y desdeñosa frase de Clinton.

Por más de un cuarto de siglo, políticos tanto republicanos como demócratas han intensificado sus gritos demagógicos de que el Seguro Social va “rumbo a la quiebra”, insinuando que es culpa del número creciente de “vejestorios codiciosos” que ahorran demasiado poco, se jubilan demasiado temprano y viven demasiado tiempo. Ya en 1983, los políticos demócratas y republicanos se unieron para elevar la edad mínima para recibir el Seguro Social—que actualmente va subiendo hacia los 67 años—y para aumentar el impuesto sobre nómina: el más regresivo y antiobrero de todos los impuestos federales, estatales o locales, aparte de las loterías. Es más, no obstante el mito de que estos fondos provenientes de los impuestos sobre nómina “se guardan aparte”, separados del flujo de los impuestos generales recaudados, en realidad Washington los utiliza año tras año para librar sus guerras y apuntalar el dólar; una de las consecuencias tácitas de esto es un subsidio al consumo burgués masivamente inflado.

31. A fin de preparar el terreno para seguir arrebatando lo que puedan del salario social, los gobernantes norteamericanos buscan minar la solidaridad de clase. Pretenden ahondar las divisiones, oponer a los trabajadores más jóvenes contra los mayores, y ganar apoyo político entre sectores de la clase obrera para hacer que los individuos y las familias asuman más de la carga por la atención médica, la jubilación y otras necesidades. Los partidos capitalistas aprovechan las inseguridades suscitadas por el hecho que cada vez más empresas—desde compañías de carbón hasta patrones del acero, fabricantes de ropa y textiles, empacadoras de carne, aerolíneas y otras más—, amparadas en los procesos judiciales de bancarrota, sencillamente están declarando nulos los planes de seguro médico y de pensiones de “beneficios definidos” que supuestamente están garantizados por convenio a los jubilados.

Los capitalistas esperan convencer no solo a amplios sectores de la clase media, sino a trabajadores “emprendedores” y a sus familias de que les convendrían más las cuentas individuales de “inversión” cuyos “fondos no se van a agotar” (según alegan falsamente los gobernantes que sucede con el Seguro Social, aun cuando no existen fondos de pensiones “dedicados” que puedan agotarse), que ningún patrón o gobierno “pueda quitarles” y que los trabajadores puedan “llevar consigo” de un empleo a otro. Los patrones rara vez mencionan que estas cuentas de “inversión” pueden quedar arruinadas por una fuerte baja de las bolsas de valores o de obligaciones, como la que comenzó a principios de 2001.

El hecho que capas importantes del pueblo trabajador den crédito a esta demagogia y patrañas interesadas de la clase patronal representa el precio a pagar por el curso colaboracionista de clases que ha seguido la cúpula sindical desde la Segunda Guerra Mundial. Durante más de medio siglo, la burocracia sindical ha obstaculizado toda lucha social y política de la clase trabajadora y de nuestras organizaciones por atención médica universal, pensiones y otros programas garantizados por el gobierno que le devuelvan a todo el pueblo trabajador una mayor parte de la riqueza producida por nuestro trabajo. Continúan por el camino colaboracionista de clases de negociar, o de tratar de mantener, en los convenios colectivos los “beneficios suplementarios” que dependen de la competitividad y de la (esperada) rentabilidad de determinadas empresas y ciertas industrias. Ante todo, estos “suplementos” diferencian marcadamente a los “sindicalistas” amparados por esos convenios de la gran mayoría de nuestra clase y de sus aliados entre el pueblo trabajador, dando credibilidad a la propaganda antisindical con la que los patrones pretenden convencer a los trabajadores de que los sindicatos no son más que trusts de empleos, que solo se preocupan de forma egoísta de mantener las condiciones relativamente favorables de sus propias filas reducidas.

32. Durante casi una década, tras el fin de la Guerra Fría, el “dividendo de paz”, junto con una bonanza de ingresos por impuestos federales recaudados gracias a la burbuja de la bolsa de valores a finales de los años 90, amortiguó la agudeza de la crisis de las finanzas estatales que enfrentaba la clase gobernante norteamericana. En los 10 años entre 1989 y 1998, durante las administraciones de Bush padre y Clinton, el gasto militar federal se recortó en casi la tercera parte, en 135 mil millones, casi el 10 por ciento de todo el presupuesto federal de 1998. Al contrario de la mitología liberal, esto no llevó a la “liberación” de fondos para la educación, cupones de alimentos, seguro por desempleo u otras necesidades sociales—cada una de las cuales fue recortada durante los ocho años de la administración Clinton—sino que contribuyó a deprimir las tasas de interés reales, apuntalar el dólar “fuerte” y llenar los bolsillos de los ricos tenedores de bonos.

Sin embargo, entre 1998 y 2004 Washington aumentó el gasto militar en un 50 por ciento; la abrumadora mayoría del aumento—122 mil millones de dólares, el 41 por ciento—se registró en los tres años después del 11 de septiembre. Además, estas cifras no toman en cuenta los gastos “suplementarios” de entre 80 y 100 mil millones de dólares anuales para las actuales guerras de Washington en Iraq y Afganistán, así como sumas indecibles para lo que el Pentágono denomina el “reconocimiento negro” realizado por las fuerzas norteamericanas combinadas de operaciones especiales en Siria, Irán, Arabia Saudita, Yemen, Colombia, Filipinas y otros países. Los gobernantes ya están aprovechando el resurgimiento del déficit presupuestario federal y del déficit comercial para justificar el “apretón de cinturón”—nuestro cinturón, no el suyo—en materia del gasto social.

33. Desde los años 70 las administraciones demócratas y republicanas, en nombre del capital financiero, han logrado emplear maniobras del Banco de la Reserva Federal y del Tesoro norteamericano para posponer una crisis financiera y una espiral de depresión y para amortiguar las consecuencias de una crisis social. A los niveles federal, estatal, de condado y municipal, así como a través de préstamos empresariales, hipotecarios y al consumidor, han inflado un globo de deudas que, según lo pintan, no deja de crecer y nunca ha de reventar. Esta acelerada creación de deudas en el último cuarto de siglo ha prolongado las expansiones y ha moderado las recesiones. Sin embargo, lo ha hecho a expensas de inflar el dólar en relación con muchas otras monedas y metales preciosos.

Desde 1971, cuando se derrumbó el último vestigio de la convertibilidad fija del dólar por oro, ante los embates de la inflación provocada por la Guerra de Vietnam, todas las monedas del mundo se han convertido en “dinero fiduciario”. Es decir, ninguna de estas monedas, ni siquiera el dólar, entraña valor de trabajo, ni tampoco entraña un precio que no sea en relación con las demás. No son más que anotaciones en un disco duro.

Al crear más y más dólares para financiar la expansión de la deuda, los gobernantes de Estados Unidos inevitable y conscientemente debilitan su moneda frente a las de sus rivales más potentes. Sin embargo, ya que lo que respalda toda moneda es la “plena fe y crédito” del gobierno emisor, el dólar es y seguirá siendo primero entre las monedas fiduciarias, pues cuenta en su esquina con el poderío económico y militar del imperialismo estadounidense. Ningún otro “nombre de marca” nacional puede o va a sustituirlo como moneda de reserva dominante en las finanzas y el comercio internacionales. Sin embargo, la victoria pírrica del dólar tiene consecuencias desestabilizadoras para el sistema capitalista. Aumenta no solo la posibilidad de una inflación galopante sino la probabilidad de una crisis mundial bancaria y monetaria, conforme los capitales financieros y tesoros estatales rivales se empeñan en quebrar el control que ejerce el dólar.
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Agotamiento de alternativas a la dirección revolucionaria

34. La razón por la falta de respuesta popular en el mundo árabe y musulmán a la invasión y ocupación de Iraq dirigidas por Washington es el agotamiento de las dirigencias nacionalistas burguesas que, en el transcurso de unos 80 años, llegaron al poder sobre los hombros de luchas antiimperialistas en las que participaron cientos de millones de trabajadores, campesinos y jóvenes en Asia, África y América.

Durante gran parte del siglo pasado, estas corrientes burguesas llenaron un vacío político dejado por la maldirigencia política—si no la traición abierta—de Moscú y de sus partidos estalinistas subordinados en las batallas de los trabajadores y campesinos y en las luchas de liberación nacional, tanto en los propios países coloniales como en los centros metropolitanos de los respectivos amos imperialistas. Además, si estos regímenes burgueses en las naciones oprimidas se atenían lo suficiente a la línea sobre asuntos de importancia diplomática para la burocracia soviética, entonces, a cambio, la casta daba su bendición tácita a la represión despiadada contra los trabajadores, campesinos y minorías nacionales, incluyendo a menudo hasta los Partidos Comunistas en esos países. Así, gobiernos como el de Nasser en Egipto, Nkrumah en Ghana o Sukarno en Indonesia lograron cierto margen para maniobrar en sus conflictos con los imperialistas, y durante cierto tiempo pulieron sus credenciales de “radicales”, tanto en su país como en foros mundiales como el Movimiento de Países No Alineados.

Tras el fin de la Guerra Fría, hasta regímenes que en las últimas décadas del siglo todavía consideraban que les convenía retener algunos vestigios de su palabrería “anti-imperialista” descubrieron que la ecuación costos-beneficios había cambiado abruptamente en su contra. Aquellos en la burocracia estatal y la oficialidad del ejército que esperaban “tener éxito” como parte de las capas burguesas en ascenso, quedaron separados brusca e involuntariamente de las dádivas y los privilegios que entrañaba su anterior relación con Moscú. (Los masivos fondos disponibles a través de las agencias de la ONU y demás “Organizaciones No Gubernamentales” afines ayudaron, pero en nada se aproximaron a la magnitud del paraíso perdido.)

Muy temerosas de la energía revolucionaria de las masas trabajadoras, muy deseosas de acaparar para sí las migajas de la mesa de los explotadores imperialistas, muy comprometidas con sus antiguos amos coloniales y ahora despojadas de sus mecenas en la antigua Unión Soviética, estas capas burguesas nacionalistas de segunda, tercera y cuarta generación están actuando en condiciones mundiales diferentes de las de incluso un cuarto de siglo atrás. Para las clases dirigentes burguesas en estos países, han cambiado no solo los tiempos, sino los intereses que están en juego. Son tiempos diferentes de cuando—bajo la presión de las aspiraciones y movilizaciones democráticas y antiimperialistas de los trabajadores y campesinos—Nasser recuperó del capital financiero británico y francés el canal de Suez en 1956, y otros gobiernos, en fechas tan recientes como finales de los años 60 y principios de los 70, nacionalizaron yacimientos petrolíferos, refinerías y otros recursos naturales que eran propiedad de las acaudaladas familias dirigentes de Estados Unidos y otras potencias imperialistas.

35. Un agotamiento paralelo y afín del contenido revolucionario caracteriza hoy la evolución política de las dirigencias tanto pequeñoburguesas como burguesas en potencia de los movimientos de liberación nacional: desde la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y otras organizaciones palestinas como Hamas, hasta el Ejército Republicano Irlandés (IRA) y Patria Vasca y Libertad (ETA).

Estas organizaciones surgieron (o resurgieron) en las últimas décadas del siglo XX sobre la base de una potente oposición a la opresión nacional de los pueblos palestino, irlandés y vasco. Sin embargo, durante las últimas cuatro décadas las direcciones de estas organizaciones han dependido de acciones armadas espectaculares, en combinación (especialmente cuando estas operaciones no solo no producían ningún logro, sino que enfrentaban una represión intensificada) con maniobras diplomáticas y políticas para llegar a un acomodo negociado con los opresores. Las movilizaciones que organizaban se usaban más y más exclusivamente como medio de presión para ayudar a alcanzar dicho acomodo.

Ninguna de estas direcciones jamás se mostró capaz de movilizar y dirigir a los trabajadores y campesinos como columna vertebral de un movimiento democrático revolucionario que pudiera luchar con eficacia por la liberación nacional, por liberarse de la dominación imperialista, por la tierra para los que la trabajan, por el derecho a la autodefensa armada y por la organización de la clase trabajadora para actuar en interés de las clases productoras. Ni una sola ha forjado una dirección del calibre revolucionario y capacidad política del Movimiento 26 de Julio y del Ejército Rebelde en Cuba, del Frente de Liberación Nacional de Argelia, del Frente Sandinista de Liberación Nacional de Nicaragua, del Movimiento de la Nueva Joya de Granada o del movimiento revolucionario de Burkina Faso.

Educados mal durante décadas por el estalinismo, los dirigentes de estas organizaciones fueron traicionados repetidamente por Moscú y el movimiento mundial subordinado a él. Los dejaron plantados cuando el régimen de la casta soviética y de sus hermanas europeas se derrumbaron a principios de los años 90. La estructura militar y los métodos internos de funcionamiento que habían aprendido de las organizaciones estalinistas, directa e indirectamente, los hicieron vulnerables a la penetración de agentes policiacos y provocadores. A medida que las operaciones del mercado capitalista han acelerado la diferenciación de clases en el seno de estas naciones oprimidas (tanto el aburguesamiento como la proletarización), la trayectoria pequeñoburguesa de estas dirigencias ha llegado a un callejón sin salida. La frustración y la desmoralización están dando frutos con el faccionalismo intensificado, que incluye los sangrientos ajustes de cuentas internos.

Estas luchas nacionales revolucionarias en sí, la subyugación imperialista que las alimenta, y la valentía y la decisión abnegada de los trabajadores y campesinos de luchar están lejos de agotarse. El pueblo palestino continuará combatiendo a Israel porque ocupa su tierra. Los trabajadores y agricultores en Irlanda del norte y en el País Vasco continuarán resistiendo la opresión perpetuada por las familias dominantes del capital financiero británico y español. Sin embargo, las consecuencias políticas de la crisis de dirección y de su corrupción burguesa se plantean cada vez más claramente.

36. Lo que a menudo se llama “islamismo”, “wahabismo”, “islam yihad”, “salafismo” o “fundamentalismo islámico” (como algo distinto de la religión islámica) no tiene contenido revolucionario, ya no se diga proletario, de ningún tipo. Su punto álgido ya quedó en el pasado, no está por venir.

El 11 de septiembre representó un desfogue sensacional, no un nuevo comienzo. Estos movimientos surgieron como sustitutos de una dirección política revolucionaria de las masas populares frente a la bancarrota de las fuerzas estalinistas y nacionalistas burguesas.

La revolución iraní de 1979 fue una profunda sublevación social y política, y no una yihad religiosa. Se convirtió en una profunda revolución social popular y moderna en las ciudades y en el campo, una revolución contra la monarquía proimperialista del sha y el despotismo brutal de sus odiados agentes policiacos del SAVAK. Abrió espacio para los trabajadores y campesinos sin tierra, para la mujer, para las nacionalidades oprimidas, para la juventud… para los comunistas. Hizo posible el florecimiento del espacio político, del debate y de la cultura que hasta la fecha están lejos de ser eliminados.

El peso de las figuras e instituciones religiosas se hizo mayor y más represivo como parte de una contrarrevolución política, que sofocó en nombre del islam la rebelión de los trabajadores más intransigentes de los yacimientos petroleros y las fábricas, de los campesinos en la tierra, de los kurdos y demás nacionalidades oprimidas, de las mujeres que luchaban por la igualdad, de los soldados de disposición revolucionaria, de los estudiantes y otros jóvenes, y de los comunistas más audaces. La fuerza y profundidad de esa revolución se manifiesta en el hecho que el régimen burgués dominado por el clero jamás ha podido imponer nada parecido al tipo de condiciones políticas y culturales asfixiantes como las que los talibanes infligieron en Afganistán o los monarquistas wahabíes en Arabia Saudita.

El punto culminante de la acción “islamista” se produjo con la captura de la Gran Mezquita en La Meca a finales de 1979, año en que la revolución iraní derrocó al sha. Pero el contenido político era lo opuesto. Las unidades armadas que ocuparon la mezquita lo hicieron en nombre de destituir a los infieles de la realeza saudita que ultrajaban el lugar más sagrado del islam. Durante las dos décadas siguientes esto fue seguido, entre otras acciones, por los atentados en 1983 contra las barracas estadounidenses y francesas en Beirut, Líbano, que mataron a 241 marines norteamericanos y 58 paracaidistas franceses; la bomba plantada en el sótano de las Torres Gemelas en 1993, que dejó seis muertos y miles de heridos; el camión-bomba contra el complejo militar Jobar en Arabia Saudita en 1996, que mató a 19 soldados norteamericanos e hirió a centenares; los bombazos casi simultáneos en 1998 cerca de las embajadas norteamericanas en Kenia y Tanzania que mataron a 224 personas e hirieron a unas 4 500 (pocas de ellas norteamericanas); y el ataque en 2000 desde una lancha rápida contra el USS Cole en el puerto yemení de Adén, en el que murieron 17 marineros norteamericanos.

En cuanto a la envergadura de las muertes y la destrucción que causaron, los ataques de terror del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas y el Pentágono fueron las más sensacionales de estas acciones. Y se darán otras (como los atentados en los trenes de Madrid en 2004 y los ataques en Bali y otros lugares en Indonesia en 2002 y 2004), así como los secuestros, asesinatos, robos y ataques dinamiteros por grupos antiobreros como las Brigadas Rojas, la Banda Baader-Meinhof, el Ejército Negro de Liberación y el Weather Underground continuaron años después de que el ultraizquierdismo de la “lucha armada” de los años 60 había pasado su cúspide y se encaminaba más al ocaso político.

Sin embargo, los ataques de septiembre de 2001 fueron señal de debilidad, no de creciente fuerza social o política. Al Qaeda y organizaciones semejantes han quedado más aisladas políticamente a nivel internacional, aun entre el pueblo trabajador y las clases medias en los países árabes e islámicos. Y los gobernantes imperialistas aprenden de cada uno de estos ataques, haciéndolos más difíciles de repetir.

37. La desintegración de los aparatos estalinistas en Europa Oriental y sobre todo en la Unión Soviética ha tenido profundas repercusiones en todo el mundo para las fuerzas pequeñoburguesas en el seno del movimiento obrero que se autodenominan “la izquierda”: el terreno del frente popular en la política burguesa que desde los años 30 ha sido definido por los Partidos Comunistas del movimiento estalinista mundial, los partidos socialdemócratas en sus formas más de “izquierda” y las organizaciones centristas que se han escindido de ellos, se han adaptado a ellos y/o han oscilado entre ellos.

Han pasado ya unos 15 años desde el derrumbe de las castas burocráticas a cuyas necesidades diplomáticas los partidos estalinistas del mundo subordinaban su programa y actividad, y sobre los cuales basaban su reclutamiento, estructura organizativa y recursos. Durante este periodo algunos de estos partidos literalmente se han disuelto, mientras sus antiguos cuadros han abandonado poco a poco la política o se han sumido en el activismo liberal imperialista. Otros antiguos PC, reducidos cualitativamente en cuanto a tamaño y recursos, han cambiado de nombre para distanciarse de lo que ahora consideran un estigma, que ya no ofrece privilegios ni beneficios que lo contrarresten.

Sin embargo, la mayoría, entre ellos el Partido Comunista de Estados Unidos, por ahora han conservado el nombre. La labor cotidiana de sus miembros, no obstante, tiene menos que ver con las filas de la clase trabajadora y del movimiento sindical—a diferencia de la cúpula sindical y sus plantillas—que en cualquier momento desde finales de los años 20, cuando se consolidó la contrarrevolución política en la Unión Soviética, incluido el estrangulamiento burocrático de los partidos de la Internacional Comunista.

Estos partidos comunistas fraudulentos—que por más de 60 años intentaron legitimarse entre los trabajadores con conciencia de clase al presentarse falsamente como los continuadores del bolchevismo—hoy reclaman cada vez menos una continuidad con Marx, Engels o Lenin. Más y más desechan hasta muchas de las propias leyendas y los dogmas del estalinismo para integrarse más cómodamente al ala izquierda de la política burguesa liberal.

El PCEUA reconoce cada vez menos alguna herencia política distinta de la del ala “progresista” del Partido Demócrata y de diversas actividades sindicales, del movimiento negro y de defensa a partir del Nuevo Trato. Se enorgullecen de haber sido “los mejores solicitantes de votos para Kerry” en Ohio en 2004. El socialismo se ha convertido más y más explícitamente en la extensión de la democracia.

38. Desde la capitulación ante “sus propias” burguesías al comienzo de la Primera Guerra Mundial en agosto de 1914, los partidos de la Internacional Socialista han sido partidos laboristas o socialistas imperialistas. A diferencia de los partidos estalinistas, que estaban subordinados políticamente a Moscú y a las necesidades de la casta burocrática estalinista, los partidos socialdemócratas son y han sido leales a sus respectivas burguesías y estados imperialistas (o nacionales).

La relación de los socialdemócratas con los partidos estalinistas desde los años 30 no ha sido únicamente la de rivales en el movimiento obrero, sino también la de socios periódicos en el frentepopulismo, especialmente en medio de crisis financieras, sociales o internacionales cuando los PC estaban bajo órdenes de Moscú de asegurar tales bloques para ganar una mayor influencia diplomática. Hoy día, con el declive irreversible del estalinismo internacional, conforme los partidos socialdemócratas persiguen oportunidades electorales para administrar la “reestructuración” y la “reforma” del estado burgués y sus finanzas, podrán depender mucho menos que antes de la formación de coaliciones gubernamentales con partidos definidos por la política colaboracionista de clases del aparato mundial estalinista.

Asimismo ha desaparecido otra muletilla. Cada vez menos pueden los socialdemócratas contrastarse con un Partido Comunista estalinizado—la base de la reanimación del “socialismo de izquierda” en los años 30—para retener la lealtad de los trabajadores al presentarse como un mal menor en la izquierda.

El carácter imperialista de estos partidos “socialdemócratas”, “socialistas” y “laboristas” no ha sufrido cambios fundamentales durante nueve décadas. Sin embargo, en su carácter y funcionamiento políticos han convergido con partidos burgueses imperialistas como el Partido Demócrata en Estados Unidos. A la vez que mantienen una base electoral en la clase trabajadora, han procurado, sobre todo, consolidar un apoyo más amplio entre las clases medias y han obrado con miras a debilitar los controles institucionales—en la práctica o en sus formas—del movimiento sindical sobre sus políticas y su curso. Hoy día el gobierno de Blair no está más comprometido con un programa aprobado por una conferencia del Partido Laborista (menos aun del Congreso de Sindicatos) que los candidatos demócratas o republicanos ante la plataforma de sus respectivos congresos partidistas. Hoy día, como sucede con sus homólogos estadounidenses, las conferencias de los partidos socialdemócratas son más y más espectáculos que siguen un guión para beneficio de sus aparatos, altos funcionarios del estado y dirigencias parlamentarias.

39. Durante décadas, el estalinismo y sus cuadros fueron el pegamento del frente popular que estructuraba a la izquierda más amplia de la política burguesa. Los partidos comunistas y socialdemócratas cruzaban caminos no solo en el seno de la cúpula sindical, sino en toda una gama de organizaciones políticas, sociales y culturales: tanto las que militan en luchas contra el racismo, la guerra y en ocasiones contra la opresión de la mujer, como las que se oponen al abuso del medio ambiente por las corporaciones, que apoyan a artistas “progresistas” y otras más. La línea y los recursos políticos de las castas burocráticas existentes también brindaban frecuentemente la motivación y los estímulos para atraer a sectas centristas—la “extrema izquierda”—hacia la política burguesa.

Hoy el pegamento se ha desprendido. En el movimiento obrero internacional y en círculos radicales más amplios se ha desvanecido hasta la fachada de una “cultura de marxismo”, de participación en las filas del movimiento obrero y sus luchas, o de colonización de los sindicatos. Algunas corrientes se subordinan a figuras, o a grupos “progresistas”, en la cúpula sindical. Sin embargo, ninguna organiza a sus cuadros para que se conviertan en obreros industriales o para que desarrollen fracciones industriales sindicales a fin de sumarse a otros militantes obreros para utilizar, fortalecer y extender la fuerza sindical. Durante al menos un cuarto de siglo la política de “concentración industrial” del Partido Comunista EUA ha consistido más de palabras que de práctica. Pero al final, durante el último lustro, fue abandonada hasta de palabra, con la muerte o incapacitación de los últimos de sus dirigentes centrales que se remontaban a las luchas sindicales de los años 30 (quienes “mantenían la fe”, pero se aseguraban que sus hijos y nietos jamás formarían parte, ni remotamente, de las filas obreras en las fábricas, plantas o minas).

Menos y menos individuos u organizaciones de “la izquierda” se identifican a sí mismos como comunistas. Algunos catedráticos universitarios todavía dicen que sus escritos están “informados por” lo que ellos alegan es marxismo. Pero esto no es más que una pose ideológica y académica desprovista de contenido obrero revolucionario alguno, desconectada siempre de la lucha del proletariado por el poder, y más aún de la inevitabilidad de esa lucha. Entre estas capas radicales pequeñoburguesas, el colmo de los escándalos (si es que despierta interés alguno) es que en el Partido Socialista de los Trabajadores y otros componentes de nuestro movimiento mundial sigamos juzgando todo lo que decimos y todo lo que hacemos de acuerdo a cómo avanzar como parte de la clase trabajadora combativa por su línea de marcha hacia la dictadura del proletariado.

Esta trayectoria de dar la espalda a la clase trabajadora y hasta a toda semblanza de marxismo es el rumbo político que siguen las corrientes que conforman la izquierda en Estados Unidos: desde el propio Partido Comunista EUA hasta los Verdes y los partidarios “radicales” de Ralph Nader; sectas como el Partido Mundo Obrero, el Partido Socialista de la Libertad, la Organización Socialista Internacional y diversos grupos “trotskistas”; así como la gama de demás organizaciones radicales. Muchos se enredan más y más en el intento de “politizar” la vida personal, íntima, sexual y sicológica de la izquierda liberal pequeñoburguesa semiprofesional-que-actúa-como-semibohemia, con raíces en los recuerdos del movimiento radical de finales de los años 60 y comienzos de los 70: los “soixant-huitards”, la generación del ’68, según se les conoce en Francia.

Lo que define ante todo a estas organizaciones no es lo que proponen (muy pocos siquiera reconocen de dientes para afuera la línea de marcha del proletariado), sino a lo que se oponen. Lo que las define es su antagonismo común al imperialismo americano o, más precisamente en la mayoría de los casos, su antagonismo hacia el ala del imperialismo americano asociada con el Partido Republicano y, hoy, la administración Bush (o el “ala derecha” del Partido Demócrata cuando controla la Casa Blanca o el Congreso). Orbitando en torno a París, sobre todo, y a Berlín, son el “ala izquierda” de la coalición burguesa internacional “para odiar a Washington” y para temer a las masas en los “estados rojos” que votaron a favor del actual titular de la presidencia. La justificación, expresa o no, es que el mundo ahora ha “cambiado”, que el socialismo es una fantasía utópica, que debe existir y existe una “tercera vía” alternativa entre el socialismo y el imperialismo, el cual niegan cada vez más con eufemismos tales como “globalización” o “neoliberalismo”, y que la permanencia del capitalismo—con suerte, un capitalismo “reformado” y cada vez más democrático—es incontrovertible.

Al rechazar la trayectoria proletaria en la cual insistían Lenin y Trotsky para los partidos de la Internacional Comunista, al negarse a colonizar las industrias básicas y seguir las líneas de resistencia de la clase trabajadora, hoy día todas estas corrientes políticas en Estados Unidos que aún se identifican en una u otra medida como socialistas han ido más allá de su antiguo rechazo a la lucha por un partido proletario. Actuando a tono con la posición y actividad de clase de sus miembros y dirigentes, están borrando de la memoria histórica de sus organizaciones hasta las formas pasadas de esta trayectoria. Están codificando lo que desde hace muchas décadas llevaron a cabo en la práctica: darle la espalda a la línea de marcha histórica de la clase trabajadora hacia el poder estatal, y a una orientación y disciplina proletarias necesarias para su culminación victoriosa.
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NUESTRA TRANSFORMACIÓN

40. Desde finales de los años 90, la renovada resistencia en los centros de trabajo a la brutal eficacia de la ofensiva antiobrera de los patrones ha llevado al inicio de importantes cambios en la combatividad y confianza de focos de militantes obreros. Los miembros del Partido Socialista de los Trabajadores y de la Juventud Socialista—que hoy trabajan y forjan sindicatos en industrias como la de la carne, del carbón y de la costura y textil, entre las industrias donde la ofensiva patronal ha sido más feroz durante más tiempo—se encuentran entre los trabajadores que están tomando la delantera para aprender a organizar y usar la fuerza sindical. En el último lustro hemos participado en luchas de vanguardia como las de las empacadoras de carne en el Medio Oeste, de la fábrica Point Blank Body Armor en Florida y de la mina Co-Op en Utah.

41. Las semillas de la transformación del movimiento obrero que se van sembrando en el marco de este cambio marino en la política obrera están germinando al mismo tiempo que los sindicatos en Estados Unidos se siguen debilitando, como sucede en todos los países imperialistas. Al tiempo que grupos aún atomizados de trabajadores están adquiriendo más experiencia, solidaridad y confianza mediante esfuerzos de sindicalización y huelgas, las instituciones defensivas fundamentales de la clase trabajadora—los sindicatos—, como resultado de la traición por parte de la cúpula sindical colaboracionista de clases, han quedado menos capaces hoy que en cualquier momento desde los primeros años de la Gran Depresión de sindicalizar y de combatir con éxito a los patrones y a las instituciones de su gobierno.

El movimiento obrero sigue maniatado por las décadas de colaboracionismo de clases de una cúpula absorta en sus propias rutinas, sus propias comodidades materiales cotidianas y sus propios beneficios de jubilación, así como en fusiones sindicales diseñadas únicamente para reforzar estos dos últimos elementos, al menos para los más altos funcionarios sindicales. Los sindicatos se siguen encogiendo como porcentaje de la clase trabajadora. Están maniatados tanto por la política de estos maldirigentes, quienes identifican los intereses del trabajo con los del capital—fábrica por fábrica, empresa por empresa, industria por industria—, como por la subordinación de los sindicatos a la elección y reelección de políticos capitalistas, por lo general del Partido Demócrata. Los trabajadores que buscan herramientas eficaces con qué luchar se hallan envueltos en ideas burguesas promovidas por los funcionarios sindicales—reforzadas por las escuelas, las iglesias y los medios de comunicación—y a menudo revestidas con los escombros flotantes de izquierdismo sin salida que los “dirigentes obreros”, quieran o no, al paso de los años han tomado de radicales pequeño-burgueses.

42. Al mismo tiempo, el trabajo permanece en el centro de la escena política en Estados Unidos. Frente a los continuos ataques patronales, y sin importar cuán débil se ha vuelto el movimiento obrero, los trabajadores buscan las formas de organizar sindicatos y tratar de usarlos para defender sus salarios y condiciones de trabajo de tales ataques.

La clase patronal, aun con su implacable ofensiva a nivel de fábrica e industria, todavía no puede cambiar de manera radical las relaciones entre el capital y el trabajo, como tiene que hacer para poder revertir las presiones descendentes sobre las tasas de ganancia. Sin embargo, aun temen desatar una lucha social y política que arriesgue propagar la resistencia y llevar a un nuevo nivel de intensidad, unidad y solidaridad de las luchas obreras.

A medida que estas profundas contradicciones vayan saliendo a la superficie, estas batallas de clases aplazadas se producirán.

43. Los militantes predispuestos a la lucha de clases, como los que han estado enfrascados en la campaña de sindicalización del UMWA en Huntington, Utah, les dan a otros un ejemplo de decisión y solidaridad. El paso decisivo para transformar esa resistencia en la forja de una vanguardia más amplia del movimiento obrero se da cuando los militantes, al desarrollar experiencia de lucha de clases a través de esas batallas, reconocen que sus victorias iniciales, tanto grandes como pequeñas, no se mantendrán ni estarán aseguradas a menos que extiendan la fuerza sindical a otras fábricas, minas y plantas en la industria y la región.

Gracias a la lucha de los mineros de la Co-Op, la sindicalización de la región carbonífera del Oeste ha comenzado. Sin embargo, solo avanzará en la medida que los cuadros de esa lucha y los que sean influenciados por ellos se empeñen activamente en llegar a otras minas y a otros mineros—sindicalizados o no—para fortalecer al UMWA en Utah y también en Colorado, Wyoming, Nuevo México y otras partes del Oeste. Lo mismo sucede con los trabajadores que están encabezando luchas en empacadoras de carne del Medio Oeste, talleres de costura, plantas textiles o donde sea que las líneas de resistencia de la clase trabajadora se hayan extendido y se extenderán.

44. Es necesario aprender acerca de cómo las generaciones anteriores de trabajadores adquirieron experiencia en el combate sindical—forjando así una dirección de lucha de clases y, con el tiempo, captando a un mayor número de trabajadores a conclusiones revolucionarias—para fortalecer la capacidad, tanto de los cuadros del partido como de otros militantes, de participar de forma eficaz en las luchas que ya se desarrollan así como las que están por venir. Los miembros del Partido Socialista de los Trabajadores y de la Juventud Socialista que forman parte integral de la resistencia obrera han impulsado este entendimiento al presentarles a otros militantes el libro Rebelión Teamster por Farrell Dobbs, como también al organizar clases sistemáticas sobre ese libro en las unidades del partido. La tarea que hoy día tienen por delante los trabajadores de vanguardia—que se expresa bien en el capítulo titulado “Se amplía la lucha” del libro Fuerza Teamster, el segundo de la serie de cuatro tomos—subraya la importancia de leer y discutir sistemáticamente no solo el primer libro, sino Fuerza Teamster, Política Teamster y Burocracia Teamster.

Leídos y asimilados juntos, los cuatro tomos de la serie Teamster describen cómo una creciente vanguardia obrera se puso a prueba al ampliar los combates sindicales, experimentó diferenciaciones inevitables y avanzó hacia la conciencia política proletaria: la capacidad de pensar en términos sociales y actuar en términos políticos en interés de la clase trabajadora, independientemente de los patrones, de sus partidos políticos y del estado capitalista.

45. El aprender las realidades políticas de la lucha de clases—descubiertas y clarificadas a través de acciones, entrelazadas con el estudio y la asimilación de luchas anteriores para ampliar la fuerza sindical—es una precondición para la creciente politización de los militantes de vanguardia. Los avances en extender y fortalecer el sindicato abren las puertas para comenzar a hacer sentir el peso del movimiento obrero en apoyo de los derechos de los negros, la igualdad de la mujer, los derechos de los inmigrantes, la defensa del salario social y otras luchas sociales y políticas. Abren las puertas para organizar tanto la educación como la oposición en torno a la campaña de militarización de los gobernantes imperialistas, el creciente presupuesto de guerra y el mayor uso del poderío militar aquí y en el exterior, incluida la lucha para traer de regreso a las tropas de Iraq y demás lugares del Medio Oriente, ¡ya!

46. Trabajadores individuales que están envueltos en luchas sindicales se interesan en las ideas, el programa y las actividades políticas disciplinadas de otros trabajadores que son comunistas y al lado de los cuales están luchando, o cuyo periódico están leyendo. Algunos se ven atraídos a un partido cuya política no empieza con las elecciones o con las necesidades de ganancias “razonables” de los gobernantes imperialistas norteamericanos, sino con el mundo. Se interesan en un partido que promueve un programa y una estrategia para cerrar la brecha en cuanto a los recursos económicos, las condiciones sociales y la experiencia política de los trabajadores y agricultores por todo el mundo: desde las comunidades obreras, fábricas, minas y campos en todo Estados Unidos y demás países imperialistas, hasta los de todas partes de Asia, África y América Latina.

Esta continuidad política revolucionaria—esta integración de la historia, teoría y práctica—solo la pueden mantener y aplicar con el tiempo los cuadros de un partido que es proletario no solo en su programa sino en su composición, actividad y entorno. Un partido y un movimiento mundial de este tipo es capaz de asegurar que nuestra clase no “pierda su memoria”: que no perdamos la historia política de las luchas del movimiento obrero revolucionario, la generalización de cuyas lecciones es la base de la teoría comunista y de la renovación continua de esa teoría en el transcurso de la actividad revolucionaria de lucha de clases.

Un siglo y medio de experiencia ha confirmado, como explica el Manifiesto Comunista, que los sindicatos son producto del propio funcionamiento del capitalismo. Además, “el verdadero resultado de sus luchas no es el éxito inmediato, sino la unión cada vez más extensa de los trabajadores”. Igual sucede con la rebelión de los colgados: las luchas irreprimibles de naciones y nacionalidades oprimidas por todo el mundo. Pero la organización política y consciente de clase del proletariado, la construcción de partidos comunistas con un programa y una estrategia para la conquista del poder, para la dictadura del proletariado: eso no surge espontáneamente de las operaciones de la ley del valor. Como nos recuerda concisamente Lenin, “Sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario”.

La lucha por un partido proletario es imposible sin la generalización de las lecciones de las batallas obreras, no en una sola fábrica o industria, ni en un solo país, ni en un instante dado o un solo siglo. Esas lecciones se pueden extraer únicamente a través de las experiencias de generaciones entrelazadas de trabajadores y otros productores—jóvenes recién incorporados a la lucha de clases, junto a otros que han sido probados y se han entrenado durante años—en muchos centros de trabajo, dispersos geográficamente por todo el mundo.

47. De importancia fundamental para guiar hoy día el trabajo político integral de estos partidos son los “seis puntos”, aprobados por el congreso de 1990 del Partido Socialista de los Trabajadores (“La estrategia comunista para la construcción del partido hoy: una carta a camaradas en Suecia”, por Mary-Alice Waters, en el número 5 de Nueva Internacional):

i) El viraje a la industria: llevar a cabo “una labor comunista consecuente y profesional en los sindicatos junto con una mayor proletarización de la experiencia y la composición del partido y su dirección”. Esto se fundamenta en una participación activa de la abrumadora mayoría de los miembros y la dirección del partido para construir fracciones sindicales industriales siguiendo las pautas presentadas en El rostro cambiante de la política en Estados Unidos: la política obrera y los sindicatos, por Jack Barnes, incluida la consolidación de los logros de la tercera campaña por el viraje comenzada a finales de los años 90, que se describe en “Ha comenzado el invierno largo y caliente del capitalismo”.

ii) Centralización política: “El viraje puede hacerse realidad únicamente si constituye el eje del trabajo de una organización cuya dirección se empeña en lograr la homogeneidad y centralización políticas, llevando a cabo (en un país determinado) una orientación política internacional…. [Esto] no puede lograrse si no se dispone tanto de ramas como de fracciones que a su vez son sólidas, seguras de sí, y desarrolladas políticamente de una manera global. Las ramas y las fracciones tienen ciertas diferencias en cuanto a sus tareas, pero a través del contenido político común de su trabajo, se refuerzan mutuamente”.

iii) Un ritmo semanal de vida política obrera: este ritmo semanal, impuesto por la organización capitalista del trabajo asalariado, es una “base irremplazable de la vida disciplinada de un partido centralizado de combate”: los foros semanales del Militant Labor Forum; participación en el trabajo de masas, desde batallas obreras y actos de protesta social hasta la solidaridad con las luchas anti-imperialistas de vanguardia a nivel internacional; clases educativas; la venta del Militant, de Perspectiva Mundial y de los libros y folletos en las esquinas de barrios obreros, a las entradas de fábricas y minas, en recintos universitarios y eventos políticos; y las reuniones regulares de las ramas, los comités organizadores y las fracciones sindicales del partido donde se toman decisiones para guiar políticamente y centralizar esta actividad constante.

iv) La expansión de una amplia labor propagandística en torno a la distribución de libros y folletos publicados o distribuidos por la Pathfinder Press, incluida Nueva Internacional: el poner estos centenares de títulos—que documentan las lecciones logradas con sangre por el movimiento obrero comunista internacional a lo largo de más de un siglo y medio de lucha—en manos de trabajadores, agricultores y jóvenes representa un eje permanente de la labor de un partido proletario. Estas obras clarifican los “problemas vitales para el futuro del pueblo trabajador en todos los países”.

v) Reclutamiento de jóvenes: “En todo nuestro accionar, nos concentramos sobre todo en los trabajadores jóvenes combativos que son los cuadros comunistas del futuro… así como los estudiantes que se ven atraídos a las luchas obreras y están predispuestos a unirse a una organización proletaria”. El orientarse políticamente hacia los jóvenes y atraerlos a la Juventud Socialista y a nuestro movimiento “tiene una importancia especial debido al incremento de la edad promedio de todas nuestras fuerzas, y a las crecientes presiones que esto produce para que nos adaptemos a los ritmos y a las normas de la sociedad en la que vivimos, incluso a los sindicatos de los cuales somos miembros”.

vi) El internacionalismo proletario “bajo la bandera de la nueva internacional”: en todos los aspectos de la labor del Partido Socialista de los Trabajadores, de la Juventud Socialista y de nuestras Ligas Comunistas hermanas en otros países, organizándonos para impulsar la reconstrucción de una organización comunista internacional que tenga continuidad con la Internacional Comunista forjada por Lenin y los bolcheviques tras la victoria de la Revolución Rusa de octubre de 1917, posteriormente corrompida y destruida por el movimiento estalinista mundial.

Se resume así la meta estratégica de la orientación proletaria. Además, desde 1959 hasta hoy, toda organización que afirme que avanza por ese camino político ha tenido que pasar—y debe seguir pasando—“la prueba de fuego de la Revolución Cubana… y reconocer el lugar que ocupa la dirección comunista en Cuba y actuar a partir de esa comprensión”.

48. Para el Partido Socialista de los Trabajadores y la Juventud Socialista, el trabajo conjunto con jóvenes y otras organizaciones y corrientes políticas para promover el XVI Festival de la Juventud y los Estudiantes en Caracas, Venezuela, del 7 al 15 de agosto de 2005, brinda una oportunidad de impulsar la labor política comunista por el eje de cada uno de los “seis puntos”.

Como en los dos últimos festivales juveniles, en Argel (2001) y La Habana (1997), el próximo evento le permite a nuestro movimiento buscar contacto y trabajar políticamente con jóvenes trabajadores y estudiantes que pueden ser atraídos a la resistencia obrera aquí y en el exterior, y a quienes se puede convencer de que vean la necesidad de hacer una revolución en Estados Unidos e integrarse al movimiento comunista para ayudar a lograr ese objetivo. El hecho que este festival se celebra en Venezuela ofrece mayores oportunidades, y responsabilidades, para organizar eventos en recintos universitarios y otros lugares para presentar una descripción y explicación políticas de la lucha de clases que hoy se sigue desarrollando allí de informar sobre la labor internacionalista de los trabajadores médicos y maestros voluntarios cubanos; y de impulsar la defensa de Venezuela y de Cuba frente al curso político de enfrentamiento de Washington y su creciente presencia militar en la vecina Colombia.

Estos son los ejes revolucionarios proletarios y anti-imperialistas sobre los cuales nos organizamos para captar jóvenes a este esfuerzo. Al hacerlo estamos contendiendo a nivel político principalmente con el Partido Comunista y la Liga Juvenil Comunista (YCL), además de un puñado de opositores políticos más. Durante el apogeo del control que el estalinismo mundial ejerció sobre el movimiento del festival, desde finales de los años 40 hasta finales de los 80, los PC y sus organizaciones juveniles dominaron todos los aspectos de las delegaciones que participaban en estos eventos. Hasta la fecha, luchan por preservar la continuidad política colaboracionista de clases de “paz y amistad”, como también las normas y los métodos burocráticos diseñados para estrangular políticamente, para estrechar, no ampliar, la participación de jóvenes.

El colapso de los aparatos estalinistas en la Unión Soviética y por toda Europa oriental a comienzos de los 90 abrió espacio por primera vez para que jóvenes de disposición revolucionaria a quienes antes se les había impedido participar en el movimiento del festival se sumaran a otros para colaborar en la construcción de estos encuentros internacionales como vía para conocer a jóvenes de todo el mundo que se radicalizan, aprender de ellos y ayudar a mostrar cómo utilizar tales encuentros para impulsar la lucha mundial contra el imperialismo. Es lo que desde entonces han venido haciendo el Partido Socialista de los Trabajadores y la Juventud Socialista. Nuestra colaboración en este sentido con dirigentes y cuadros de la Unión de Jóvenes Comunistas en Cuba, entre otros, ha estado entrelazada con giras de conferencias en Estados Unidos por jóvenes dirigentes cubanos, la colaboración en la edición de libros por Ernesto Che Guevara, Malcolm X y otros revolucionarios para que se utilicen en Estados Unidos, Cuba y otros países, el trabajo con jóvenes interesados en aprender directamente de la Revolución Cubana y otras actividades políticas. Hablamos de política con cuadros de organizaciones de toda América y el mundo, aprendemos de ellos, desarrollamos relaciones políticas con ellos e influimos políticamente en ellos.

Promover la participación norteamericana en el XVI Festival de la Juventud y los Estudiantes como prioridad central de un partido del viraje significa trabajar con organizaciones estudiantiles, opositores políticos y jóvenes individuales a través del Comité Nacional Preparatorio (CNP) que organiza la delegación de Estados Unidos. Significa aprovechar las oportunidades en nuestras fracciones y ramas del partido de involucrar a jóvenes trabajadores y sindicalistas en actividades políticas que amplíen sus horizontes. Significa diseñar los mítines del Militant Labor Forum para acometer las numerosas cuestiones políticas disputadas que surgen de las discusiones al hacer esta labor.

A medida que contendamos con nuestros opositores, la clarificación y diferenciación políticas educarán y fortalecerán a nuestros propios miembros a la vez que mejorarán las oportunidades de reclutamiento al movimiento comunista.
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Tendencias históricas y fuerza proletaria

49. Las perspectivas de forjar una vanguardia política proletaria y revolucionaria del movimiento obrero y de construir una internacional comunista integrada por partidos de combate disciplinados se ven favorecidas por seis amplias tendencias políticas y sociales que más y más van a caracterizar el siglo XXI:

i) El tamaño de la clase trabajadora hereditaria, tanto en términos absolutos como en relación con otras clases sociales, continúa creciendo a escala mundial. Esto aumenta las posibilidades para la participación y la dirección proletarias en las luchas revolucionarias por la liberación nacional y el socialismo en el Medio Oriente y a nivel mundial. A medida que nuevas capas del pueblo trabajador se proletaricen, la lucha de clases en Asia se intensificará de una forma cualitativamente nueva desde China hasta Pakistán, India, Indonesia, Rusia y más allá. Sobre todo en China, se agudizan las contradicciones explosivas conforme decenas de millones de campesinos—nacidos y educados en un estado obrero, por deformado que esté—ingresan a tropel a una fuerza laboral fabril urbana que se concentra en centros industriales costeños que se van extendiendo con mucha rapidez.

ii) Las mujeres continúan integrándose a la fuerza laboral, y las barreras que impedían que hombres y mujeres trabajaran hombro a hombro como iguales, realizando los mismos empleos, se van agrietando paulatinamente tanto en los países imperialistas como en los semicoloniales. Esta proletarización, piedra angular para la realización de la liberación de la mujer, hace más que debilitar los cimientos económicos de la opresión de la mujer y fortalecer a la clase trabajadora. Aumenta también el peso social y político de la lucha por la igualdad de la mujer y su importancia central en la lucha de clases. Este proceso amplía la participación activa de las mujeres en los sindicatos, las luchas populares y el movimiento obrero revolucionario, así como la posibilidad y, aun más, la necesidad de su integración a la dirección a todos los niveles.

iii) Con la inmigración acelerada, impelida por las aplastantes condiciones económicas en Asia, África y América Latina, la clase trabajadora se va internacionalizando en el mundo imperialista y en la mayoría de los países semicoloniales industrialmente más avanzados. Estos cambios en la composición no solo van demoliendo las divisiones por nacionalidad, el provincialismo y los prejuicios que restan fuerzas al movimiento obrero, sino que enriquecen las experiencias políticas y sindicales de la clase trabajadora y amplían sus horizontes históricos y culturales.

iv) Por el peso social y la composición desproporcionadamente proletaria de la oprimida nacionalidad negra en Estados Unidos, los trabajadores que son afroamericanos van a constituir un componente más grande de la vanguardia política combativa del movimiento obrero en las batallas de clases que vienen—incluso en la lucha contra la guerra imperialista—que durante la radicalización obrera de los años 30. Sus luchas, pasadas y presentes, también sientan un poderoso ejemplo para el creciente número de trabajadores inmigrantes que enfrentan la discriminación racista y que a menudo, a través de batallas comunes, se van deshaciendo de sus propios prejuicios retrógrados y antinegros.

v) La historia del último medio siglo ha confirmado que el liderazgo proletario revolucionario del más alto calibre puede y va a surgir de las luchas de las capas más oprimidas del pueblo trabajador, y no solo en los países imperialistas, como lo ejemplifica Malcolm X en Estados Unidos. Aun en las regiones económicamente más atrasadas e industrialmente más subdesarrolladas del planeta, dirigentes como Thomas Sankara en Burkina Faso, Maurice Bishop en Granada y otros más han surgido de las luchas revolucionarias del pueblo trabajador, y son vistos como dirigentes no solo en los países semi-coloniales, sino en los centros imperialistas por trabajadores de vanguardia y jóvenes. Esto marca un cambio político importante comparado con las posibilidades objetivas que existían en los días del bolchevismo y de la Internacional Comunista en la época de Lenin y en las décadas inmediatamente posteriores. Es un cambio que modifica la correlación de fuerzas a nivel mundial a favor de la clase trabajadora.

vi) La separación de la religión y las instituciones religiosas de la política y del estado continúa avanzando a la par de la propagación mundial del capitalismo y la consiguiente expansión del proletariado. La influencia de las creencias religiosas en la conducta política del pueblo trabajador también continúa en descenso. Cualesquiera que sean las afiliaciones religiosas de cientos de millones de trabajadores y agricultores en el mundo, no es la intolerancia religiosa lo que aprenden los trabajadores en el transcurso de luchas comunes, sino hábitos proletarios de confianza mutua, tolerancia y solidaridad de clase.

50. Más que en cualquier otro instante desde la primera campaña presidencial del Partido Socialista de los Trabajadores en 1948, nuestra campaña comunista de 2004—Róger Calero para presidente y Arrin Hawkins para vicepresidenta—sobresalió políticamente en contraste con todas las demás corrientes que decían hablar en defensa de los intereses de la clase trabajadora.

Este hecho político se destacó sobre todo, quizás, al darse las grandes protestas durante el congreso republicano en Nueva York. Este fue el ápice de la alianza abárcalo-todo de “¡Alto a la agenda Bush!”: desde los que votaban con gusto por Kerry (incluido el PCEUA), hasta la mezcolanza resuelta a votar por “Cualquiera menos Bush” (siempre y cuando sus papeletas “contaran”, lo que significaba votar por Kerry donde la elección fuese “reñida”), y los que postularon candidatos pero no hicieron el menor intento de figurar en la papeleta electoral o de llevar a cabo aspecto alguno de una campaña seria a nivel nacional (como el Partido Mundo Obrero, que figuró en la papeleta en tres estados con bajos requisitos de peticiones de firmas). Solo los que hicieron campaña por la fórmula del PST—Calero y Hawkins y más de 40 candidatos más en 22 estados y el Distrito de Columbia—salieron a las calles, día tras día, llegando a los trabajadores y a los jóvenes con una plataforma obrera independiente.

Calero, Hawkins y sus partidarios empezaban con su clase y con el mundo. Hablaban en nombre de una clase internacional que no tiene fronteras, que no tiene otra cosa con qué subsistir por toda una vida más que con la venta de nuestra capacidad de trabajar para tal o cual patrón. La consigna de nuestra campaña tocó un tema—singular, acertado y oportuno—que es decisivo para la tarea estratégica más amplia de fortalecer políticamente el núcleo de un movimiento proletario revolucionario en este país y a nivel mundial: “¡Lo que cuenta no es a quién te opones, sino qué propones! ¡Vota Partido Socialista de los Trabajadores en 2004!

Solo entre las filas de la clase obrera y los sindicatos industriales, entre las filas de los militantes obreros en las primeras líneas que toman acción para organizar y utilizar la fuerza sindical para resistir la ofensiva patronal, se puede encontrar un camino político proletario para enfrentar las consecuencias de la trayectoria económica y militar que los gobernantes norteamericanos persiguen hoy. Adquirimos más confianza en explicar esto durante la campaña de 2004. Los primeros pasos decisivos hacia la acción política independiente por parte de la clase obrera, hacia un partido obrero basado en los sindicatos, se darán como resultado de organizarnos junto a otros militantes para usar nuestras instituciones de clase más elementales y transformarlas, al organizar, fortalecer y extender la fuerza sindical. Ese punto de partida es una precondición para nuestra transformación: la forja de una amplia vanguardia política de la cual el movimiento comunista es un componente irremplazable.

Décadas de trabajo consecuente por parte del movimiento comunista para construir partidos que sean proletarios en su composición, vida, hábitos y entorno: es el único fundamento que puede ser decisivo a medida que la clase trabajadora entre al enorme crisol de las batallas históricas por venir. Solo los partidos que estén templados y entrenados así estarán preparados, a través de luchas tumultuosas, para incorporar a millones a la actividad disciplinada de lucha de clases. Fue ésta la trayectoria sobre la cual se fundó nuestro movimiento, trayectoria que está llevando a cabo el Partido Socialista de los Trabajadores y el movimiento mundial del que formamos parte.

Como se afirma en “Ha empezado el invierno largo y caliente del capitalismo”, los comunistas, al igual que otros trabajadores, nos encontramos “en las primerísimas etapas de lo que serán décadas de convulsiones económicas, financieras y sociales y de batallas de clases…. Debemos interiorizar el hecho que este mundo—algo que ninguno de nosotros ha conocido antes en nuestra vida política—no solo es el que hoy día debemos encarar, sino que es el mundo en el que vamos a vivir y luchar por bastante tiempo. Al actuar hoy a partir de esta realidad, no se nos pescará políticamente desprevenidos cuando irrumpan guerras, estallen crisis sociales más profundas, se organicen e intenten pogromos, y los conflictos sindicales se conviertan en batallas de vida o muerte. El partido proletario que exista mañana solo puede crecer del partido proletario que preparemos hoy”.

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