Ha comenzado el invierno largo y caliente del capitalismo

por Jack Barnes

Informe y resumen debatidos y aprobados por los delegados al 41er Congreso Constitucional del Partido Socialista de los Trabajadores, celebrado del 25 al 27 de julio de 2002 en Oberlin, Ohio.

Un partido revolucionario de masas se forja al calor de grandes crisis sociales, trastornos políticos y guerras. El tumulto se desencadena de forma desigual y se extiende, con altibajos, por un tiempo considerable. Sin embargo, el núcleo de un partido proletario—experimentado en el trabajo de masas, informado y disciplinado en política proletaria, con cuadros que abarcan varias generaciones—se construye antes de que estallen estas gigantescas batallas de clases y explosiones revolucionarias. Dicho partido no se puede construir de cero una vez que han comenzado los enfrentamientos de clases decisivos que plantean qué clase ha de gobernar. Esa es la lección que Lenin y los bolcheviques nos enseñaron en la práctica. De manera afirmativa. Lenin también generalizó, a partir de la historia de la actividad revolucionaria de los trabajadores y agricultores en el capitalismo, para explicar esta lección en numerosos discursos y escritos. Y en el curso del último siglo, nuestra clase también ha aprendido esta lección de manera negativa: pagando un mayor precio de lo que cualquiera pudo haber anticipado.

Nuestras organizaciones procuran actuar hoy de tal manera que, cuando comiencen las luchas de masas revolucionarias, podamos basarnos en nuestro programa internacionalista, nuestros hábitos proletarios y nuestras normas organizativas ya existentes. Solo al actuar así se pueden forjar partidos capaces de dirigir al pueblo trabajador a la conquista revolucionaria del poder y al establecimiento de un gobierno de trabajadores y agricultores.

Para mantenernos fieles a esta responsabilidad histórica, los delegados a este congreso enfrentamos un desafío sobre todo. Debemos preparar al Partido Socialista de los Trabajadores, a la Juventud Socialista y a los partidarios del movimiento comunista para entender la depresión que se va desarrollando y la campaña intensificada hacia guerras imperialistas, y para reorientar nuestra actividad ante estas realidades. Es desde esta óptica que hay que entender y responder a todas las demás responsabilidades y oportunidades políticas. Al hacerlo, vamos a colaborar con comunistas y jóvenes socialistas por todo el mundo, e igualmente con revolucionarios en América Latina, África, el Medio Oriente y Asia que participan en luchas nacionales intransigentes contra los beneficiarios internos e internacionales del sistema imperialista.

Los comunistas no somos pronosticadores. Nadie puede hacer predicciones exactas sobre qué va a suceder en la sociedad y cuándo. Los que tienen una comprensión materialista de las leyes de la lucha de clases, incluido el lugar que ocupa el azar en los asuntos humanos, saben que es mejor no intentarlo. Sin embargo, los comunistas podemos y tenemos la responsabilidad de prestar atención al curso del desarrollo capitalista que se va desenvolviendo y asimilar y explicar sus implicaciones para la lucha de clases y la sinuosa marcha del proletariado hacia el poder. Cuando se han acumulado suficientes pruebas sobre la lógica de estos acontecimientos, no hay otro camino responsable que el de actuar a partir de ellas. De no hacerlo, independientemente de lo que hayamos logrado de antemano, será demasiado tarde. En ese momento, no somos de Missouri; somos de Petrogrado.

Muchos miembros del movimiento comunista en la actualidad jamás han presenciado una guerra terrestre lanzada por los gobernantes imperialistas, una guerra que movilice a un gran número de soldados de las filas de la clase trabajadora norteamericana y que cause muchos miles de muertos de todos los bandos. Vamos a ver guerras de ese tipo no solo en las próximas décadas, sino en los años y posiblemente hasta en los meses que vienen.

Solo un par de participantes en este congreso—quienes rondan los 80 años de edad—han vivido, como personas políticas, una depresión mundial. Algunos hemos experimentado dos o tres bajas profundas desde mediados de los años 70. En una u otra de estas recesiones, los precios de las acciones cayeron bruscamente a lo largo de unos cuantos años, el desempleo se disparó hasta alcanzar los dobles dígitos en varios países imperialistas y hubo brotes repentinos de inflación. Pero eso es diferente de una deflación de tal magnitud que la columna vertebral financiera del capitalismo mundial—su estructura de deudas y sus instituciones financieras dominantes—se dobla, la producción se desploma, el desempleo a largo plazo se propaga a nivel mundial y la gran masa de la humanidad se ve golpeada por la contracción económica o por embates de ruinosas explosiones de precios, y a veces ambas cosas a la vez. Masas de personas pierden la fe en el capitalismo, pero al principio solo pierden las esperanzas. Condiciones de ese tipo, que han acechado las regiones más vulnerables del mundo colonial en las últimas décadas, se difundirán ampliamente y serán devastadoras. No estamos presagiando esa depresión mundial; hoy día estamos viviendo sus primerísimas etapas.

Para actuar de manera eficaz como comunistas en la situación mundial que se desarrolla, tenemos que interiorizar una comprensión del imperialismo: la fase del capitalismo mundial alcanzada a comienzos del siglo pasado. En tanto no se resuelvan las contradicciones de ese sistema social explotador y opresor—y ese objetivo se podrá lograr únicamente cuando el proletariado quite el poder a los capitalistas y terratenientes en los países imperialistas y se sume a la lucha mundial por el socialismo—la humanidad no tendrá un futuro seguro.

Como Lenin nos ayudara a aprender, para los gobernantes imperialistas “las situaciones absolutamente sin salida no existen”, aún cuando el capitalismo se encuentre en una crisis profunda.[1] No existe una situación sin salida para la burguesía en tanto el poder estatal no se lo arrebate el proletariado, dirigido por un movimiento revolucionario que, a la hora decisiva, no tema la imponente responsabilidad de tomar el poder ni rehuya de tomarlo. Y de retenerlo.

Sin esa revolución—sin la insurrección que abra el camino al poder obrero—el estado capitalista y los patrones le propinarán derrotas suficientemente devastadoras a la clase trabajadora mediante el terror fascista y destruirán suficiente capacidad productiva agrícola e industrial a través de guerras y medios económicos “naturales” (para el capitalismo) que podrán reanudar una reactivación miserable pero real de la producción y del comercio. Seguirán dominando el planeta y amenazando la propia supervivencia de la civilización. Mientras no pierdan el poder estatal, la ley del valor garantiza que su sistema comenzará de nuevo. Ellos no tienen más que aguantar; nosotros tenemos que vencer.
volver arriba

Sin temor a la clase dominante

La clase dominante en este país, si bien es la más rica y militarmente la más poderosa de la historia, es un gigante hinchado cuyo cenit en realidad ya quedó atrás. A los gobernantes acaudalados no les tenemos miedo, les tenemos desdén. Anticipamos desde ya poder entrar en combate contra ellos. Porque sabemos que antes de que los explotadores puedan imponer sus horrores definitivos, la clase trabajadora y sus aliados entre los agricultores y demás masas trabajadoras tendrán la oportunidad de resolver las crisis del imperialismo a favor de la humanidad. Decimos: que se apresure el día. Y actuamos como si lo decimos en serio.

Los trabajadores comunistas en Estados Unidos disfrutamos del trabajo político. Es decir, la política, y el trabajo conjunto que hace posible la política, nos interesan. Nuestra confianza en la clase trabajadora se desprende de una larga experiencia y se basa en hechos que se desarrollan ante nuestros ojos. No es cuestión de fe. No es una “idea” en la mente de un individuo. No es un “objetivo” al que “aspiramos”. Y tenemos una obligación política especial de demostrar esta confianza por la forma en que nos comportamos.

Hoy día por todo el mundo, incluso entre revolucionarios, por lo general se presenta el imperialismo estadounidense como una potencia “hegemónica” prácticamente omnipotente en un mundo “unipolar”. Tenemos el deber de aclarar que, si bien jamás concedemos un ápice al aventurerismo que hace caso omiso de la brutalidad y del monopolio del poder estatal de los gobernantes norteamericanos, tampoco nos acobardamos jamás ante ellos. Jamás les pedimos el derecho de ser comunistas. Ofrecemos una apreciación realista de quiénes son y lo que son capaces de hacer. Explicamos que actúan de manera pragmática, sin concepto de las leyes de movimiento de la sociedad moderna. Ellos no tienen que ganar; les basta con no perder. Su autoengaño no tiene límites y, por esa misma razón, no hay límites a la brusquedad y envergadura de la violencia y la brutalidad que desatarán cuando resulte asombrosamente claro que están equivocados.

Ante todo, señalamos cómo los gobernantes capitalistas siguen creando y siguen concentrando dentro de sus propias fronteras un proletariado mundial cada vez más grande, y cómo el pueblo trabajador—cómo nosotros—podemos hacer una revolución para derrocarlos.

Tenemos la obligación especial de ayudar a que los trabajadores y agricultores de disposición revolucionaria alrededor del mundo entiendan que no existe “un” Estados Unidos; no existe en Norteamérica una población social y políticamente homogénea con ese nombre. “Nosotros los americanos” es una invención de los gobernantes. Están las decenas y decenas y decenas de millones de trabajadores y agricultores en Estados Unidos; formamos parte de un “nosotros” junto a nuestros hermanos y hermanas de clase por todo el mundo. Y están “ellos”: el minúsculo puñado de familias acaudaladas en cuyo interés actúa el gobierno imperialista de Estados Unidos dentro y fuera del país. Son “ellos”, su estado, a quienes “nosotros” debemos derrocar para poner fin al avance inexorable del imperialismo hacia la creciente crisis, violencia, brutalidad y devastación: hacia el fascismo y la guerra mundial.
volver arriba

Respuesta proletaria al 11 de septiembre

Nuestro movimiento se desenvolvió bien en septiembre pasado frente a los ataques contra el World Trade Center y el Pentágono, así como la acelerada campaña de militarización de los gobernantes y los preparativos para echar atrás los derechos obreros que los gobernantes realizaron posteriormente. Nos pronunciamos categóricamente el 11 de septiembre mismo, en una declaración emitida por la dirección del partido en nombre del candidato del Partido Socialista de los Trabajadores para alcalde de la ciudad de Nueva York, Martín Koppel. Comenzamos a hacer campaña simultáneamente con esa declaración por todo Estados Unidos, ofreciéndola para los sitios web del Militant y de Perspectiva Mundial, y para que se publicase en los números siguientes de esos periódicos. Explicamos lo que estaba en juego y aclaramos las cuestiones políticas para los miembros, partidarios y contactos de nuestro movimiento, así como para cualquiera que estuviera interesado en escuchar lo que decíamos los comunistas.

La declaración del partido logró precisamente el contenido y el tono correctos, y en la política proletaria el tono puede ser decisivo, especialmente en momentos como el 11 de septiembre de 2001. Dijimos que los ataques en Nueva York y Washington se llevaron a cabo como reacción y emulación de lo que el gobierno de Estados Unidos había venido apoyando durante décadas al defender “su ‘derecho’ de lanzar ataques militares contra otros países”. Ahora los gobernantes de Estados Unidos “se volverán aún más descarados” en esa trayectoria.

Llamamos la atención especialmente al hecho que durante sus últimos meses en la Casa Blanca, “la administración Clinton estableció, por primera vez en la historia de Estados Unidos, un comando norteamericano: es decir, la estructura de mando para desplegar fuerzas armadas estadounidenses sobre terreno nativo, dirigidas ante todo contra el pueblo trabajador en este país”. Señalamos que la administración Bush estaba desplegando estas unidades “del suelo nativo” (homeland) de las fuerzas armadas, junto a diversas agencias policiacas federales, “en sus primeras operaciónes militares dentro del país”.

“El gobierno norteamericano y sus aliados, por más de un siglo, han desatado un terror sistemático para defender sus privilegios e intereses de clase a nivel nacional e internacional”: desde la masacre en Filipinas y en el Caribe y América Central al comienzo del siglo XX y en sus primeras décadas, hasta los bombardeos incendiarios de ciudades alemanas y japonesas y la aniquilación atómica de más de 100 mil personas en Hiroshima y Nagasaki; desde el arrasamiento asesino de Corea a principios de los años 50, hasta la masacre desatada por 10 años en Indochina, la devastación de América Central y el apoyo a tiranías asesinas por toda Sudamérica en los años 60 y 70; desde la guerra contra el pueblo iraquí en 1990–91, hasta la incineración de 80 personas en Waco, Texas, en su propio territorio, y los asesinatos de muchos más dentro y fuera de Estados Unidos.

La declaración del partido hizo eco de una advertencia hecha en 1940 por el dirigente comunista León Trotsky. A medida que se expandía inexorablemente el conflicto interimperialista que llegó a ser la Segunda Guerra Mundial, Trotsky respondió a los crecientes esfuerzos del movimiento sionista y sus partidarios imperialistas de desposeer al pueblo palestino y establecer lo que ocho años después se convertiría en el estado colono-colonialista de Israel. Lo que estas fuerzas reaccionarias estaban haciendo, dijo Trotsky, era transformar a Palestina en una “trampa sangrienta” para los judíos. “Nunca ha quedado más patente que hoy”, escribió, “que la salvación del pueblo judío está inseparablemente ligada al derrocamiento del sistema capitalista”.[2]

Más de 60 años después, el pronóstico de Trotsky no solo se ha confirmado, sino que los peligros son aún mayores, conforme los demagogos derechistas nuevamente hacen lo que siempre harán en condiciones de crisis—exista o no Israel—mientras perdure el sistema capitalista. Vomitan el veneno del antisemitismo y del odio antijudío como antídoto a los males del capitalismo. La respuesta del partido al 11 de septiembre subrayó: “el imperialismo estadounidense está convirtiendo a Norteamérica en una trampa mortal para el pueblo trabajador y para todos los que aquí residen”. Lo está haciendo “por su superexplotación sistemática de los pueblos de Asia, África y América Latina; por sus agravios incesantes a su dignidad nacional y cultural”; por su interminable colaboración en formas incontables de violencia asesina. Por el funcionamiento mismo del capitalismo en su fase imperialista.

Señalamos que los gobernantes de Estados Unidos están reforzando la armadura de su puño blindado. Están fortaleciendo su posición dentro de Estados Unidos y en el exterior para las batallas que ellos saben que vienen.

Menos de tres semanas después de la campaña para usar esta declaración, le dimos seguimiento con la movilización de un gran mitin público en la ciudad de Nueva York. En ese mitin llamamos la atención, ante todo, a la incapacidad de los gobernantes estadounidenses de atizar el tipo de repuesta patriotera que podría, durante cierto tiempo, acobardar al pueblo trabajador para retraerse de luchas llamando a que los “americanos” “aunemos esfuerzos”. Al día siguiente de nuestra reunión, decenas de miles de empleados estatales en Minnesota salieron en huelga contra los esfuerzos patronales de recortar sus salarios y prestaciones médicas. Las arengas patrióticas no detuvieron la resistencia obrera. Las secuelas del 11 de septiembre no fueron la ocasión y justificación para tratar de imponer promesas de no hacer huelgas.

La batalla de los trabajadores por el reconocimiento sindical contra la empresa Point Blank en el sur de Florida está demostrando ser otro ejemplo más. El hecho que los trabajadores producen chalecos antibalas para la policía y el ejército no les ha impedido organizarse y luchar por mejores salarios y condiciones de trabajo. Al menos un delegado, quien de lo contrario estaría hoy aquí en el congreso, está en Miami asumiendo sus responsabilidades en esta campaña de sindicalización.

Las realidades de la lucha de clases en Estados Unidos luego del 11 de septiembre quedaron ilustradas deliciosamente en ese encuentro en Nueva York por una experiencia que mencionamos al principio de la reunión. Conté que unos días antes yo iba, junto a otro dirigente del Partido Socialista de los Trabajadores, rumbo a una reunión en el centro de Manhattan, y resulta que era el día de la independencia de México. Poco después de salir del subterráneo, pasamos por donde estaba una joven latina vendiendo banderas norteamericanas en la calle. Ella no decía nada; solo sostenía las banderas, esperando que alguien le comprara una por un dólar. El fervor patriótico no era la principal motivación de la mayoría de los que vendían banderas y listones de colores en las calles esos días (o cualquier otro día).

En ese mismo instante, un camión grande dobló la esquina, adornado por el patrón con dos grandes banderas norteamericanas, una en el panel del lado y otra que ondeaba desde la cabina. El joven chofer vio a la mujer, lanzó el puño por la ventana y gritó: “¡Viva Zapata!” A los dos les brotó una enorme sonrisa en el rostro.

¡Me alegra que en ese momento estaba con otro compañero que puede confirmar que esto de veras sucedió! Una vez que ibas más allá de las clases profesionales y medias, la pátina de histeria y pánico pequeñoburgueses en Nueva York no se podía encontrar ni siquiera a flor de piel.

Los trabajadores y agricultores en Estados Unidos se vieron arrastrados al mundo de manera abrupta y violenta por los sucesos de septiembre de 2001. Hasta entonces los gobernantes habían convencido en gran medida al pueblo trabajador de que al menos en suelo estadounidense, desde la “victoria” de la Guerra Fría, “nosotros” jamás—jamás—sufriríamos consecuencias directas de la violencia asesina y la miseria que experimentan los trabajadores y agricultores del mundo entero como resultado del impulso inherente del capitalismo hacia la dominación imperialista, la superexplotación y las guerras de conquista. Esta ilusión comenzó a resquebrajarse el 11 de septiembre.

Los sucesos en Nueva York y Washington dieron a los gobernantes estadounidenses un pretexto para acelerar el curso que han seguido por unos 15 años: desde la crisis cada vez más profunda del orden capitalista mundial que fue anunciada por la caída de la bolsa de valores en 1987 y el colapso de los regímenes estalinistas en Europa central y oriental y la Unión Soviética unos años después.

Sin embargo, la aceleración, si se mantiene, conlleva sus propios cambios. Las acciones controladas ponen en marcha fuerzas no controladas y por tanto acarrean consecuencias inesperadas. La evolución política y militar de las potencias del mundo imperialista se ha vinculado más estrechamente a su evolución económica, con los golpes desestabilizadores de un capital financiero mundial más y más violentamente competitivo.

Es importante que los delegados aquí debatan y decidan sobre estas conclusiones, que a mi entender no las comparte ninguna otra corriente en el movimiento obrero. Porque todo lo que el Comité Nacional—que es responsable de actuar en nombre del partido entre congresos—ha hecho en el último año se ha basado en estos criterios y se seguirá basando en ellos si este curso se reafirma.
volver arriba

La marcha del imperialismo norteamericano hacia la guerra

La prensa del gran capital le ha prestado mucha atención en los últimos dos meses al discurso que Bush dio el primero de junio [de 2002] a la clase de graduados de West Point. Ese discurso señaló otro paso más en la marcha de Washington hacia la guerra, hacia el uso agresivo de su poderío militar, pero no por las razones que balbucean los monigotes de la televisión.

Los autodeclarados expertos—a quienes muchos de “la izquierda” repiten como loros—proclaman que Bush dijo algo peligrosamente nuevo en la academia militar cuando habló de estar “dispuesto para la acción preventiva cuando sea necesario defender nuestra libertad y defender nuestras vidas”. Sin embargo, el hecho es que todos los ataques militares de Washington y de las demás potencias imperialistas han sido “preventivos”.

Corea no estaba atacando a las fuerzas armadas estadounidenses en 1945 cuando Washington mandó a los soldados a que ocuparan la parte sur de la península, la dividieran por la mitad y luego, cuando ocurrió el resultado inevitable cinco años después, lanzaran una guerra asesina con el objetivo—infructuoso—de conquistar todo el país. Cuba no amenazó ni invadió a Estados Unidos en 1961, ni tampoco en 1962. No fue un acto “en defensa propia” ni el asalto de los mercenarios respaldados por Washington en la Bahía de Cochinos en abril de 1961, ni la “crisis de los misiles” en octubre de 1962 provocada por Washington. Vietnam no lanzó armas contra ciudades o territorios norteamericanos, provocando una escalada masiva de bombardeos y el despliegue de soldados estadounidenses a mediados y finales de los 60. Estos actos que definieron el “Siglo Americano” fueron todos ataques “preventivos” bipartidistas por parte de los gobernantes estadounidenses.

Así lo fueron también las sangrientas guerras del siglo XX entre las potencias imperialistas: la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial. En los años que antecedieron a estas dos matanzas, las potencias rivales instigaron incidentes y provocaciones que sabían que inevitablemente les darían un pretexto para declarar la guerra e impulsar sus intereses nacionales.

Por lo menos desde fecha tan temprana como octubre de 1937, cuando el presidente Franklin D. Roosevelt dio el discurso “Cuarentena al agresor”, por ejemplo, el gobierno demócrata había emprendido un curso encaminado a reforzar el poderío militar estadounidense para hacerle frente a Japón en el Pacífico, establecerse como potencia imperial dominante en Europa y, con suerte, dirigir así la subordinación, si no la destrucción, del estado obrero soviético. Según la historia que nos enseñan en la escuela y que vemos en los diarios capitalistas y en la televisión, fue el bombardeo “preventivo” de Tokio contra Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941 lo que llevó a Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial. A partir de ese “ataque no provocado y cobarde por parte de Japón”, dijo Roosevelt al Congreso al día siguiente, “ha existido un estado de guerra entre Estados Unidos y el imperio japonés”.

Lo que, por lo general, muy convenientemente no mencionan los apologistas de las potencias aliadas es el acto “preventivo” del gobierno de Roosevelt contra Japón seis meses antes, cuando impuso un embargo total a la importación japonesa de petróleo (así como un embargo a la importación de chatarra y la congelación de todos los activos japoneses en Estados Unidos). Washington sabía que ese acto de guerra económica, destinado a hacer pasar hambre a Japón y frenar las ruedas de la industria, obligaría a Tokio a responder militarmente. Las únicas sorpresas fueron la audacia inesperada del ataque a Pearl Harbor, el alcance de la flota naval de Japón y la habilidad y temeridad de los “pilotitos amarillos” de Asia.

En realidad, lo que para los trabajadores con conciencia de clase fue notable acerca del discurso de Bush en West Point no fue su comentario sobre la “acción preventiva”, sino la facilidad con la que iba y venía entre las propuestas de golpes contra “enemigos” dentro del país y “enemigos” en el exterior. “Nuestra seguridad”, dijo Bush, “exigirá la mejor inteligencia posible para revelar amenazas que están ocultas en cuevas y que crecen en laboratorios. Nuestra seguridad exigirá modernizar agencias internas como el FBI, para que estén listas a actuar, y a actuar rápidamente, contra los peligros”.

Mas importante que la alocución de West Point fue el discurso sobre el “eje del mal” que Bush dio ante el Congreso cuatro meses antes: su discurso del Estado de la Unión a finales de enero de 2002. Nosotros tomamos en serio las amenazas que profirió en ese discurso. La Casa Blanca no simplemente sacó de un sombrero a Iraq, Irán y la República Democrática Popular de Corea como muestra representativa de los numerosos “estados forajidos” denunciados por Clinton. Y el “eje del mal” no son simplemente tres países oprimidos cuyos regímenes los gobernantes de Estados Unidos quisieran derrocar. Se trata de tres gobiernos cuyas capacidades económicas, técnicas y de ingeniería les permitirán, un día no muy lejano, colocar armas—incluso ojivas nucleares—en misiles balísticos cuyo alcance podría al menos impedir que Washington atacara esos países con impunidad. De hecho, el objetivo más inmediato de la campaña de los gobernantes estadounidenses por un Sistema Anti-Misiles Balísticos—reiniciada durante la administración Reagan, reanudada durante los últimos años de Clinton y ahora impulsada por Bush—es de restaurar la capacidad de Washington de usar su masivo arsenal nuclear para chantajear tanto a gobiernos como éstos en el mundo colonial como a sus “amigos”, la inconstancia de uno o dos de los cuales podría revelarse en un futuro siempre cambiante.[3]

Debemos actuar suponiendo que los planes del Pentágono para una invasión y guerra de frentes múltiples contra Iraq, “filtrados” a comienzos de este mes, son los pasos iniciales para preparar un masivo asalto militar organizado por Washington. En cuestión de días intervino [el primer ministro británico Anthony] Blair prometiendo apoyo y participación plenos. Los documentos “filtrados” detallaron el uso de depósitos de material de guerra en Uzbekistán y planes para operativos aéreos, navales y terrestres montados desde bases en Kuwait, Qatar, Bahrein, Turquía, Diego García y otros lugares más. Algunos sectores de la burguesía turca abrigan grandes esperanzas de que a cambio de su cooperación el imperialismo ofrecerá aliviar un poco el peso de la deuda y la crisis económica que más y más atenazan ese país. Y los gobernantes norteamericanos se van a asegurar de que sus altezas reales en Arabia Saudita y en Jordania también se dejen convencer antes de que empiecen los balazos.

Washington está resuelto a lograr lo que no pudo intentar hacer como parte de la alianza “para liberar a Kuwait” durante la guerra de 1990–91. Los gobernantes estadounidenses se proponen librar una guerra de envergadura hasta el fin: y a partir de eso están formando una coalición. Creen que, con un pie en Tel Aviv y otro en Bagdad—y con nuevas bases militares al norte, al este y al sur de Irán—,el imperialismo norteamericano podrá entonces recuperar parte de lo que perdió en 1979 con el derrocamiento revolucionario del sha de Irán, quien era respaldado por Washington. Ante todo, Washington se siente seguro de que puede dividir nuevamente la influencia militar y política en la región a costa de sus rivales en Europa y Japón, y afirmar su dominio sobre el petróleo y demás recursos. Cerca del 65 por ciento de las reservas petrolíferas del mundo yacen en esa región: más del 10 por ciento en Iraq y una cuarta parte solo en Arabia Saudita.

Estados unidos está fortaleciendo su presencia militar también en otras regiones. Utilizó la guerra en Afganistán para establecer bases no solo allí, sino por toda la antigua Asia central soviética, en Uzbekistán, Tayikistán y Kirguistán. En diciembre pasado, el Congreso aprobó la llamada Iniciativa Andina, que se basa en el “Plan Colombia” existente para ampliar la presencia de las fuerzas armadas estadounidenses por toda América Latina bajo el pretexto de “combatir el narcotráfico”. Puede que los 1 200 “instructores” militares norteamericanos en Filipinas, que deben completar su misión allí en unos días, hayan servido para abrir una brecha, según indican las conversaciones que se están celebrando entre Washington y Manila para restablecer allá instalaciones estadounidenses permanentes de almacenaje militar. Al menos será la primera brecha en una acrecentada cooperación filipino-americana en la guerra contra el “terrorismo” y el “extremismo islámico” en la región del Pacífico.

Están ocurriendo dos procesos de forma dispareja pero conjunta: los preparativos bélicos del imperialismo norteamericano en el exterior junto con su actual militarización sobre el frente nativo, anticipando más adelante una mayor resistencia de los trabajadores y agricultores. La administración y el Congreso de Bush están avanzando por la senda bipartidista que trazaron la administración y el Congreso de Clinton durante los ocho años anteriores. El fortalecimiento de la estructura de mando de la llamada defensa del suelo nativo; la centralización de los operativos de espionaje, el uso de “pruebas secretas”, “detenciones preventivas” y la restricción de los derechos de revisión judicial y apelación, cuyo blanco ante todo son los no ciudadanos y los prisioneros; el fortalecimiento de los escuadrones tipo comando y SWAT a nivel federal, estatal y local: nada de esto comenzó en los últimos meses de 2001.

El comando norte se lanzará formalmente en los próximos meses del año. El prototipo de este comando del suelo nativo se estableció en octubre de 1999, catalogado con un eufemismo propio del pentagonés clintoniano, “Fuerza de Tarea Conjunta-Apoyo Civil”. Está sufriendo una leve metamorfosis, para surgir el primero de octubre como el (más rumsfeldiano) Comando Norte. Bajo el estandarte de combatir el “terrorismo”, este nuevo comando militar se encargará de mantener “la ley y el orden” según sea necesario dentro de las fronteras de Estados Unidos cuando haya una amenaza de desorden civil.

Actualmente, la estructura de mando militar estadounidense consiste de nueve Comandos de Combate Unificados: el Comando Europeo, el Comando del Pacífico, el Comando Sur, el Comando Central, etcétera. La jerarquía de mando va directamente hasta cada uno de ellos desde el presidente de Estados Unidos, pasando por el secretario de defensa. El nuevo Comando Norte tendrá su cuartel general en la Base Aérea de Peterson en Colorado y estará al mando del general de la fuerza aérea Ralph Eberhart, actual comandante del Comando Espacial de Estados Unidos. El NORTHCOM, según se abreviará, comprenderá el NORAD—el Comando Norteamericano de Defensa Aeroespacial—,cuyo comandante estadounidense tiene en última instancia la facultad en base a tratados, y sin consulta previa, de poner la Real Fuerza Aérea Canadiense bajo su mando. Cuando se lance el NORTHCOM dentro de unos meses, México, a los ojos de Washington, por primera vez estará bajo la responsabilidad de un comando de combate estadounidense.

Si uno simplemente suma las cifras de producción económica, presupuestos de armas y armamento convencional y estratégico, el imperialismo estadounidense es entonces la potencia más fuerte en la historia del mundo, dominando a sus rivales más cercanos en todos los frentes. Sin embargo, esa es una foto instantánea abstraída tanto del tiempo como del contexto político y económico y del rumbo del desarrollo. La trayectoria que hemos venido describiendo aquí es la de una potencia imperialista que se está debilitando en cuanto a su capacidad de estabilizar un mundo en el cual las vidas de cientos de millones de trabajadores inquietos en los países semicoloniales se ven marcadas por el tumulto, la miseria y las enfermedades que van en aumento, productos del propio sistema capitalista mundial. Una potencia imperialista con menos y menos capacidad de manejar los desafíos políticos—que no hace más que crear—porque es una potencia incapaz de estabilizar la economía capitalista global, cuyos efectos siguen golpeando a los trabajadores y agricultores por todo el mundo. Una potencia que debe llevar un peso desproporcionado como gendarme del planeta a nombre del imperialismo en una crisis tras otra—creadas por ellos mismos—desde los Balcanes hasta todos los rincones del mundo semicolonial. Una potencia que no ha logrado sus objetivos en una sola guerra de importancia desde 1945. Que ahora, tras supuestamente haber ganado la Guerra Fría “sin disparar un tiro”, ya no está exenta de ataques en su propio territorio nacional.

Una potencia imperialista que está en su apogeo puede doblegar regímenes a su antojo. Puede mandar a sus “aliados” a que pongan manos a la obra. Puede aplastar la resistencia de los trabajadores y campesinos en el mundo colonial. Posee las reservas económicas para estabilizar su moneda internacional y finanzas estatales. Sin embargo, no es esa la situación del imperialismo estadounidense hoy día, y ha sido menos y menos así desde mediados de los años 70. Al contrario, las acciones que estamos presenciando son parte de la decadencia del último imperio del mundo, que hoy día enfrenta las consecuencias políticas y militares de su curso imperialista al tiempo que va entrando en su mayor crisis económica desde los años 30.
volver arriba

La fase superior del capitalismo

Nuestro movimiento estará mejor armado para responder a estos acontecimientos políticos si organizamos una escuela de invierno para leer y estudiar El imperialismo, fase superior del capitalismo de Lenin. Esto lo podemos hacer de la misma forma organizada e intensa con que hemos estudiado Su Trotsky y el nuestro, La historia del trotskismo americano y El rostro cambiante de la política en Estados Unidos en las escuelas de verano socialistas en los últimos meses. Estructuramos estas escuelas dentro del ritmo semanal de trabajo político de los militantes del partido, los jóvenes socialistas y las personas allegadas a nosotros que están pensando seriamente en afiliarse al movimiento, para que podamos compartir y conquistar el mismo material juntos.

La descripción y la explicación que ofrece Lenin del imperialismo son una piedra angular de todo lo que ha hecho el movimiento comunista por casi un siglo. Y sigue siendo así.

Lenin se concentró en aclarar dos cuestiones.

Primero, presentó una explicación concreta y detallada del carácter cada vez más parásito de las operaciones del capital en la época imperialista.

Segundo, deduciendo las implicaciones prácticas de ese análisis, rechazó la posibilidad de alguna forma de “superimperialismo”, o “ultraimperialismo”, que pudiera reducir las contradicciones cada vez más agudas del capitalismo, amortiguar los conflictos entre las clases gobernantes nacionales rivales, paliar la lucha de clases, ya no se diga fomentar la paz mundial. Al contrario, insistía Lenin, el imperialismo había dado paso a una época de crisis recurrentes, guerras imperialistas, guerras civiles, guerras de dominación nacional, luchas de liberación nacional y revoluciones proletarias.

La fase imperialista del capitalismo se caracteriza por la creciente dominación en el mundo de gigantescos monopolios en la industria, el comercio y la banca. Aplicando lo que ya había explicado Marx en El capital, Lenin demostró que la creciente monopolización, lejos de reducir la competencia, hace más violentas las operaciones ciegas de los capitales privados rivales. Y ante las crisis, la violencia más y más implica fuerzas que no son puramente económicas: desde escuadrones privados de matones y policías y sheriffs locales hasta—sobre todo—el estado capitalista y sus policías, tribunales y fuerzas armadas.

La fusión del capital bancario y el capital industrial—“la creación, sobre la base de este ‘capital financiero’, de la oligarquía financiera”, según lo plantea Lenin—hace crecer el parasitismo de la burguesía. Ante todo hace que aumente su dependencia de diversas formas de deudas que se multiplican en su despiadada competencia entre sí por captar las partes más grandes de la plusvalía creada en todo el mundo por la mano de obra de trabajadores y agricultores, de mineros y pescadores. La relación deudor-acreedor se vuelve cada vez más esencial para el funcionamiento del capitalismo internacional, rebasando la importancia central que antes había tenido la relación entre el comprador y el vendedor. “¡He aquí la esencia del imperialismo y del parasitismo imperialista!”, escribe.[4] Lenin no se habría sorprendido por la explosión durante las últimas dos décadas de más y más formas de deudas, más y más sabores de capital ficticio: no solo los préstamos y obligaciones bancarios tradicionales, sino los llamados derivados, opciones, hipotecas y deudas de consumidores empaquetadas, swaps (intercambios), repos (recompras), las carry trades (transacciones) de obligaciones y de oro, y otros demasiado numerosos para listar. No se habría sorprendido por la creciente manipulación estatal—normalmente disfrazada y negada—de los precios de monedas, deudas, metales preciosos, mercancías y seguros, así como el uso constante y más patente de diversas barreras comerciales. Todas éstas son manifestaciones—que asumen la forma de conflictos de estado—de la violenta competencia interimperialista e intercapitalista, así como de la explotación semicolonial.

El capital financiero divide, y redivide, el mundo de formas nuevas. Reorganiza el sistema colonial—la superexplotación de los campesinos y trabajadores en países “independientes” por toda Asia, África y América Latina—de nuevas formas, “neocoloniales”. Transforma el sistema bancario y las pautas del comercio y de las finanzas mundiales. Aumenta la enormidad de la deuda y del apalancamiento de la especulación mundial casi más allá de la imaginación… y más allá del control.

La división del mundo, según la describió Lenin, entre un puñado de naciones opresoras y una gran mayoría de naciones oprimidas—entre las potencias imperialistas y los países coloniales y semicoloniales—será esencialmente la misma cuando Washington emprenda su próxima aventura militar que la que existía en 1898 durante la llamada Guerra Hispano-Americana, cuando los gobernantes norteamericanos conquistaron Puerto Rico y Filipinas y pusieron la bota sobre el cuello del pueblo cubano. Y perdurará mientras el capitalismo domine el mundo.

Si uno lee, debate y asimila, como parte de un grupo de estudio, El imperialismo de Lenin, podrá entender mejor el problema que conlleva el uso de la palabra “emergente”, como en la expresión “países de mercados emergentes”. Podrá entender mejor por qué ninguno de estos países jamás ha “emergido” como potencia capitalista avanzada, ni jamás lo hará. Si lo que reveló la crisis de 1997–98 sobre los “tigres asiáticos”—Corea del sur, Taiwan y unos cuantos más—no fue prueba suficiente, entonces lo que ha venido sucediendo en Argentina durante el último año y lo que está ocurriendo actualmente en Brasil sí debiera serlo.[5] Aparte de China, Brasil posee la economía más grande del mundo colonial, si se mide por el producto interno bruto. Pero con 264 mil millones de dólares que debe a bancos de Estados Unidos y otros países, entre ellos Citigroup, J.P. Morgan Chase y FleetBoston, Brasil sigue clavado tan firmemente entre las naciones oprimidas como lo estaba hace 25, 50 ó 100 años. Igual lo está Argentina, que también es una de las economías más grandes del mundo colonial —y en cuanto a la cifra per cápita, en realidad es mucho más rica que Brasil—y debe unos 132 mil millones de dólares a bancos y obligacionistas, principalmente en Europa imperialista, así como en Japón y Estados Unidos. A los trabajadores y campesinos de Brasil y Argentina no solo los explotan directamente los capitalistas nacionales y extranjeros, sino que—por mediación de las burguesías nacionales en esos países—se les mantiene en esclavitud de deudas al capital financiero internacional.

Es en rebelión contra las consecuencias sociales de la fase superior del capitalismo, del imperialismo, señaló Lenin, que crece la resistencia entre los obreros y los trabajadores rurales, tanto en los propios centros del capital financiero como en las naciones oprimidas. Es más, según describió Lenin cuatro años después en el Segundo Congreso de la Internacional Comunista, la penetración del capital en más y más regiones del planeta permite por primera vez que el movimiento obrero sea verdaderamente internacional en cuanto a su composición y su alcance.[6] Esto sucede hasta en las zonas económicamente menos desarrolladas del mundo, señaló Lenin. A medida que los combatientes por la liberación nacional reconocieran sus intereses comunes con los trabajadores y campesinos que habían conquistado el poder en Rusia soviética —así como sus enemigos de clase comunes—aumentarían las posibilidades de desarrollar direcciones que lucharan por una dictadura revolucionaria popular, por gobiernos basados en soviets de las masas trabajadoras oprimidas y explotadas. Esto se había convertido en una perspectiva mundial realista. Al reconocer esto, la Comintern anticipó por más de medio siglo a un Thomas Sankara de Burkina Faso, a un Maurice Bishop de Granada. A su propio modo anticipó a un Malcolm X que surgiría de las filas proletarias de la combativa nacionalidad negra en Estados Unidos hacia el socialismo revolucionario. Y que surgiría como dirigente de talla y calibre mundiales.
volver arriba

¿Ultraimperialismo?

También necesitamos discutir y asimilar el segundo aspecto importante de El imperialismo de Lenin: la polémica contra la aseveración del dirigente centrista alemán Carlos Kautsky sobre una tendencia hacia la consolidación de lo que Kautsky llamaba ultraimperialismo. No era ni “teoría” ni “idea”. Era una justificación de la trayectoria política que, en la práctica, había alejado del marxismo a Kautsky y a muchos otros dirigentes de la Segunda Internacional, y los había encaminado hacia la reconciliación con “sus propias” burguesías, concretizada como terrible realidad durante la masacre interimperialista de la Primera Guerra Mundial y sus secuelas. Era, y sigue siendo, un problema no solo de la mente sino de agallas: un problema de carácter político: es decir, de orientación de clase.

Kautsky y otros dirigentes centristas no contradecían los hechos básicos que presentaba Lenin sobre la creciente dominación de los monopolios, del capital financiero. Más bien, negaban que estas tendencias aumentaran la violencia del capitalismo a nivel mundial y crearan las condiciones para que fuera derrocado por el pueblo trabajador dirigido por una vanguardia proletaria. De hecho, decían los centristas, estas tendencias fomentaban las condiciones para el desarrollo de un orden estable, basado en una confluencia de intereses de las potencias capitalistas más grandes que con el tiempo trascendería las contradicciones y los conflictos y que podría sentar las bases para la paz en la Tierra.

No hay mucho trecho para ir de este “análisis”, dijo Lenin, a comenzar a adorar ante el altar del capital financiero y su aparente omnipotencia. Los centristas pueden ser muy críticos de lo que llaman “ultraimperialismo” y sus acciones codiciosas y manifiestamente malas. Pueden calificarlo con términos muy severos. Sin embargo, al orden mundial capitalista le atribuyen poderes que no tiene: lo adornan con fetiches que lo hacen parecer cada vez más invulnerable. Muchas de las habladurías que hemos escuchado en los últimos años sobre la “globalización”, y sobre instituciones “transnacionales” que sustituyen a los estados nacionales, no son más que una reedición de las justificaciones kautskianas que Lenin hizo trizas en El imperialismo y en otras obras.

Una u otra variedad de este concepto se convirtió en la bandera bajo la cual la oposición pequeñoburguesa dentro del Partido Socialista de los Trabajadores, en la víspera de la Segunda Guerra Mundial, se replegó de la clase trabajadora y del internacionalismo proletario ante las presiones de la inminente masacre imperialista. Tomen En defensa del marxismo de León Trotsky y The Struggle for a Proletarian Party (La lucha por un partido proletario) de James P. Cannon, y lean lo que estos dirigentes comunistas dijeron sobre la “teoría” del colectivismo burocrático durante la lucha en 1939–40 contra la oposición dirigida por James Burnham y Max Shachtman. Junto a El imperialismo de Lenin, estas obras polémicas de Trotsky y Cannon siguen siendo nuestros puntos de referencia históricos sobre estas cuestiones. Al mismo tiempo que estos renegados del marxismo rehuyeron de la lucha proletaria, en muchos casos continuaron durante un buen rato señalando, escribiendo sobre y quejándose de las deficiencias y los males morales del capitalismo, su industria y su agricultura… y siempre acumulando argumentos de que era inútil que la clase trabajadora intentara hacer algo al respecto, es decir, algo revolucionario. Algo que pudiera conducir a un gobierno de trabajadores y agricultores, a la dictadura del proletariado.

Hoy día, el autodeclarado anarquista Noam Chomsky hace lo mismo. Por eso su radicalismo no representa una amenaza para las autoridades. Y por eso su medicina radical contiene una toxina antiobrera, especialmente antiobrera en Estados Unidos.

Toda tendencia hacia la supuesta disolución de las fronteras estatales de las grandes potencias imperialistas en nuestra época ha sido, y sigue siendo, una ilusión. Las batallas comerciales entre estas potencias—que se manifiestan, entre otras formas, en conflictos crediticios y monetarios—no pueden ni van a ser superados. Cada éxito aparente en evitar una crisis aplaza y aumenta la magnitud para la próxima ocasión, agudizando así las contradicciones.
volver arriba

Competir o morir

Impulsados inexorablemente por la necesidad de competir o morir, los capitalistas, sin excepción, actúan de forma pragmática: en base al supuesto de que lo que ha estado ocurriendo va a seguir ocurriendo. Buscan maximizar sus ganancias yendo hacia donde actualmente obtengan los mayores beneficios. Mientras más inflan el crédito para acortar el tiempo de rotación del capital a fin de extraer ganancias masivas, mientras más éxito parece tener un capitalista individual, más garantizan un desastre cuando la pirámide invertida se tambalea más y más y las tendencias comienzan a agotarse y, luego, a dar marcha atrás. Es entonces que todas estas habladurías sobre “nuevas economías”, el “fin de los ciclos”, y hasta el “fin de la historia”, se les hacen ceniza en la boca. Siempre es “distinto esta vez”. Efectivamente. Y siempre lo mismo.

Hoy día, las acaudaladas familias del capital financiero y sus círculos de gerentes, políticos, técnicos, académicos y profesionales a sueldo—la “élite cognitiva”—son incapaces de creer lo que está sucediendo a las montañas de valores que ellos han acumulado en las últimas dos décadas. Lo que para los acomodados funcionó tan de maravilla durante esos años, lo que parecía ser dinero gratuito, hoy ha inflado burbujas de deuda que—conforme se entrecruzan y se refuerzan entre sí, y antes de que la contracción de los precios de las acciones siquiera se aproxime al fin de su larga trayectoria—harán que se desplomen importantes bancos, casas de corretaje, aseguradoras, fondos de pensiones y de salud, y empresas industriales y comerciales.

Por primera vez desde el inicio de los años 30, plagados de depresión y guerra, todas las pruebas en los países capitalistas avanzados apuntan hacia el comienzo de algo más que una profunda recesión internacional como las de 197475, 198081 ó 199091. Estamos percibiendo los síntomas de un marasmo de deflación por deuda que solo responde con flojedad a estímulos monetarios o fiscales que en un ciclo comercial normal acelerarían un repunte. En pocas palabras, nos encontramos en las primeras etapas de lo que se llegará a reconocer como una depresión mundial.

Siempre que el conjunto de las tasas de ganancia está sometido a este tipo de presiones, cada capitalista intensifica la competencia para acaparar la mayor parte posible de la riqueza, de la plusvalía, producida por la labor de los trabajadores y agricultores. Y son los bancos más grandes—Citibank, J.P. Morgan Chase, Bank of America y unos cuantos más—los que otorgan los préstamos más grandes. En los balances del banco, estos enormes préstamos figuran como activos, ya que garantizan un flujo constante de pagos de intereses, siempre y cuando los deudores puedan pagar. Sin embargo, cuando comienzan a acumularse las quiebras y los préstamos impagos, entonces son también los bancos, las aseguradoras y las casas de corretaje más grandes los que sufrirán los golpes más duros. Y es cuando se comienzan a resquebrajar estas instituciones—las que las agencias de Wall Street califican como las de mayor “solidez” y “confianza”—que entonces empieza a acechar una catástrofe económica.

Digamos, por ejemplo, que una empresa grande permite que tú o algún otro trabajador alquile un auto a una tasa de interés menor del 1 por ciento. No solo eso, sino que la empresa también te permite vender el auto y usar el dinero: siempre y cuando aceptes devolver un auto de valor comparable cuando el prestamista reclame el pago del préstamo. Es más, si el precio de los autos comenzara a subir —y al prestamista le preocupara que no pudieras comprar otro para devolvérselo— ¡la entidad arrendataria incluso intervendría entre bastidores para contener los precios de los autos en el mercado! Así que podrías comprar un auto por menos de lo que vendiste un auto comparable, devolvérselo a la empresa arrendataria, y salir con una buena ganancia. Y la empresa de alquiler recuperaría su auto, sin manejar, más el 1 por ciento de interés.

Un negocio redondo, ¿no? Sin embargo, los trabajadores no tenemos esa opción, por supuesto. Somos miembros de la clase equivocada.

Pero los bancos gigantescos sí disponen de esa opción. Y es así que ha funcionado durante la última década, hasta que comenzó a no funcionar muy bien hace más o menos un año atrás. ¿Cómo funciona?

Los bancos centrales, que poseen grandes cantidades de oro, se lo prestan a un puñado de los bancos comerciales y de inversión y de las aseguradoras más grandes a una tasa de interés nominal, generalmente alrededor del 1 por ciento. Estas instituciones financieras, a su vez, o venden ese oro e invierten el efectivo en obligaciones, o se lo prestan a alguien más por una pequeña comisión. Los bancos más grandes del mundo crean entonces un mercado en lo que llaman derivados de oro—un término altisonante para referirse a las apuestas en la tendencia futura de los precios del oro (apuestan siempre a que, en el peor de los casos, el precio se va a estancar)—y manipulan ese mercado para ayudar a mantener bajos los precios. Así, a la hora de devolver el oro al prestamista, la entidad prestataria lo compra a un precio más bajo, se embolsa la diferencia y entrega el oro.

Eso es maravilloso para los “bullion bankers” (banqueros de lingotes), según los llaman: en tanto el capitalismo esté en un ciclo de ascenso, los precios de las acciones se disparen, las verdaderas tasas de interés sean relativamente altas, y no muchas instituciones bien dotadas o individuos adinerados en el mundo se interesen en comprar oro. Pero cuando todo eso comienza a ir en el sentido opuesto, la demanda de oro empieza a crecer y su precio comienza a subir. Todas esas apuestas—que ascienden a decenas de miles de millones de dólares—de que el precio futuro del oro disminuirá dejan de lucir muy bien. Los derivados se convierten en bombas de tiempo. Los bancos enfrentan un apretón cada vez más fuerte. Y van a luchar para evadir las consecuencias desestabilizadoras de las violentas oscilaciones, no solo de los precios del oro sino de todas las principales mercancías y de las principales monedas del mundo imperialista.

Es más, esas apuestas al precio del oro son en sí solo una pequeña fracción de todas las apuestas pendientes: a la tendencia de las tasas de interés, del valor del dólar y otras monedas, de los precios de acciones y mercancías, y muchas otras. A nivel mundial, el valor nominal de estas apuestas—de esos derivados—aumentó en más del doble entre 1995 y 2001, hasta un total de unos 120 billones (millones de millones) de dólares. Y en Estados Unidos, el 60 por ciento de los derivados pertenece a solo cinco instituciones financieras, de las que J.P. Morgan Chase tiene la parte más grande—unos 25 billones de dólares—seguido por Bank of America y Citigroup.[7] Entonces, a medida que la tendencia de las tasas de interés, del dólar, de las acciones, del oro y otras mercancías comenzó a cambiar rápidamente en los últimos dos años, esas apuestas a largo plazo comenzaron a volverse inciertas. Es un poco como si el favorito indiscutido se hubiese roto una pata en medio del Derby de Kentucky, cuando ya se habían hecho las apuestas. Ahí va otra “cosa segura”.

Cabe recordar que conocemos un poco sobre el riesgo crediticio de bancos como J.P. Morgan Chase y Citibank, pues según la ley son “bancos comerciales” que tienen que presentar una cantidad considerable de datos al gobierno federal para que aparezca en los archivos públicos. Sin embargo, en el caso de grandes “bancos de inversión” como Goldman Sachs, Merrill Lynch, Deutsche Bank o Credit Suisse First Boston, la carga de deuda bien podría ser la misma, aunque lo que es del conocimiento público sea mucho menos.

En 1933, como parte de los esfuerzos de los gobernantes estadounidenses por estabilizar y salvar el sistema capitalista durante la Gran Depresión, el Congreso norteamericano aprobó la denominada Ley Glass-Steagall. Según esta reforma, los bancos debían separar sus operaciones bancarias “comerciales”—es decir, la tenencia de cuentas corrientes y de ahorros, así como la emisión de hipotecas y préstamos comerciales—de las operaciones bancarias de “inversión”, es decir, donde actúan como intermediarios de las grandes empresas al vender sus acciones y bonos. Los bancos comerciales supuestamente extraen la mayor parte de sus ganancias del pago de intereses por préstamos para negocios y casas y préstamos personales, respaldados con los depósitos enormemente apalancados de los bancos. Por otra parte, los bancos de inversión se enriquecen con las cuotas que cobran por el corretaje de transacciones para el gran capital, incluso participando ellos mismos en dichos acuerdos. Según la Glass-Steagall, ninguna institución debía realizar ambos tipos de actividad, que implican obligaciones contradictorias y conflictos de intereses. Eso supuestamente evitaría que los banqueros cayeran en la tentación de verter todo el dinero a disposición del banco—incluidas las cuentas corrientes de trabajadores y de la clase media—en préstamos poco sólidos a empresas en las que tuvieran un interés (por ejemplo, la Enron o la WorldCom en la actualidad), o en “productos financieros” sumamente riesgosos (de los que existen muchísimas más variedades a principios del siglo XXI de las que se había soñado en 1933).

Con el correr de los años, los bancos fueron hallando cada vez más formas de evadir las restricciones Glass-Steagall. Y en 1995—a iniciativa de la administración Clinton y del jefe de su Departamento del Tesoro, el demócrata liberal compasivo y corredor de bonos de Wall Street Robert Rubin—la ley fue derogada en su totalidad. Así se abrieron más aún las compuertas.
volver arriba

La pirámide de deudas empieza a tambalearse

Cuando la gigantesca pirámide de deudas por fin se empiece a venir abajo, algunas de las instituciones financieras más grandes del mundo—bancos, fondos mutuos, aseguradoras, fondos de pensiones—estarán entre los perdedores. El colapso y la reducción parcial de deudas al final tumban a quienes se les debe el dinero. El colapso progresivo de varias de estas masivas instituciones puede paralizar el funcionamiento de las finanzas internacionales. Y el banco central “más sabio” del mundo quedará indefenso—en el mejor de los casos—o, en un arrebato de pánico, empeorará y ampliará más la crisis global.

No es complicado: cada vez que alguno de nosotros oiga hablar de los gigantescos acuerdos de “derivados” de los que hemos venido discutiendo, debemos recordar siempre que en tales negocios hay dos partes, y cuando una parte gana dinero, la otra pierde… y a veces una cantidad mucho mayor.

Los del lado “largo”—quienes apuestan a que subirán los precios de un valor o de una mercancía, y que han pagado por la opción de comprar determinada cantidad a determinado precio y en una fecha determinada—pueden perder todo lo que han “invertido”, pero solo esa cantidad, si los precios caen; hay un límite conocido de antemano.

Derivados en posesi´┐Żn de bancos comerciales estadounidenses

En cambio, los riesgos son mucho mayores para los del lado “corto”, quienes toman prestado de los bancos sumas masivas (“margen”, como le dicen en Wall Street) para cubrir sus compromisos con la contraparte de la transacción. Si la apuesta se les comienza a agriar—si los precios de las acciones, las tasas de interés, las monedas o los precios de las mercancías comienzan a ir en dirección contraria a la prevista—entonces sus pérdidas pueden ser prácticamente ilimitadas a medida que los bancos comienzan a reclamar el pago de sus préstamos (un “reclamo de margen”).

Ese tipo de apuesta “desnuda” o “al descubierto” forma parte de la sicología del capital durante un auge, cuando se llega a tener confianza casi absoluta de que “es una cosa segura” que los precios de la mayoría de los valores solo pueden seguir subiendo, o que las tasas de interés y los precios de la mayoría de los mercancías (incluidos el oro y el petróleo) solo pueden seguir bajando. Pero cuando esas tasas y esos precios cambian “inesperadamente” de dirección, esa apalancada pirámide de deuda especulativa—la acumulación de préstamos en proporción cada vez mayor al capital subyacente—se comienza a tambalear. Mientras pueden, los bancos otorgan líneas de crédito masivas para ayudar a que las aseguradoras, las casas de corretaje, los fondos de cobertura, los planes de pensiones, los fondos mutuos, los productores de oro muy apalancados y otras instituciones financieras puedan “comerciar su salida” de la crisis. Sin embargo, en determinado momento estas instituciones masivas comienzan a incumplir el pago de sus préstamos, y en el peor de los casos—algo que ya ha ocurrido en más de una ocasión en la historia—de forma catastrófica empiezan a hacer que se desplomen los propios bancos.

Deuda do los hogares en EE.UU.

Cuando la bolsa de valores inició su declive en 2000, muchos de los comentaristas y las publicaciones financieras en un principio intentaron hacerlo pasar como una simple racha de volatilidad para las acciones en tecnología. “No se preocupen”, nos decían. “Las cosas jamás se pondrán tan inestables aquí como en Japón. Japón tiene una masiva burbuja en bienes raíces y en la banca. En Estados Unidos es solamente en computadoras, en los puntocom y cosas por el estilo”.

Pero eso es peor que hacerse ilusiones. Es cierto, desde luego, que los precios de las acciones de muchas de las llamadas empresas de alta tecnología—los puntocom de la Internet, entidades de telecomunicaciones como la WorldCom y la Global Crossing, y muchas más—se fueron por las nubes a finales de los años 90, alcanzando niveles que no tenían absolutamente nada que ver con sus activos, ingresos, ganancias o posibilidades. Se produjeron muchas más computadoras y mercancías afines de las que necesitaban las empresas, o de las que se podían vender a precios que los individuos o empresas pudieran o estuvieran dispuestos a pagar. Había una sobrecapacidad masiva que tardará años y años de crecimiento económico para desembrollar, conforme se cierren fábricas, se deseche equipo, se deterioren bienes de capital, se devalúen existencias, y los precios sigan bajando. Por ejemplo, de los 39 millones de millas de cable de fibra óptica tendidos en Estados Unidos durante el último decenio, ¡actualmente se está utilizando menos del 3 por ciento![8]

Sin embargo, no es ni la manía por la alta tecnología, ni las múltiples quiebras, ni los masivos fraudes de contabilidad como los de la WorldCom o la Enron lo que está a la raíz de la actual crisis capitalista. Estos no son más que síntomas diversionistas de la gigantesca burbuja de deudas acumulada por el capital financiero durante casi dos decenios para contrarrestar la creciente sobreproducción mundial y la presión descendente sobre las tasas de ganancia. La mayor vulnerabilidad del capitalismo mundial no tiene que ver con el valor que tengan hoy la WorldCom o la Enron. La burbuja de deudas se concentra en instituciones de “dinero viejo” y respetabilidad. La verdadera interrogante es: ¿Cuánto vale Goldman Sachs? ¿O J.P. Morgan Chase? ¿O Citibank? ¿Cuál es la viabilidad de los bancos y las entidades financieras que emitieron el empréstito, y aun “capitalizando”—lo que Wall Street llama “valorizar”—todas las deudas que ustedes mantienen con sus tarjetas de crédito? (¡Créanlo, hermanos y hermanas! ¡Para ellos, las deudas de vuestras tarjetas de crédito aparecen como activos!) ¿Cuán sólidas son las instituciones que respaldaron todas las formas de capital ficticio que permitieron que los dueños de muchas compañías acumularan ganancias, procedentes de todo el mundo, de una forma totalmente desproporcionada con alguna expansión duradera de capacidad productiva socialmente necesaria?

A riesgo de simplificar demasiado, podríamos expresarlo así: cuando bajan las acciones de la Microsoft, se entristecen algunas personas en el estado de Washington. Cuando bajan las acciones de la Apple, se entristece un grupo distinto de personas en California. Cuando bajan las acciones de la IBM, se entristecen algunas personas en Nueva York. Cuando quiebra la Enron, se entristece mucha gente en Texas. Y el Viejo Mississippi llora por la WorldCom. Pero cuando las acciones de J.P. Morgan Chase se vayan para el sur, serán las principales familias del capital financiero estadounidense las que van a temblar.

Por eso el capitalismo mundial se vio sacudido por la crisis financiera en Asia y por el incumplimiento de la deuda en Rusia en 1997–98. Por eso el capital financiero ahora mismo está preocupado y quiere asegurar que Argentina y Brasil paguen sus gigantescas deudas a bancos como J.P. Morgan y Citibank. En 2001 Morgan tuvo que anular 350 millones de dólares en deudas incobrables en Argentina, y hoy día tiene más de 2 mil millones de dólares a riesgo en Brasil.

La institución con el nombre más inapropiado del mundo debió haber sido la Long-Term Capital Management (LTCM, Administración de Capital a Largo Plazo). Era un enorme fondo de cobertura (hedge fund) norteamericano, una especie de fondo mutuo exclusivo y no regulado para los muy ricos. En 1998 la LTCM fue a mendigar ante los funcionarios del Banco de la Reserva Federal, afirmando que enfrentaba pérdidas masivas en sus “inversiones”, que en realidad eran apuestas en derivados. (Traten de ir a tocarle la puerta a la Fed y digan que ustedes finalmente apostaron todo lo que habían conseguido—rogando, tomando prestado o robando—en otra cosa muy segura, y que ahora están metidos en tremendo lío. Vean si los rescatan: o si sus parientes y amigos íntimos tienen que poner fianza.) La LTCM había estado comerciando en apuestas sobre cambios ocurridos minuto a minuto en tasas de interés, tipos de cambio de moneda y quizás oro—de nuevo, derivados—,apuestas que ascendían a 1.25 billones de dólares y que habían fracasado abruptamente. Así es que no pudo cumplir los pagos de empréstitos a muchos de los bancos más grandes del mundo. (Naturalmente, ahí estaba el problema. A los funcionarios de la Fed les importaba un comino la suerte de la LTCM.)

Apenas el año anterior, a propósito, dos de los principales fundadores de la “Administración de Capital a Largo Plazo”—que pronto se convirtió en Desplome Especulativo a Corto Plazo—habían ganado el Premio Nobel de economía por elaborar una fórmula matemática ¡que demostraba cómo minimizar el riesgo en los mercados de derivados! Al contemplar retrospectivamente el colapso del fondo, uno de los galardonados comentó más tarde, “En un sentido estricto, no había riesgo alguno: si el mundo se hubiese comportado como lo hizo en el pasado”. ¡Genial! ¡Para lo que sirven las “certezas” matemáticas… y Premios Nobel! Más tontos que un adoquín. Y más codiciosos que el Tío Rico MacPato.

El jefe del banco de la Reserva Federal de Nueva York intervino en septiembre de 1998 y organizó unos 15 de los principales bancos y casas de corretaje—en su mayoría de Wall Street, pero también de Londres y París—para que aportaran 3.5 mil millones de dólares para rescatar a la LTCM. El presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, dijo después que no consideraba prudente que una sucursal del banco central de Estados Unidos hubiese intervenido tan abiertamente, pero su propia apreciación de la situación difícilmente pudo resultarle muy reconfortante a la clase capitalista a la que sirve. Greenspan dijo que creía que la “probabilidad de que el colapso de la LTCM hubiese desmoronado todo el sistema financiero mundial era significativamente menos del 50 por ciento”. ¡Todo el sistema financiero mundial! Hace apenas unos días, Greenspan dijo al Congreso que “una codicia infecciosa pareció apoderarse de gran parte de nuestra comunidad empresarial”. Sería difícil discrepar, salvo el calificativo “gran parte” y el uso del pretérito de “parecer”. Sin embargo, a pesar del regaño zalamero de Greenspan, en el capitalismo la codicia no es un defecto de carácter, y mucho menos una actitud ajena a los negocios. El presidente de la Reserva Federal, como acólito de Ayn Rand durante décadas, lo sabe bien. La codicia es inherente a la competencia capitalista. El capitalismo es verdaderamente un sistema de sálvese quien pueda, como a menudo dice el presidente cubano Fidel Castro. Esa es la fuerza motriz de las relaciones de mercado. Es la base de los valores de la burguesía y del desdén hacia la solidaridad humana que manifiestan tan campantes. Sus “valores familiares” no van más allá de las Sesenta Familias de Estados Unidos.

La burbuja que aún no se ha tocado en Estados Unidos es la de la vivienda; esa también va a estallar. Puede que no comience con un desplome de los bienes raíces como sucedió en Japón, donde los precios de los inmuebles comerciales han caído más del 80 por ciento durante el último decenio, y donde también ha caído, aunque menos, el costo de las viviendas. Sin embargo, quienes entre ustedes leen los periódicos locales donde viven, saben que los precios de las viviendas se han disparado durante los últimos cinco años o más. Parte del inflamiento de los valores nominales tiene que ver con las hipotecas residenciales que asumen los trabajadores y la clase media: no tanto para comprar casas sino para obtener una refinanciación, para endeudarse aún más a fin de cubrir otros gastos. Desde 1995 los precios de las viviendas han aumentado mucho más rápido—un 30 por ciento más rápido—que la tasa de inflación, mientras que el valor líquido de estas viviendas—el porcentaje de su actual valor de mercado que ya se ha pagado al banco o a la entidad financiera—se encuentra en el punto más bajo desde la Segunda Guerra Mundial.[9] Apenas una baja del 10 por ciento en los precios de la vivienda haría desaparecer más de un billón de dólares en activos correspondientes al valor nominal de las casas. Ya han aumentado las liquidaciones forzosas por los bancos contra familias que no pueden cumplir con los pagos.

Es más, cuando se desploma el valor líquido de las viviendas, todas las demás deudas que cargan los trabajadores y la clase media se vuelven tanto más ruinosas, pues también se reduce la capacidad de tomar prestado contra esa casa. El promedio de las deudas personales domésticas está ya a niveles récord.[10]

El pinchazo de la burbuja de la vivienda tendrá graves consecuencias para todo el sistema financiero capitalista. Los bancos y otros prestamistas rebanan las hipotecas que han otorgado, las empaquetan según sus riesgos, y después las venden a grandes instituciones financieras respaldadas por el gobierno, como la Federal National Mortgage Association (Asociación Hipotecaria Nacional Federal) y la Federal Home Loan Mortgage Corporation (Corporación Hipotecaria Federal de Préstamos sobre Viviendas), conocidas popularmente por sus “nombres a la NASCAR” de Fannie Mae y Freddie Mac. Entre las dos, controlan un 40 por ciento del mercado de hipotecas residenciales—unos 3 billones de dólares en hipotecas—por lo que el desplome de la burbuja de la vivienda es un peligro más que acecha al sistema bancario estadounidense.[11]

También las propias Fannie Mae y Freddie Mac poseen grandes cantidades de riesgosos derivados en tasas de interés. ¡Y nadie sabe decir cuán riesgosos! Eso no es por falta de información, sino por el carácter “corto” de tantos de sus derivados, con posibles pérdidas—como indicábamos anteriormente—que no tienen límite fijo preestablecido.[12]

La aceleración actual de la crisis capitalista mundial también está produciendo una intensificación de los conflictos económicos entre las potencias imperialistas rivales. Con el tiempo éstos pueden desembocar en catastróficas guerras comerciales y monetarias, no solo escaramuzas proteccionistas de las que más y más nos hemos acostumbrado en el último cuarto de siglo. Y así como sucedió al comienzo mismo de la Gran Depresión en 1930, el comercio mundial se podría desplomar, acelerando la devastación de la producción, del empleo, de la productividad y de los salarios no solo en Estados Unidos, sino en el mundo entero.

El gobierno imperialista de Estados Unidos, dándoselas de paladín del “libre comercio”, causa estragos entre los trabajadores y agricultores de África, América Latina y Asia al imponer barreras arancelarias y no arancelarias de todo tipo a los tejidos, zapatos y mercancías agrícolas como azúcar, algodón, frutas, vegetales y demás. La Ley Agrícola aprobada por Washington en 2002—un gigantesco regalo para los agricultores capitalistas—es la más reciente puñalada para miles de millones de personas en el mundo que apenas subsisten con menos de 2 dólares diarios. Esta se añade a los aranceles a la importación de acero y madera que el gobierno estadounidense impuso este año.

Para los gobernantes norteamericanos, el hambre que azota África es un pequeño precio que pagar para impulsar las ganancias de un puñado de bullion banks (bancos de lingotes) como J.P. Morgan Chase y de agricultores ricos y monopolios del comercio agrícola como la Cargill y la Archer Daniels Midland. Sin duda uno de los actos de crueldad más gratuitos de reciente memoria tendría que ser la gira que el secretario del tesoro norteamericano Paul O’Neill y la estrella del rock Bono hicieron en mayo por África subsahariana. En una región cuya ya exigua parte del comercio mundial ha sido reducida en dos tercios en los últimos 20 años—al 2 por ciento—por el funcionamiento de las leyes del capital, uno de los principales voceros del capital financiero del país más rico del mundo se paseó por el continente diciendo cuánto le perturbaban las muertes provocadas por el hambre, el agua envenenada, el SIDA y otras enfermedades infecciosas, mientras reprochaba la “corrupción” y la “mala gestión” de los gobiernos africanos. ¡Pero si es la clase a la que pertenece O’Neill la artífice de esta devastación! ¡Es artífice de lo que, en realidad, es homicidio en masa!
volver arriba

El imperialismo no es una ‘política’

Lenin dijo que una de las principales ilusiones de Kautsky era que el imperialismo constituía “una política, y una política determinada, la política ‘preferida’ por el capital financiero”,[13] y no un producto inevitable del desarrollo en una fase inicial de la monopolización del sistema económico que estará con nosotros hasta que el capitalismo sea derrocado a nivel mundial. Hasta el día de hoy, esta pretensión aún se usa para justificar la trayectoria de corrientes centristas y otras corrientes de clase media dentro del movimiento obrero. éstas actúan como si una administración distinta—Wellstone o Gore, en lugar de Bush, o un “tercer partido”, un partido con “valores” socialdemócratas—o incluso un senado distinto, un secretario de defensa o del tesoro diferente, o un jefe diferente del Banco de la Reserva Federal cambiarían de manera fundamental la trayectoria del estado imperialista.

Pero ni la estructura de clases ni la inestabilidad de la estructura económica del imperialismo, ni lo que la empuja hacia el fascismo y la guerra, son opciones políticas. Más bien, son producto de las leyes de movimiento del capital que operan sobre una curva histórica del desarrollo capitalista que cambia constantemente. Son plasmadas de maneras concretas por la acelerada disparidad del desarrollo de las relaciones sociales capitalistas en diferentes partes del mundo.

El desarrollo de gigantescos monopolios a finales del siglo XIX y a comienzos del siglo XX no disminuyó la competencia ni mucho menos la eliminó, sino que la elevó a un nivel más violento. Todas sus consecuencias se volvieron más severas, incluso el alcance y la profundidad mundiales de los pánicos financieros, las depresiones económicas y las guerras.

Ningún economista burgués reconocerá la contribución “teórica” de Lenin a la “economía”, y los radicales pequeñoburgueses reculan ante ella. El planteamiento principal de Lenin—más acertado hoy que cuando lo escribió hace 85 años—es que, en esta etapa monopolista del capitalismo, la violencia organizada por el estado, las guerras imperialistas, las rebeliones nacionales, las guerras civiles y las revoluciones proletarias son una consecuencia tan inevitable y legítima de ese modo de producción como lo son los ciclos comerciales, la inflación y las depresiones. Todos estos fenómenos sociales y políticos son inherentes a las leyes del capital en la etapa imperialista.

A un nivel “puramente” económico, una gran expansión de préstamos o de emisiones de obligaciones por los principales bancos y empresas, una rebaja temporal de las tasas nominales de interés, un gran aumento en gastos deficitarios estatales, leyes de diversos tipos, y hasta gigantescos gastos de guerra: tales políticas podrán posponer una crisis, pero no pueden y no van a impedir una crisis.

Todas las formas de deudas nuevamente empaquetadas y cada vez más apalancadas han hecho que las relaciones crediticias sean hoy aún más explosivas. Nuevas formas de seguros (es lo que supuestamente eran los derivados cuando se “inventaron”) se convierten en nuevas formas de apuestas. No ha cambiado la relación subyacente, explicada por Marx en El capital, entre el sistema de crédito y la producción capitalista. Si bien el crédito engrasa las ruedas en épocas de prosperidad, escribió Marx, en un “periodo de sobreproducción y estafas despliega al máximo las fuerzas productivas, hasta más allá de los límites capitalistas del proceso de producción…. En un sistema de producción en el cual toda la continuidad del sistema de reproducción se basa en el crédito, si el crédito cesa súbitamente y solo vale ya el pago en efectivo”—o sea, el pago redimible en oro—“debe producirse evidentemente una crisis, una violenta corrida en procura de medios de pago”.

Y aunque leyes y políticas estatales “ignorantes y erradas… pueden agravar aun esta crisis de dinero”, agrega Marx, no hay nada que “pueda eliminar la crisis”.

En una nota a este pasaje en El capital, escrita una década después de la muerte de Marx, Federico Engels, el colaborador más cercano de Marx, añadió un punto que anticipa la evolución del capitalismo en los años 80 y 90. “De esta manera, cada uno de los elementos que tiende a oponerse a una repetición de la antigua crisis”, escribió Engels, “alberga en su seno el germen de una crisis futura mucho más formidable”.

El año pasado, en 2001, el Banco de la Reserva Federal redujo 11 veces la tasa de intereses a corto plazo: desde el 6.5 por ciento hasta su nivel actual del 1.75 por ciento, y la reducirán más. Sin embargo, la economía estadounidense continúa debilitándose, y Greenspan y Cía. saben que solo la pueden reducir un poquito más. Y lo que es más importante, ellos están sumamente conscientes de que el banco central de Japón redujo las tasas de interés a corto plazo sobre el costo de fondos para la industria prácticamente a cero sin provocar una recuperación económica. Ya en Estados Unidos las tasas reales a corto plazo—es decir, cuando se toma en cuenta la inflación—no solo son bajas, ¡son negativas!

Jamás olvidemos que los capitalistas no toman dinero prestado porque los bancos ofrezcan tasas de interés bajas. Y tampoco los bancos ofrecen tasas de interés bajas para alentar a los prestatarios a que hagan uso de los fondos. Las empresas toman dinero prestado porque están convencidas que pueden hacer algo con él para convertirlo en ganancias. Y los banqueros prestan a una determinada tasa de interés porque creen que es lo mejor que pueden hacer y aún así cubrir el riesgo de no ser reembolsados. Cuando empiezan a aumentar las probabilidades de incumplimientos, los bancos comienzan a dar menos y menos préstamos, independientemente de la liquidez que tengan, es decir, independientemente de las reservas que controlen. Y cuando los capitalistas se convencen de que no se puede ganar dinero, no adquieren un préstamo por más bajas que sean las tasas. Llega un momento que, como a veces dicen los economistas burgueses, es como empujar un cordel. La economía se convierte en un gigantesco “sifón de liquidez” en que el banco central puede seguir vertiendo más y más dinero a tasas de interés más bajas, pero los banqueros comerciales no lo van a prestar y las empresas no lo van a tomar prestado.

Habrá altibajos en el mercado bajista a largo plazo que comenzó en las bolsas de valores desde mediados de 2000. Sin embargo, en algún momento se dará un pánico, con masivas ventas en que se rematarán los precios de las acciones a niveles tan bajos que hoy nos resultan imposibles de imaginar. Se destruirán cantidades enormes de valores bursátiles, sin ninguna relación aparente a algo que esté sucediendo con los verdaderos hechos de producción y comercio. Marx escribió en El capital que para el capitalista, “El proceso de producción se presenta solo como el eslabón intermedio inevitable, como el mal necesario para alcanzar el objetivo: hacer dinero”. Por eso, explicó Engels en una nota a este pasaje de Marx, “a todas las naciones con modo de producción capitalista las asalta periódicamente el vértigo de querer hacer dinero sin la mediación del proceso de producción”.[14]

Ese vértigo—que condujo a las burbujas de acciones y de crédito de las dos últimas décadas que ahora se están contrayendo—es una manifestación de lo que Marx llamaba el fetichismo de la mercancía, la ilusión de que las mercancías y el capital de alguna forma tienen un significado social en sí, independiente del trabajo social que se empleó para crearlos, una vida propia, independiente del carácter de las relaciones sociales que determinan su uso. “En el capital que devenga interés, la relación del capital alcanza su forma más enajenada y fetichista”, escribe Marx en El capital. Aun en el caso de gigantescas empresas comerciales, dice, la ganancia “se manifiesta como el producto de una relación social”—comprar y vender—y “no como el producto de una mera cosa”. Pero en la banca y en las finanzas, la ganancia parece manifestarse “sin la mediación de los procesos de producción y de circulación…. La relación social se consuma en la relación de una cosa, del dinero, a sí misma”.[15]

El crédito, el papel moneda, los precios de las acciones: todos éstos pueden despegarse de los valores reales subyacentes. Nadie sabe los límites—salvo que siempre se tornan más grandes de lo que suponemos posible—hasta que el “vértigo” se convierte en pánico, mientras toda la estructura comienza a derrumbarse. Cuando todo el mundo corre al mismo tiempo hacia la salida, no sale nadie.

Hace más de 150 años se editó un libro llamado Extraordinary Popular Delusions and the Madness of Crowds (Delirios populares extraordinarios y la locura de las multitudes). Describe diversos pánicos y manías en la historia temprana del capitalismo—cuando los tulipanes, por ejemplo, se empezaron a vender más caros que el oro a principios del siglo XVII—y el caos social y político que se dio cuando esos valores ficticios se desplomaron. Los marxistas no negamos “la locura de las multitudes” en el capitalismo. Al contrario, es un producto necesario del fetichismo de la mercancía. Sencillamente insistimos en que la “locura” que ya tenemos en Wall Street, y de la cual vamos a ver mucho más, no es propia de la persona media, ni siquiera del inversor “medio”. La mayoría de las acciones en las bolsas de valores en Estados Unidos pertenecen a los llamados inversores institucionales: aseguradoras, fondos mutuos, casas inversoras, fondos de pensiones y médicos, fondos de cobertura, bancos y demás. Es más, hoy día un 90 por ciento de las transacciones en las bolsas de valores y de obligaciones las efectúan estas instituciones (comparado con solo un 10 por ciento en fecha tan reciente como comienzos de los 70); la mitad de estas transacciones las realizan los 50 inversores institucionales más grandes.[16] En tiempos como los actuales, más de estas entidades empiezan a quebrar. ¡Y cada vez más los precios son rehenes de los préstamos, futuros, opciones y otras apuestas astronómicamente apalancadas sobre el rumbo de diversos aspectos de las propias acciones! De hecho, en un verdadero pánico de la bolsa de valores, muchos miles de fondos mutuos se irán a la bancarrota, al igual que decenas de miles de fondos de pensiones y médicos.

Muchos inversionistas menores en la clase media, y hasta algunos trabajadores más acomodados, se aferran a sus acciones cuando empiezan a bajar, creyendo así que podrán capear la tormenta y, si no, podrán venderlas antes que las cosas de veras empiecen a ponerse mal. Pero eso supone que alguien querrá comprar sus acciones en ese momento. Sin embargo, cuando todo el mundo cae presa del pánico, hasta esas gigantescas instituciones capitalistas, los pequeños inversionistas pueden despertar un día y descubrir que hay días—muchos días—en que no hay compradores a ningún precio. Es entonces que el temor vence a la codicia de los más codiciosos y ocurre el último derrumbe.
volver arriba

Cambio marino en la resistencia obrera

Estamos en las primerísimas etapas de lo que serán décadas de convulsiones económicas, financieras y sociales y de batallas de clases. La inseguridad irá creciendo. Y en cierta etapa se empezará a estremecer la confianza en el orden capitalista. Crecerá una predisposición hacia las soluciones radicales: incluso soluciones “antiimperialistas” y “anticapitalistas” de la derecha radical, que resultarán atractivas a sectores de las clases medias arruinadas, amargadas o amenazadas. Veremos la fruta podrida de la política burguesa del resentimiento y su pornograficación. Veremos el fruto sangriento de la creciente faccionalización política no solo de la policía, sino de la oficialidad militar y de los “profesionales del espionaje”.

Al igual que la mayoría de los trabajadores, los comunistas que participamos en este congreso debemos interiorizar el hecho que este mundo—algo que casi ninguno de nosotros ha conocido antes en nuestra vida política—es no solo el que hoy día debemos encarar, sino que es el mundo en el que vamos a vivir y luchar por bastante tiempo. Al actuar hoy a partir de esta realidad, no se nos pescará políticamente desprevenidos cuando irrumpan guerras, estallen crisis sociales más profundas, se organicen e intenten pogromos, y los conflictos sindicales se conviertan en batallas de vida o muerte. El partido proletario que exista mañana solo puede crecer del partido proletario que preparemos hoy”.

La evidencia nos señala que el movimiento comunista se puede fortalecer políticamente si mantenemos constante el rumbo que se describe bajo el título “Un cambio marino en la política obrera”, primer capítulo de El desorden mundial del capitalismo. Nuestro progreso por esa vía sienta las bases para que los cuadros de nuestras ramas, comités organizadores y fracciones sindicales vuelvan a conquistar las normas proletarias que forjamos durante los primeros años de nuestro viraje a la clase obrera industrial y a los sindicatos. Es el curso que elaboramos como manual y publicamos bajo el título El rostro cambiante de la política en Estados Unidos. Como ha hecho el Partido Socialista de los Trabajadores durante toda su historia, este tipo de funcionamiento disciplinado lo captamos con el término trabajador-bolchevique, “denominación política cuyo origen fue producto de la admiración entre el pueblo trabajador combativo hacia la Revolución Rusa de octubre de 1917, y que Lenin usó no pocas veces”, según explica el prefacio de Mary-Alice Waters a la edición de 1999 de El rostro cambiante de la política en Estados Unidos. Cuando hablamos de trabajadores-bolcheviques, estamos hablando de forjar “un cuadro comunista cuya integridad y disciplina, cuyo funcionamiento organizativo, capacitación de clase, entorno y hábitos políticos son proletarios hasta la médula”.

El tipo de cambio en la resistencia en el seno del pueblo trabajador como el que hemos estado viviendo en el último lustro puede ser difícil de ver al principio. Es imposible de ver desde fuera de la vanguardia de la clase trabajadora y del movimiento obrero. Pero nosotros no estamos afuera y nuestro movimiento sí lo reconoció. Lo que es más importante aún, respondimos, empezando con las líneas de resistencia obrera según se nos presentaron y con los partidos comunistas que teníamos. Adaptamos nuestras formas organizativas para acometer esas nuevas condiciones. Empezamos a seguir esas líneas de resistencia entre los trabajadores y agricultores. En vez de atrincherarnos en ramas más grandes en unas cuantas ciudades, hemos ampliado nuestra distribución geográfica y nuestro alcance político, profundizando nuestra integración entre capas de vanguardia del movimiento obrero que están ofreciendo resistencia a lo más recio de los crecientes ataques de la clase patronal. Los compañeros que cargan con la responsabilidad de este empeño en las unidades del partido a través de Estados Unidos tienen una creciente importancia en la dirección del Partido Socialista de los Trabajadores.

El trabajo político colectivo y acumulativo de nuestras ramas y nuestros comités organizadores es decisivo para la construcción del partido y el reclutamiento. Son las unidades básicas de un partido comunista. Su actividad se combina con la actividad sindical de nuestras fracciones sindicales—entre obreros de la costura en UNITE, del Sindicato Unido de Trabajadores de Alimentos y del Comercio (UFCW) y del Sindicato Unido de Mineros de América (UMWA)—que funcionan en un campo más estrecho de la política obrera que las ramas y los comités organizadores. Conjuntamente son los instrumentos mediante los que estamos profundizando nuestra integración a lo que serán batallas de clases durante décadas, desde una vanguardia en desarrollo de trabajadores que están utilizando el espacio que se han abierto en el trabajo, en el movimiento obrero y a través de otras formas de resistencia social proletaria. Así vamos transformándonos y vamos transformando nuestras instituciones. Estamos atrayendo a jóvenes, no solo a quienes les repugnan los males del imperialismo sino, más importante aún, a quienes les atraen las batallas de los trabajadores y agricultores. Y estamos atrayendo a jóvenes que, entiéndanlo al principio o no, se los ganamos a una derecha radical combativa de la única forma posible: por la participación en la lucha proletaria. Así estamos fortaleciendo nuestra colaboración con jóvenes y otros de disposición revolucionaria en todo el mundo.

Al salir a vocear nuestros periódicos y libros, los comunistas siempre estamos evaluando los amplios mares de la clase trabajadora. Es decir, somos practicantes permanentes de llegar lo más ampliamente posible al pueblo trabajador con nuestros materiales. Es la única forma de llevar a cabo una actividad propagandística proletaria consecuente: aprender a la vez que vendemos. Un partido revolucionario pequeño siempre desconoce las tendencias que van cambiando lentamente entre amplias capas de la clase trabajadora. No podría ser de otra forma. Cuando en nuestra labor de propaganda nos extendemos sistemáticamente hacia otras personas, percibimos estos cambios un poco antes y tenemos una mejor percepción de ellos.

“Orinar al viento” es el nombre despectivo que al principio de los años 50 aplicaba a esta actividad política la facción de Cochran, la cual se preparaba para escindirse del partido, culpando de su propio declive a la clase trabajadora. Algunos de ustedes recordarán a los cochranistas por haber leído Speeches to the Party (Discursos al partido) de Jim Cannon. Nosotros convertimos su epíteto en un tributo, no una injuria. La clase trabajadora sí es nuestro entorno, no “la izquierda” ni “los radicales”. Es ahí donde concentramos nuestras ventas del Militant, de Perspectiva Mundial y de nuestros libros y folletos que orientan a los lectores hacia la trayectoria revolucionaria del proletariado. Siempre estamos trabajando para ampliar nuestro alcance, aprender más y hallar a otros trabajadores a quienes les interese armarse con un análisis concreto del desarrollo de la lucha de clases, así como las lecciones de un siglo y medio de luchas del movimiento obrero moderno.

Este congreso, y las reuniones de ayer de nuestras fracciones sindicales, marcaron avances para el partido en lo que hemos denominado la tercera campaña por el viraje. Desde que lanzamos esa campaña hace cuatro años en una conferencia en Pittsburgh, hemos establecido fracciones donde necesitamos estar: en trabajos de costura en la industria de la ropa y en fábricas textiles para construir una fracción en UNITE; en las labores de matanza y destace de las empacadoras de carne sindicalizadas por el UFCW; y en las minas del carbón sindicalizadas por el UMWA. Continuaremos ayudando a que los compañeros conquisten—y mejoren—las habilidades necesarias para conseguir y conservar estos trabajos. Haremos frente a las cesantías. Trasladaremos a compañeros. Nos empeñaremos en ingresar a talleres de costura, plantas empacadoras de carne y minas que hasta ahora no nos han contratado, minas que están maduras para ser sindicalizadas, y en encontrar otras en nuevas regiones donde queremos construir fracciones. Sin embargo, ahora ante todo podemos cosechar los frutos de este enorme esfuerzo utilizando nuestras fracciones para emprender trabajo sindical comunista y llevar a cabo nuestra actividad de propaganda en el trabajo y en el movimiento obrero. Nos podemos concentrar en construir unidades del partido que son políticamente fuertes en regiones donde hemos establecido comités organizadores, así como en distritos obreros en muchos lugares donde ya tenemos ramas. Podemos seguir trabajando con los compañeros en las Ligas Comunistas en otros países para profundizar la convergencia que al respecto se ha acelerado en el último año.

Podemos actuar de forma más eficaz como núcleo de trabajadores-bolcheviques que son cuadros y dirigentes de una organización política comunista. Las ramas y los comités organizadores están empezando nuevamente a llevar a cabo ventas sistemáticas a las entradas de fábricas, actuando con arrojo para involucrar a los compañeros que trabajan en esas plantas y alcanzar así a un mayor número de compañeros de trabajo con nuestra prensa, nuestros candidatos y materiales de la campaña socialista y con nuestros libros y folletos. Estamos haciendo avances hacia nuestra norma de que todo miembro de fracción participe en una venta a la entrada de otra fábrica o mina donde trabajan compañeros.
volver arriba

Apalancar nuestro arsenal político

Estos avances brindan una base sobre la cual estamos reestructurando la labor de los compañeros que están asignados a tiempo completo a las responsabilidades editoriales de preparar los libros y folletos que constituyen nuestro arsenal político y de organizar el trabajo de mantenerlos impresos. Estamos simplificando la estructura de nuestra operación editorial, para que esté acorde con el carácter de las unidades del partido que hemos estado construyendo, a fin de situarnos en la mejor posición posible para mantener la palanca política que nuestros libros le brindan al movimiento comunista a nivel mundial. No hay armas más importantes producidas por la clase trabajadora que la historia documentada de las lecciones políticas, conquistadas con sudor y sangre, que se han generalizado a partir de las luchas de los trabajadores y nuestros aliados durante el último siglo y medio. Las lecciones contenidas en esa historia son la base de una política proletaria eficaz y son una precondición para lograr avances en la comprensión estratégica y en la teoría marxista. Sin una historia precisa y veraz no hay estrategia ni teoría marxistas. Ambas se desvanecerán, suplantadas por falsificaciones abstractas para justificar la vida—y por ende la trayectoria política—de la pequeña burguesía radical y los maldirigentes oportunistas del movimiento obrero. La curiosidad política, y luego la sed por estas lecciones históricas de la clase trabajadora, crecerán entre trabajadores y agricultores así como entre jóvenes que se ven atraídos a sus luchas en este país y alrededor del mundo. Y nadie más que el movimiento comunista está dispuesto a realizar el trabajo necesario para mantener disponibles estas lecciones o, más exactamente, siquiera está interesado en hacerlo: es decir, que piensa que son necesarias para su propia existencia.

Nuestro movimiento no solo mantiene impreso este arsenal comunista básico, sino que le seguimos añadiendo. Publicamos el análisis y orientación políticos que el pueblo trabajador necesita hoy para construir un movimiento revolucionario eficaz: libros, folletos y revistas como El rostro cambiante de la política en Estados Unidos, El desorden mundial del capitalismo, Cuba y la revolución norteamericana que viene, La clase trabajadora y la transformación de la educación, las ediciones de Nueva Internacional y más. Y fundamentamos nuestra política, un elemento tras otro, en 150 años de batallas y lecciones sacadas de la resistencia de lucha de clases y revolucionaria de los trabajadores y agricultores. Al hacerlo estamos cumpliendo una obligación, de la cual todos nosotros—miembros y partidarios—derivamos satisfacción política al trabajar para lograrla. Sin embargo, podremos mantener este esfuerzo únicamente si logramos organizarlo acorde con el tamaño, los recursos y las necesidades actuales de nuestro movimiento. Ese es el requisito para que la organización auxiliar de los partidarios que estamos organizando adquiera la confianza para seguir elevando las normas y aceptando nuevos desafíos en la producción—y ahora más y más en la distribución—de estos libros y folletos.

Es importante apreciar la palanca política que logra el movimiento comunista con el esfuerzo que dedicamos a los prefacios e introducciones que preparamos para los nuevos libros y las nuevas ediciones. Creo que una de las exposiciones que están al fondo de esta sala de conferencias muestra una copia de la carta que Mary-Alice [Waters] recibió hace como una semana de Ramón Labañino Salazar, uno de los cinco revolucionarios cubanos encerrados, con largas condenas, en prisiones federales aquí en Estados Unidos. Fue declarado culpable de cargos fabricados de conspiración para actuar como agente no inscrito de una potencia extranjera y de realizar espionaje, y fue condenado a cadena perpetua.

Ramón había recibido un paquete de libros que le envió Mary-Alice, que incluía Playa Girón/Bahía de Cochinos: primera derrota militar de Washington en las Américas por Fidel Castro y José Ramón Fernández. Le escribió a Mary-Alice diciendo cuánto había disfrutado la lectura y destacó en especial lo que él describe como una “gran virtud que tiene este libro”, que él—como revolucionario cubano que sabía bastante sobre la derrota de la invasión mercenaria en Playa Girón—“nunca había leído en otro que tratara esta temática”. El prefacio que habíamos preparado, dijo Ramón, le dio por primera vez una idea de “la influencia directa de la Revolución Cubana, su ejemplo y su repercusión en el pueblo de Estados Unidos, y en la formación del movimiento revolucionario de izquierda, y de la solidaridad hacia nuestra patria”. El prefacio, señaló Ramón, describió el impacto que entre jóvenes y otros en Estados Unidos tuvieron “la batalla, primero, la derrota, después, de la fuerza mercenaria en Playa Girón”. Al hacerlo, concluyó, “nos demuestra, una vez más, que nuestros pueblos son hermanos e invencibles”.

Es precisamente uno de los objetivos que hemos tenido al escribir prefacios e introducciones a las traducciones de libros por dirigentes de la Revolución Cubana y sobre las lecciones y el ejemplo políticos de dicha revolución. Añadimos algo sobre lo cual los comunistas de este país sabemos bastante: la lucha de clases en Estados Unidos, su verdadera historia y cómo se interrelaciona con sucesos políticos revolucionarios de todo el mundo. Nosotros podemos explicar qué estaban haciendo en ese momento los trabajadores y jóvenes de disposición revolucionaria en este país, a qué estaban respondiendo y las consecuencias políticas de sus acciones. El cuadro político preciso que describimos de las fuerzas de clase en contienda en Estados Unidos es siempre muy distinto—más rico, más completo y contradictorio—del que otros, incluso revolucionarios, han oído antes.

Estos prefacios e introducciones son aún más necesarios aquí: para los trabajadores, agricultores y jóvenes en Estados Unidos. Subrayan la realidad de clase de que en Estados Unidos no existe un “nosotros” que incluya al pueblo trabajador, a los gobernantes acaudalados y a su gobierno y sus partidos políticos. Ya sea que el lector viva aquí o en el exterior, es siempre maravilloso cuando descubre la verdad que los gobernantes norteamericanos se esfuerzan por mantener secreta para los trabajadores aquí: que no hay tal cosa como un “Estados Unidos” homogéneo y sin clases.

Los cuadros del Partido Socialista de los Trabajadores vivimos, trabajamos y llevamos a cabo política entre otros trabajadores. Comprendemos las divisiones políticas radicales y las estratificaciones sociales profundas que hay en el seno de nuestra clase. Conocemos la combatividad y la solidaridad entre los trabajadores de este país, así como el bajo nivel político y la falta de una herencia viva de combate revolucionario de clases a nivel de masas. Nos estamos integrando más a la incrementada resistencia de una vanguardia de trabajadores y agricultores y sabemos de la predisposición que encontramos entre ellos hacia los escritos que ofrecen una perspectiva revolucionaria. Comprendemos la atracción que sienten jóvenes que se radicalizan hacia esta resistencia obrera y las formas en que puede conducirlos al movimiento comunista, a la Juventud Socialista y hacia el partido: y abrir la posibilidad de ganárselos al radicalismo pequeñoburgués. Por todas estas razones, es muy fácil dar por sentadas la producción, reproducción y difusión mundial del historial escrito de la vanguardia combativa de nuestra clase y de sus aliados antiimperialistas.

Pero no debemos hacerlo, ni en nuestro trabajo político aquí en Estados Unidos ni en nuestras relaciones con revolucionarios en otros países. Porque estas realidades se pueden apreciar de forma exacta, en toda su riqueza, solo al participar en la resistencia combativa de la clase trabajadora; y aun así, solo los comunistas las podemos comprender y explicar en claros términos de clase. Rectificar el cuadro falso o tergiversado que frecuentemente presentan distintos grupos de “la izquierda” es un requisito para reconstruir un movimiento comunista genuinamente mundial. Los trabajadores, agricultores y jóvenes alrededor del mundo necesitan reconocer a la clase trabajadora de Estados Unidos, no como ayudantes potenciales de las revoluciones de otros pueblos (en el mejor de los casos), sino como la fuerza social que puede y que va a dirigir una lucha revolucionaria exitosa por el poder obrero—el poder estatal—en Estados Unidos. Desde esa óptica los trabajadores y agricultores de vanguardia en este país pueden sacar fuerza política de la lucha de clases a nivel mundial, incluso la que protagoniza la vanguardia comunista en Cuba.

No es éste el punto de partida para la mayoría de los “amigos” de la Revolución Cubana en Estados Unidos, para no decir algo peor. Si alguna vez expresaron de dientes para fuera esta perspectiva, hace muchas lunas que ya no están dispuestos a actuar de una forma consecuente con ello. Puede que “admiren” la determinación de los cubanos que conocen. Pero no tienen el menor interés en compartir una condición común con aquellos que—como explica Enrique Carreras en Haciendo historia—se levantan cada mañana, se despiden con un beso de sus seres queridos, y después hacen lo que se necesita hacer, sin saber nunca a ciencia cierta si van a volver a casa esa noche, o jamás.

Es una conquista tremenda que hoy día la gran mayoría de los nuevos libros que editamos, muchas veces casi simultáneamente, salen en inglés y en español y a veces, poco después, también en francés. Además hemos mejorado nuestro uso del “lenguaje universal”, lo que podríamos llamar el esperanto obrero: la sección de fotos. Las fotos les cuentan mucho a otros trabajadores acerca del libro, sin importar qué idioma hablen o la experiencia política que hayan tenido. En esas fotos se ven a sí mismos y ven a otros que son como ellos.

Muchos de los delegados y observadores en este congreso han leído los informes en el Militant y Perspectiva Mundial sobre los recientes viajes que han hecho algunos compañeros a Paraguay, Argentina y Venezuela para hacer reportajes para nuestra prensa y colaborar con trabajadores, mujeres y jóvenes combativos en esos países. No solo llevamos con nosotros periódicos, revistas y libros que ofrecen una visión comunista de la lucha de clases mundial. Estos materiales los producimos y distribuimos nosotros, los cuadros de un partido de trabajadores, frecuentemente en medio de la acción, no en medio del reposo literario.

Cuando hace unas semanas el equipo de reporteros visitó una fábrica de ropa ocupada en Argentina, por ejemplo, los trabajadores se alegraron, naturalmente, de que los partidarios de un periódico en inglés y de una publicación mensual en español con sede en Nueva York les brindaran un poco de solidaridad e hicieran un reportaje. Y les gustó obtener libros, folletos y periódicos que les ayudaran a situar su lucha en un contexto político mundial más amplio. Pero también se dieron una sorpresa—muy grata—al saber que una de las personas que les traían esa solidaridad y esos valiosos materiales escritos era una obrera de la costura en Estados Unidos que operaba una máquina de coser idéntica a la que ellos usaban y que podía explicar cosas acerca de los salarios, la aceleración del ritmo de trabajo y otras condiciones de trabajo que les resultaban completamente familiares a estos trabajadores argentinos. Es el proceso en que los trabajadores de todas partes comenzamos a vernos como parte de una clase obrera mundial: una clase que reconoce no solo los elementos “familiares” de nuestra explotación común, sino la posibilidad de una clase que luche políticamente por sí misma y por el futuro de la humanidad.
volver arriba

Audacia y simplificación

Más adelante en el congreso vamos a debatir y a llevar a votación un informe presentado por Mary-Alice que hemos llamado “Audacia y simplificación”. Estos dos desafíos gemelos—audacia y simplificación—son decisivos en estos momentos. Porque debemos seguir avanzando en la producción y la venta de libros y folletos que cada vez más trabajadores y jóvenes exigen, mientras dirigimos simultáneamente un repliegue de ciertos aspectos de nuestras operaciones editoriales que son demasiado grandes, que son anticuados a nivel tecnológico y con relación a nuestro tamaño y posibilidades de técnica, y por tanto se han convertido en obstáculos para nuestros objetivos políticos. Gracias a la “revolución digital” en la impresión y publicación, hoy podemos simplificar de forma radical nuestro aparato de publicación, a la vez que nos organizamos a fin de utilizar nuestros libros y folletos con mayor audacia política.

En la misma conferencia en Pittsburgh hace cuatro años donde lanzamos la tercera campaña por el viraje, Peggy Brundy, miembro del comité timón del recién constituido Proyecto de Reimpresión, hizo la primera presentación pública sobre el esfuerzo internacional realizado por los partidarios del movimiento comunista para organizar el escaneo, la composición y la reconstrucción de los gráficos, las fotografías y las portadas de cada uno de los entonces ya existentes 350 y tantos títulos. Ya para el otoño del año 2000, los partidarios del partido habían asumido no solo la preparación digital inicial de todos esos títulos, sino la labor de corregir y actualizar los archivos electrónicos de cada reimpresión subsiguiente. También comenzaron a componer el texto y hacer lecturas de pruebas de todos los nuevos libros, así como organizar el control de calidad de los gráficos, las portadas y las fotografías, tanto de las reimpresiones como de los nuevos libros. Este esfuerzo internacional permitió que estableciéramos un flujo de trabajo digital para ahorrar trabajo y reducir bastante el tamaño del taller donde se imprimen los libros y folletos.

En este congreso del partido, estamos dejando constancia de varias nuevas medidas sobre esa vía:

La primera semana de septiembre, los partidarios en Atlanta van a asumir la organización cotidiana de almacenar y mantener las existencias de nuestros libros, atender solicitudes de crédito y despachar pedidos, dar mantenimiento a nuestro sitio web, convencer a los clientes de que hagan sus pedidos en línea, empacar y enviar los libros, facturar y cobrar esas facturas, y ayudar a los clientes en caso de dificultades.

A partir de este mes, el comité timón que supervisa lo que se ha llegado a conocer, por su historia, como el Proyecto de Reimpresión—aunque ya abarca mucho más de lo que ese nombre denota—comenzará a supervisar la labor que realizan los partidarios para mejorar la promoción de libros y organizar el trabajo sistemático y sostenido de ampliar el número de cuentas con librerías y bibliotecas que mantienen en existencia nuestros libros en Estados Unidos y alrededor del mundo.

Las ramas del partido en Nueva York han asumido el esfuerzo semanal de enviar por correo los paquetes y las suscripciones tanto del Militant como de la revista mensual Perspectiva Mundial. Es un paso más en la simplificación de nuestros esfuerzos de publicación que ha permitido reducir a ocho el número de miembros del partido que se desempeñan en la imprenta como voluntarios a tiempo completo, comparado con unos 45 antes de la conferencia de Pittsburgh a mediados de 1998.[17]

En una carta a una partidaria que publicamos en 2000 para todo nuestro movimiento, señalé la importancia a largo plazo de lo que están logrando ellos y los cuadros asignados a la operación de impresión del partido:

Aparte de cumplir los objetivos de convertir a una forma digital todos los libros, folletos y boletines educativos que ha producido nuestro movimiento, se está preparando un logro mucho más grande. Junto con el taller de imprenta, los partidarios están ayudando a establecer, por primera vez en la historia, una irremplazable infraestructura basada en la web para la producción de propaganda digital, descentralizada para que—sin importar las condiciones financieras, de seguridad o de otra índole que el partido comunista enfrente en las décadas que vienen—el programa y el legado del movimiento obrero revolucionario moderno se puedan preparar más allá de todo aparato físico de “ladrillo y cemento”, y luego imprimir en imprentas dondequiera que se encuentren y cuando sea que se puedan pagar. ¡Qué no hubieran dado los bolcheviques por eso!

Como hemos explicado muchas veces, el movimiento de los partidarios es una organización auxiliar no de una rama local determinada, sino del Partido Socialista de los Trabajadores (o de una de nuestras ligas comunistas hermanas en otros países). La relación entre los partidarios y el partido es una relación política basada en su acuerdo y atracción para con nuestro programa internacional, nuestra estrategia y nuestra línea de conducta en la lucha de clases y la actividad de los cuadros del partido para impulsar esa orientación proletaria. Tal como lo planteó John Benson, de forma concisa y acertada, “Un partidario es alguien que percibe su actividad política a través de los ojos del partido, no como activista político independiente. Un partidario percibe el partido como algo esencial: como su vehículo para llevar a cabo la política”.

Los logros que estamos marcando ahora en este congreso hacen posible el próximo paso en la simplificación de nuestra estructura y en la transformación de la organización de nuestro trabajo: trasladar a los miembros del partido que están asignados a tiempo completo en la redacción de los periódicos y en la oficina nacional a una ubicación céntrica en Manhattan que puedan compartir con una rama de un distrito obrero en Nueva York. Podemos comenzar a organizar el centro nacional del partido y las oficinas editoriales del Militant y Perspectiva Mundial en un local del tamaño y carácter que necesitamos. Será un centro cuyo plano físico esté construido en torno a un salón obrero en que se destaque un foro semanal del Militant Labor Forum, un salón que la rama de la sede del partido en Nueva York pueda costear, mantener y usar para el avance del partido. Tener cuadros asignados a estas responsabilidades nacionales que trabajen desde una sede compartida con una rama de un distrito obrero a la que la mayoría de ellos pertenezca y ayude a dirigir será un avance tanto en la construcción de una organización proletaria en Nueva York como en el cumplimiento de las responsabilidades nacionales e internacionales del partido. Empezaremos a vernos como lo que somos: lo que ves es lo que es.[18]

Estamos alcanzando un logro histórico que todo miembro del partido, Joven Socialista y partidario del movimiento comunista, aquí y alrededor del mundo, ha contribuido a realizar en los cuatro años desde que emprendimos este camino, junto con la tercera campaña por el viraje, en la conferencia de Pittsburgh.
volver arriba

Un cuadro de trabajadores-bolcheviques

Al cierre de este congreso, los delegados elegirán al Comité Nacional, el componente de más autoridad del liderazgo del partido. Dotados de esta visión del mundo al que hemos entrado y de las tareas de nuestro movimiento, es importante decir unas palabras sobre lo que estamos buscando al elegir un liderazgo del partido, ya que es también lo que buscamos en los cuadros del partido en su conjunto.

Me pidieron que hablara en un mitin hace poco más de una semana en St. Paul, Minnesota, para celebrar los 65 años de actividad política comunista de Charlie Scheer, un amigo y miembro fundador del Partido Socialista de los Trabajadores que falleció el mes pasado. En ese mitin hablamos de lo que determina que alguien sea comunista. ¿Cómo explicamos lo que lleva a una persona a tomar esta decisión vitalicia?

No hay tal cosa como un “tipo comunista”. Si reconocemos este hecho, el reclutamiento se facilita mucho. Hay una maravillosa variedad de “tipos”, desafortunadamente todos manufacturados en el mundo burgués, que encuentran su camino hacia el movimiento comunista. Los que pueden devenir y devienen personas profundamente políticas no están cortados por un patrón, mucho menos un patrón común. Lo que compartimos los comunistas no son nuestras personalidades, nuestros orígenes genéticos, nuestros diversos intereses, etcétera. De hecho, los comunistas nos inquietamos más que cualquiera con los “ingenieros sociales” que tratan de homogenizar, “mejorar” y canalizar al pueblo trabajador: ya sea los del sabor liberal burgués de Hillary Clinton, los de la variedad socialdemócrata sueca, los del tipo del amor matón estalinista, o los de los policías ashcroftianos de “hazlo-al-modo-de-Jesús”. Somos enemigos a muerte del concepto de la perfectibilidad de la humanidad. Conocemos las consecuencias reaccionarias de tales conceptos, desde la Alemania de Hitler, hasta la Revolución Cultural de Mao Zedong, la Kampuchea de Pol Pot y el Partido Revolucionario de los Trabajadores de Gerry Healy. Esos son los conceptos de intelectuales y burócratas de clase media y sus matones, no de trabajadores de disposición revolucionaria. No confiamos en gente que pregona esos conceptos, ya sean burócratas, redentores, o redentores en vías de convertirse en burócratas-redentores.

Sí confiamos en la fuerza de personas políticas que trabajan conjuntamente, como parte organizada de la vanguardia proletaria, sin que nos aten ni el capital ni la coacción. Los revolucionarios proletarios trabajamos juntos por convicción, no por la fuerza. Lo hacemos al tiempo que descubrimos que es la única forma posible de que los trabajadores forjemos un partido de combate: un instrumento político capaz de resistir las presiones más difíciles, acoger nuevos desafíos y llevar a cabo sus tareas revolucionarias. Actuamos juntos en base a la política y al respeto mutuo, no a la autoridad, que es algo muy distinto. Tenemos confianza en nuestra clase. Nuestra confianza surge de la experiencia: al convertirnos en ciudadanos del tiempo, del mundo y de la historia. “Somos herederos de las revoluciones del mundo”, según lo explicó tan elocuentemente Thomas Sankara.[19]

No tenemos “fe” en el socialismo. No tenemos revelaciones. No imponemos ideas brillantes. No creamos un nuevo mundo de nuestra mente. En la práctica, promovemos la marcha de la clase trabajadora según se desarrolla a través de una lucha de clases compleja y permanente hacia la dictadura del proletariado. En la práctica, transformamos las condiciones que dan forma a nuestra vida y esa lucha a su vez nos transforma. Y lo hacemos todo de forma voluntaria.

A medida que logramos más experiencia en el movimiento comunista, no cambiamos nuestra personalidad, nuestro “tipo”. Pero sí nos esforzamos en desarrollar hábitos proletarios. Llegamos a comprender mejor la importancia central de la solidaridad humana para la marcha de la clase trabajadora. Cuán ajena es la solidaridad a las relaciones sociales de la sociedad capitalista: a todas las normas, valores, actitudes y fetiches que crea. Ante todo, los patrones dependen de una fuerza laboral que no tenga confianza en la propia clase trabajadora ni confianza mutua.

Los comunistas no somos “deterministas”, al contrario de lo que a la mayoría de nosotros se nos dice antes de unirnos al movimiento. “Los hombres hacen su propia historia”, nos enseñó Marx en El dieciocho de brumario de Luis Bonaparte, “pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos”.[20] Somos creyentes en la realidad del azar, en la interacción de la causalidad y del accidente, incluso en la suerte (aunque tratamos de influenciar las probabilidades). ¿Qué es suerte? Suerte es estar preparado. Forjamos un partido proletario disciplinado, de modo que estemos políticamente listos para responder a las oportunidades para el combate de clases y la actividad revolucionaria intensificados cuando ocurran de forma rápida e inesperada. A Jim Cannon le gustaba decir: si vives debidamente, a veces te sonríe la suerte.[21] Prepárense.

No presumimos predecir los giros y vuelcos por los que marchará la clase trabajadora. Nadie puede trazar a la vez el rumbo y el ritmo, el qué y el cuándo. Analizamos cuidadosa y honestamente la lógica de la lucha de clases, así como las vías concretas por las que fluyen el curso actual del desarrollo capitalista y las líneas de resistencia entre los trabajadores y agricultores ante los ataques intensificados de los explotadores. Nos organizamos y actuamos de forma centralizada a partir de esos criterios, sopesando esos hechos, debatiéndolos con esos militantes.

Charlie Scheer y Helen Scheer, también veterana cuadro del partido quien falleció unos años antes que Charlie, fueron compañeros por 50 años. Cada uno de ellos era de un “tipo” bastante diferente. A la vez, cada uno de ellos era un comunista, cada uno era un trabajador, y cada uno era una persona muy política. Cuando Charlie o Helen te escribían una carta sobre una u otra cosa, sus cartas eran muy distintas en cuanto a tono y estilo. Pero casi sin excepción, hacia el final de la nota cada uno añadía la frase, “¿Qué estás leyendo?” Y esperaban una respuesta. Cada uno habría sido un activo participante en las escuelas socialistas de verano que acabamos de completar, así como partidario entusiasta de organizar una escuela para estudiar a fondo El imperialismo de Lenin de la misma forma seria y sistemática.

Los comunistas vivimos en el presente, no en el futuro. Lo hacemos en la práctica, así como “en nuestra mente”. Para nosotros, nada es más ajeno que la noción de una utopía. Los verdaderos utopistas son tipos peligrosos, y a fin de cuentas antihumanos. Tienen un “plan”, una “visión”, un “plano” para la sociedad del futuro y proceden a imponérselo a los demás. ¿Ves la luz? ¡Paf! ¿Ahora sí ves la luz? En realidad, el movimiento obrero revolucionario moderno nació al romper con todos los tempranos movimientos socialistas utópicos pequeñoburgueses.

En cambio, los comunistas comprendemos el presente; lo comprendemos no como un grupo de episodios, sino como parte de la historia. El Minneapolis Star-Tribune publicó un artículo necrológico sobre Charlie que decía que él “estaba convencido que a la larga sus criterios iban a prevalecer”. Sin embargo, si ustedes conocieron a Charlie, saben que él—como todo comunista, como todo revolucionario—no hizo lo que hizo con su vida por fe en que algún día sus “criterios” fueran a prevalecer. Al contrario, Charlie sabía que nuestro programa prevalece todos los días. Nos guía para tomar acción comunista eficaz, acción con la que nuestros esfuerzos colectivos dan el máximo de frutos. Los comunistas tejemos una red de experiencias de lucha de clases a través de las generaciones, de modo que todo lo que sucede en el presente, y todo lo que hacemos al respecto, se guía por el decurso de la historia.

Otro artículo sobre Charlie en un periódico comentaba sobre la gran biblioteca, los numerosos estantes llenos de libros que había tenido, llamándolo “un trabajador intelectual”. Pero ese escritor también comprendió mal a Charlie. (Proyectar un poco puede ser peligroso.) Los comunistas como Charlie saben que los trabajadores-bolcheviques están mejor informados, y mejor equipados para llegar a decisiones y juicios políticos, que los llamados “trabajadores-intelectuales”. Los trabajadores-bolcheviques interiorizan lo que han leído, junto con lo que han aprendido con otros mediante experiencias de lucha de clases. Les gusta leer y estudiar junto con otros que combaten por objetivos comunes. Leen más, no menos, cuando se intensifica el ritmo de la lucha de clases y de la actividad política. Están convencidos de que la actividad revolucionaria centralizada, como cuadros de un partido revolucionario a cuya disciplina se someten con gusto, abre el camino a la obra de una vida realizada. Es lo que significa ser político.
volver arriba

Sentar un ejemplo revolucionario

En los meses y años que vienen, los trabajadores y jóvenes comunistas apreciaremos más y más los beneficios del hecho de que comenzó un ascenso en la resistencia entre nuestra clase y sus aliados—tanto aquí como en muchas partes del mundo—antes de los choques iniciales más duros del periodo de depresión y guerras al que ya hemos entrado. Entenderemos más concretamente la importancia del espacio político que los trabajadores se abren al luchar, y lo que está en juego al usar ese espacio si no se ha de perder. Veremos más ejemplos de que la experiencia lograda en una u otra batalla—incluso batallas con la clase enemiga que terminan en punto muerto, o en reveses temporales—no se disipa así no más; de que los trabajadores individuales asimilan lecciones y un poco más adelante vuelven a aparecer, ya sea en ese mismo frente de batalla o en otro. Que no olvidan a los militantes, a las organizaciones o los periódicos en los cuales—según aprenden por experiencia propia—se puede confiar por su integridad proletaria y porque están en las primeras filas de una batalla justa.

Una de las contribuciones políticas más importantes que hacemos en nuestro movimiento hoy a través de nuestra labor propagandística—en el Militant, en Perspectiva Mundial, en los libros y folletos que decidimos imprimir—es la de señalar los magníficos ejemplos de los trabajadores y agricultores que se yerguen y luchan sin temor, que muestran desdén hacia los gobernantes y que tienen confianza en la victoria. Ponemos de relieve la historia del pueblo trabajador de Cuba y de su dirección revolucionaria, quienes durante más de 40 años han estado listos para cualquier cosa que venga a amenazar su soberanía y su revolución socialista. Esa actitud revolucionaria intransigente la captan las palabras de Fidel Castro y Osvaldo Dorticós en una declaración que concluye el próximo libro de Pathfinder, October 1962: The ‘Missile’ Crisis as Seen from Cuba (Octubre de 1962: la crisis ‘de los misiles’ vista desde Cuba). Al responder a las renovadas provocaciones de la nueva administración demócrata hacia el final de esa crisis en noviembre de 1962, los dos dirigentes cubanos hablaron en nombre de la mayoría de los trabajadores y campesinos cubanos al decir: “En las palabras del presidente Kennedy tenemos tan poca fe, como poco es el temor que nos infunden sus veladas amenazas”.

Celebramos la combatividad y la resistencia de los palestinos. En la portada de uno de nuestros folletos, Pathfinder presenta con orgullo una fotografía de unos jóvenes palestinos resueltos que tienen de trasfondo una consigna que engalana una pared: “¡Combatimos a Israel porque ocupa nuestra tierra!”

Esta voluntad de luchar, esa falta de miedo acobardante, este odio de clase hacia los opresores y explotadores, es el elemento necesario que antecede a todo renovado movimiento revolucionario internacional. Al integrarnos en la lucha de los militantes que están infundidos con este ánimo tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo, nuestro movimiento tiene la capacidad de discutir simultáneamente sobre una perspectiva política comunista arraigada en la experiencia y en las lecciones de más de 150 años de lucha revolucionaria.

Con la desintegración irreversible del movimiento estalinista mundial, hay menos obstáculos en el movimiento obrero para hablar con trabajadores, agricultores y jóvenes de disposición revolucionaria—y poner publicaciones comunistas en sus manos—de los que se han visto desde finales de los años 20. Se verán atraídos a la fibra política revolucionaria de trabajadores-bolcheviques como Charlie Scheer.

Charlie ya vivía en una residencia para mayores cuando ocurrieron los ataques del 11 de septiembre, y su salud había decaído al punto que a veces le costaba seguir el hilo de las cosas. Su hijo Bill se sentó con Charlie ese día y comenzó a contarle acerca del ataque contra el World Trade Center en Nueva York. Charlie parecía escuchar, comprender, pero no respondía. Entonces Bill añadió que otro avión se había estrellado contra el Pentágono.

En ese momento, Charlie volteó la cabeza, lo miró directamente a Bill, sonrió y dijo en voz alta, para que le pudieran oír todos los demás pacientes, “¡Eso sí es bueno, no!”
volver arriba

RESUMEN DEL CONGRESO

Es importante ser concreto sobre dónde nos encontramos hoy día en la curva del desarrollo capitalista a largo plazo a nivel mundial, así como en la política de clases en Estados Unidos. De lo contrario, hablaremos en fórmulas en vez de presentar un análisis nítido y claro, un programa comunista. No sabremos explicar con exactitud qué necesitamos hacer para construir un partido proletario en este país. Esta dialéctica entre el programa internacional y el terreno nacional de la marcha de los comunistas hacia el poder estatal es aplicable a la construcción del partido en todas partes del mundo. Pero las consecuencias de no actuar a partir de esa realidad de clases en ninguna otra parte son más perjudiciales para las perspectivas revolucionarias y la integridad proletaria que en el baluarte más fuerte del imperialismo mundial, Estados Unidos de América.

En los párrafos finales del proyecto de informe político ante este congreso, tratamos esta cuestión directamente. Afirmamos que pensar y actuar de acuerdo a una orientación proletaria internacionalista es y seguirá siendo no solo una responsabilidad sino un desafío especial de los revolucionarios que vivimos y trabajamos en Estados Unidos:

Llevamos a cabo nuestra actividad política no solo en el país más rico del planeta, sino en un país que desde 1865 no ha experimentado guerras en su propio suelo. Es un país donde han habido sangrientas batallas de clases y movimientos sociales proletarios, pero donde jamás se ha dado una situación revolucionaria o una insurrección obrera. Es un país que ha visto el trato genocida de las poblaciones indígenas y durante muchas décadas la violencia asesina organizada por grupos reaccionarios como el Ku Klux Klan, así como la brutalidad sistemática de la policía, la Guardia Nacional y los matones patronales, pero que solo ha experimentado combate limitado en las calles y en las líneas de piquete entre bandas fascistas y guardias de defensa del movimiento obrero y de los oprimidos.[22]

En el camino hacia una situación revolucionaria, la clase trabajadora en Estados Unidos, junto a su amplia vanguardia política, pasará por todas estas experiencias de combate. Cada una asumirá formas concretas, que no serán idénticas a lo que ha sucedido en algún otro sitio o en algún momento anterior en la historia. Habrá combinaciones únicas. Ciertas etapas de la política de clases quedarán truncas y se combinarán, otras se prolongarán. Algunas se acelerarán “con una celeridad verdaderamente americana”, usando la frase de Trotsky.[23] Pero los trabajadores comunistas en Estados Unidos van a experimentar todas estas formas de lucha política antes de que se plantee la batalla revolucionaria por el poder.

La clase trabajadora en este país enfrentará intentos de los gobernantes capitalistas, de su gobierno y de fuerzas ultraderechistas de aplastar al movimiento obrero. Regímenes bonapartistas, ya sean instalados con una pantalla electoral o a través de golpes militares abiertos, usarán el poder del estado imperialista y mayores niveles de demagogia contra las organizaciones de los trabajadores y agricultores. Para mantener el dominio capitalista, las familias acaudaladas de la burguesía aceptarán métodos que ellos mismos temen y tratan de evitar en tiempos más tranquilos. Promoverán el ascenso de demagogos y movimientos fascistas, incluida su forma más virulenta: organizaciones nacional-socialistas que busquen una base de masas entre las clases medias inseguras y capas de trabajadores desmoralizados, al combinar una palabrería anticapitalista radical con llamamientos a los más reaccionarios—y mortíferos—prejuicios y supersticiones nacionalistas, racistas, antisemitas y antimujer.

En El desorden mundial del capitalismo abordamos bastante sobre lo que la clase trabajadora ha aprendido en el último siglo acerca del fascismo y cómo combatirlo, incluidas las diversas formas que acabamos de observar, así como las formas en que se pueden manifestar y se manifestarán en la lucha de clases en Estados Unidos. Señalamos lo que el veterano dirigente del PST Farrell Dobbs solía decir: si alguien piensa que al calentarse las batallas de clases en Estados Unidos no vamos a ver todas estas formas de reacción, “están totalmente errados y jamás van a construir un partido obrero revolucionario en este país. Sí, vamos a ver cómo ponen a prueba cada una de esas opciones [de la clase dominante]”: desde un estado represivo hasta regímenes militares y los intentos de movimientos de masas fascistas radicales y anticapitalistas para salvar al régimen capitalista.[24]

Esto subraya por qué es tan importante que los trabajadores comunistas juzguemos de forma concreta y precisa dónde nos encontramos en el desarrollo de la lucha de clases. Planteo esto porque ayer durante la discusión en el congreso un delegado propuso que, junto a El imperialismo, fase superior del capitalismo, la escuela de invierno se enfocara en varias otras obras políticas de Lenin de la misma época. Sin embargo, eso nos haría desviarnos políticamente. La razón por la que escogimos este tema no tiene nada que ver con alguna semejanza entre las condiciones políticas que actualmente enfrentamos y las que Lenin estaba preparando a los cuadros del Partido Bolchevique para enfrentar cuando escribió El imperialismo en la primera mitad de 1916, en medio de la Primera Guerra Mundial.

Más o menos al mismo tiempo que Lenin estaba completando El imperialismo, escribió que “la revolución estaba en el orden del día en 1914–16”: no solamente en Rusia, sino también en Alemania y en el resto de Europa. Estaba “oculta en las entrañas de la guerra, emergiendo de ella…. Había que ‘proclamarlo’ así en nombre de la clase revolucionaria enunciando completamente y sin temor su programa: el socialismo, en tiempos de guerra, es imposible sin una guerra civil contra la archirreaccionaria y criminal burguesía que condena al pueblo a indecibles calamidades”.[25] Los bolcheviques pusieron en el primer renglón la perspectiva de transformar la guerra, a la que los imperialistas estaban arrastrando a pelear a los trabajadores y agricultores, en una guerra civil para derrocar a las clases acaudaladas.

Por supuesto que es importante leer y discutir estos escritos políticos. Lo hicimos durante el estudio intensivo de Lenin que nuestro movimiento organizó a principios de los años 80, por ejemplo, y lo haremos en ocasiones futuras. Pero Lenin no derivó el análisis de la fase superior del capitalismo que presentó en El imperialismo a partir de la coyuntura que el pueblo trabajador estaba viviendo—por más importante que considerara esas cuestiones políticas—,y en esa época no consideraba nada más importante, ya que eran los problemas de revolución versus contrarrevolución.

Lo que Lenin presentó en El imperialismo se basaba en un análisis objetivo de la estructura y la evolución de la economía capitalista mundial durante varias décadas. “Querría abrigar la esperanza de que mi folleto ayudará a orientarse en el problema económico fundamental… el problema de la esencia económica del imperialismo”, escribió en abril de 1917 en la conclusión de su prefacio a la primera edición, “sin cuyo estudio es imposible comprender nada cuando se trata de emitir un juicio sobre la guerra y la política actuales”.[26]

Lo que los miembros del Partido Socialista de los Trabajadores, los Jóvenes Socialistas y nuestros contactos necesitan estudiar ahora mismo no es la época durante la cual Lenin escribió El imperialismo: época en que el partido que él dirigía contaba con algo más de 20 mil miembros y estaba a un poco más de un año de tomar el poder. Eso en nada se parece a las condiciones políticas en las cuales estamos trabajando hoy día, ni en Estados Unidos ni en ningún otro país.

En vez de eso, necesitamos desafiarnos a leer y estudiar El imperialismo a fin de entender y explicar a otros por qué la presentación que hace Lenin de las tendencias inherentes al sistema mundial de explotación y opresión capitalistas sigue siendo válida hoy día en lo fundamental: a pesar de que las condiciones que predominaban en la política mundial en 1916–17 eran muy distintas, una fase diferente, de las condiciones de los primeros años del siglo XXI. La enorme expansión y propagación internacional del sistema de mercado desde que se escribió El imperialismo; las constantes transformaciones en las técnicas de producción y circulación; la contrarrevolución estalinista que traicionó al estado obrero soviético y destruyó a la Internacional Comunista como instrumento revolucionario; el ascenso del fascismo y una segunda guerra mundial; las victorias de los movimientos de liberación nacional por todo el Caribe, África, el Medio Oriente, Asia y el Pacífico; el derrocamiento revolucionario de las relaciones capitalistas de propiedad en Yugoslavia, China, Corea, Vietnam y Cuba; la inundación a nivel mundial de la moneda norteamericana como primera divisa internacional de reserva que no es canjeable ni por oro ni por plata; y otros innumerables sucesos trascendentales. Todas son manifestaciones concretas de la fase del capitalismo explicada en El imperialismo; todas agravan las tensiones que el análisis de Lenin subraya.

Vamos a leer El imperialismo hoy por las mismas razones que Lenin explicó en abril de 1917: “sin [su] estudio es imposible comprender nada cuando se trata de emitir un juicio sobre la guerra y la política actuales”. Las contradicciones fundamentales del imperialismo no van a superarse. Este sistema o será derrocado o creará un infierno aquí en la Tierra. No se acostumbren a él. Acostúmbrense a hacerle frente y combatirlo.
volver arriba

Los gobernantes no están “explotando el 11 de septiembre”

Un par de delegados hicieron comentarios en el sentido de que los gobernantes estadounidenses, al impulsar su campaña de guerra y ataques contra los derechos obreros, todavía están “explotando el 11 de septiembre”. Que todavía están luchando con el “11-S” inscrito en sus banderas.

No es así; la evaluación que presentamos ante el congreso es distinta. Desde los primeros meses de 2002, los sucesos del pasado 11 de septiembre han tenido cada vez menos que ver con los pretextos de los gobernantes para sus políticas y metas declaradas. Los gobernantes no justifican estas políticas—ya sea desechar el Tratado Anti-Misiles Balísticos, preparar un ataque contra Iraq, establecer el Comando Norte (comando de “defensa del suelo nativo”), rechazar la Corte Penal Internacional o socavar el derecho de hábeas corpus—principalmente, o a veces ni siquiera, evocando los ataques al World Trade Center. Eso es cada vez menos el punto focal de su “guerra global contra el terrorismo”. Es más bien un chillido patriótico periódico: una parte de sentimiento, dos partes de nacionalismo imperialista, todas las partes de demagogia.

Más bien, dicen que “nosotros”—un “nosotros” que abarca al primer ministro británico Tony Blair y a otros aliados imperialistas de Washington—debemos perseguir el “eje del mal” y pararlos “a ellos” mientras “nosotros” aún podamos. Cuando Bush afirmó en su discurso del Estado de la Unión ante el Congreso, a finales de enero de 2002, que Iraq, Irán y Corea del norte constituyen tres puntos en un “eje del mal”, no era una continuación de la demagogia del 11-S del otoño pasado. De hecho, el discurso sobre el “eje del mal” marcó una ruptura con el uso del “11-S” para justificar la trayectoria de Washington. ¿Por qué se ha ido desvaneciendo Osama bin Laden de la propaganda de los gobernantes norteamericanos? ¿Por qué se ha bajado de importancia la atención a Afganistán?

Primero, como dijimos en el informe, Washington ha pasado a nombrar y a prepararse para ir tras los países que han demostrado que pueden desarrollar la capacidad militar defensiva para asestar golpes devastadores en respuesta a los ataques del imperialismo norteamericano: Iraq, Irán y Corea del norte. Eso es independiente de que realmente tengan o no esa capacidad en la actualidad. Washington no está limitando las justificaciones de sus actuales preparativos para una guerra contra Iraq a la necesidad de impedir nuevos ataques terroristas. Está organizando una guerra imperialista clásica para afianzar su dominación de esa región—y su petróleo—y fortalecer la posición de su fuerza militar con respecto a sus rivales imperialistas.

Los gobernantes reconocen que no pueden aguardar “otro 11-S”, el cual no tienen forma de predecir. Podría ser una larga espera. Y no necesitamos ninguna teoría de conspiración que afirme que ellos mismos están planeándolo. Los gobernantes estadounidenses tienen mucha necesidad de lo que no lograron durante su asalto a Afganistán: una oleada de patriotismo autoalimentada en respuesta a la sangre derramada por soldados norteamericanos en el campo de batalla de una guerra. La necesitan para poner la iniciativa en sus manos. Para poner las movilizaciones patrióticas bajo su control. Eso es lo que procuran. Y tienen la ilusión de que pueden disparar una rápida salva inicial en el Medio Oriente para preparar mejor una larga lucha a escala mundial.

Simultáneamente, el gobierno de Estados Unidos está pasando a institucionalizar la opción de usar fuerzas federales dentro del país, bajo un mando militar centralizado, en algún momento futuro. Esto va acompañado de las acrecentadas sondas para tratar de legitimar la opción de usar detenciones “preventivas” sin cargos (e incluso sin derecho a consultar a un abogado), tribunales secretos y más interceptación electrónica y otras formas de espionaje y hostigamiento. Si bien hay divisiones dentro de la clase gobernante sobre cuán lejos ir y cuán rápido, y aunque tendrán que retroceder en uno que otro aspecto de su curso, hay respaldo entre ambos bandos en el Congreso para sentar las bases que permitan a cualquier administración avanzar en esta dirección, a su discreción.

Actualmente la Ley de la Seguridad del Suelo Nativo está recibiendo publicidad en la prensa burguesa. Y lo que afianzará incluso la Seguridad del Suelo Nativo, como señalamos al comienzo del informe, es el Comando Norte del Pentágono, que se lanzará en octubre con el objetivo de legitimar más, al extremo, el uso de las fuerzas militares estadounidenses contra el pueblo trabajador en Estados Unidos—¡en toda Norteamérica!—,donde el ejército estadounidense será la fuerza de último recurso cuando se decida que hay que suprimir rápidamente el desorden civil para evitar que los “terroristas” se aprovechen de las “oportunidades”.
volver arriba

Curva del desarrollo capitalista

Las contradicciones subyacentes del capitalismo mundial que están empujando hacia la depresión y la guerra no empezaron el 11 de septiembre de 2001. Algunas se vieron aceleradas por estos sucesos, pero todas tienen sus raíces en el viraje descendente en la curva del desarrollo capitalista hace un cuarto de siglo, seguido por el fenómeno interrelacionado del debilitamiento y posterior colapso de los aparatos estalinistas en la Unión Soviética y a través de Europa oriental y central a principios de los años 90. Hemos seguido estas tendencias durante todo ese periodo: en El rostro cambiante de la política en Estados Unidos, en los principales artículos de varias ediciones de la revista Nueva Internacional—“Lo que anunció la caída de la bolsa de valores de 1987”, “Los cañonazos iniciales de la tercera guerra mundial”, “La marcha del imperialismo hacia el fascismo y la guerra” y “El imperialismo norteamericano ha perdido la Guerra Fría”—,en El desorden mundial del capitalismo y en Cuba y la revolución norteamericana que viene.

Es provechoso volver ahora a El desorden mundial del capitalismo y releer “Tan lejos de Dios y tan cerca del Condado de Orange: el lastre deflacionario del capital financiero”, una charla que se presentó en una conferencia socialista regional en Los Ángeles a comienzos de 1995. Los rudimentos de la inesperada y violenta contracción de crédito que hoy nuevamente nos amenaza se podían percibir a finales de 1994 con el colapso del peso mexicano y el incumplimiento de obligaciones—opción escogida como preferible a aumentar los impuestos—por el gobierno de un rico condado en el sur de California. En aquel momento dijimos:

Ante las presiones sentidas desde mediados de los setenta sobre las utilidades de las inversiones en fábricas y equipo que aumenten la capacidad, los dueños del capital no solo han estado reduciendo costos; sino que los obligacionistas han estado tomando prestadas sumas cada vez mayores para comprar y vender con ganancias formas de valores diversas. Durante varios años en el Condado de Orange inflaron un gigantesco globo de deuda [apostando a que las tasas de interés seguramente continuarían bajando a comienzos de los noventa. Esto demostraba una “perspicacia” casi metafísica que Dios solo había dado a los codiciosos administradores del condado y a los corredores de obligaciones de la Merrill Lynch; ¡la masiva venta en corto y al descubierto estaba protegida por el alineamiento de los astros!]. Los obligacionistas creyeron que se habían muerto y que estaban en el cielo. Entonces el globo se comenzó a desinflar…. Cuando se comenzó a venir abajo el globo que los banqueros internacionales habían inflado en México durante los ochenta, entraron los obligacionistas y volvieron a inflarlo por un tiempo. Pero en el Condado de Orange, mientras los funcionarios locales más tomaban prestado a fin de sacar ganancias bárbaras, utilizando fondos públicos para hacer apuestas [en contubernio] con los mercaderes de bonos, más vulnerables se volvían….

Ahora los capitalistas y sus representantes públicos—y no solo en México o en el Condado de Orange—han recibido otra advertencia acerca de las posibilidades a largo plazo de una deflación incontrolable. Durante las últimas dos décadas, los periodos alcistas en el ciclo comercial han dependido de la circulación de grandes cantidades de capital ficticio: la acumulación de grandes deudas y otros valores. Los capitalistas ahora están pagando por la falta, durante ese periodo, de crecimiento económico suficiente para poder seguir refinanciando préstamos.[27]

Los capitalistas aplazaron la crisis por otro lustro después de mediados de los 90, inventando e inflando más instrumentos de crédito y activos de papel. La bolsa de valores, si se mide con el Promedio Industrial Dow Jones y el S&P 500, creció en más del triple. Durante ese periodo de cinco años los préstamos corporativos en Estados Unidos hicieron más que cuadruplicarse: no para ampliar la capacidad productiva, sino a menudo para volver a comprar sus propias acciones infladas, inflarlas más aún y guardar lo que más y más constituye una reserva de efectivo.[28] En Estados Unidos entre 1995 y 2000, las empresas fueron los principales compradores netos de acciones: a menudo eran las acciones infladas de las mismísimas empresas que las habían emitido. Y ya hemos comentado la explosión del apalancamiento en Wall Street de las fichas de casino llamadas derivados.

Por eso, en esta fase temprana del comienzo de una depresión mundial, necesitamos mantener la vista puesta en la crisis financiera de la burguesía que se está desarrollando. Necesitamos mantener la vista puesta en los crecientes desequilibrios en las finanzas estatales, incipientes liquidaciones de monedas, el peligro de controles de capital, el ogro deflacionario que acecha detrás de cada alza en las tasas de interés, la creciente monetización de metales preciosos y las presiones adicionales que esto ejerce sobre la fuerza relativa de las “monedas internacionales de reserva” que son rivales. En la historia del capitalismo moderno, y sobre todo en la época imperialista, las primeras sacudidas gigantescas que comienzan a desmoronar la confianza de sectores de los propios gobernantes se concentran en instituciones financieras—en los bancos y en las bolsas de monedas, deudas y valores—y no en las fábricas, minas y plantas. La devastación de la producción y el empleo viene después, con cierto retraso.

Durante la Gran Depresión, la bolsa de valores cayó en octubre de 1929 y continuó bajando—con numerosos repuntes alcistas grandes y abruptos—hasta que perdió más del 85 por ciento de su valor para mediados de 1932. (Es casi seguro que algunos individuos que actuaron con credulidad casi religiosa durante el “repunte de los crédulos” de 1930—la codicia todavía vence al temor—perdieron más dinero de lo que se perdió en la caída de 1929). El primer pánico bancario y la primera racha de quiebras de bancos se dio a finales de 1930, con 10 mil instituciones clausuradas para 1932: el 40 por ciento del total de 1929. El desempleo subió más lentamente, con las cifras del gobierno aumentando al 8.7 por ciento en 1930, al 16 por ciento en 1931, y a una cuarta parte de la fuerza laboral en 1933. Para entonces había empezado a cundir una amplia desesperación casi de masas, reflejada en la suposición de que la economía—y el propio Estados Unidos capitalista—no se podrían recuperar jamás.

En cierto momento a mediados de los años 70 entramos en un segmento descendente en la curva del desarrollo capitalista, y es ese el periodo que aún estamos viviendo hoy día. Lenin y Trotsky nos dotaron de las herramientas políticas necesarias para analizar estas tendencias a largo plazo en la historia del capitalismo y sus consecuencias para la estrategia y construcción del partido comunistas. Algunas de las más útiles fueron sus informes y escritos de la época del tercer y cuarto congresos de la Internacional Comunista en 1921–22.[29] Trotsky resumió estas conclusiones en una breve carta de 1923 que publicamos en el número 4 de Nueva Internacional, bajo el título de “La curva del desarrollo capitalista”.[30]

A diferencia de los ciclos comerciales capitalistas de recesión y recuperación, con sus tendencias trazables y recurrentes, dijo Trotsky, en el desarrollo a largo plazo del capitalismo mundial no hay un “ritmo rígidamente legítimo”. En la carta de 1923, Trotsky contrastó esta conclusión con la de un académico soviético llamado Nikolai Kondratiev. Presumiendo formalizar algo que no se podía formalizar—la dialéctica materialista de la historia moderna—Kondratiev aburguesó la obra que Lenin y Trotsky habían presentado en el tercer y cuarto congresos de la Comintern. Sostenía que además de los ciclos comerciales y de existencias más cortos, también había ciclos regulares de aproximadamente 50 años que se podían trazar a través de la historia del capitalismo al menos desde el comienzo de la revolución industrial en la segunda mitad del siglo XVIII.

La propia tabla empírica de Kondratiev era un bosquejo más o menos acertado de las tendencias que habían ocurrido en el desarrollo capitalista durante el siglo y medio anterior, dijo Trotsky. Sin embargo, si uno examinaba cuidadosamente sus puntos críticos—y la duración e inclinación de sus distintos segmentos ascendentes, descendentes y más planos—era obvio que éstos correspondían a sucesos importantes en la política y la lucha de clases, y no solamente a lo que normalmente se entiende como factores “económicos”. Un repunte en esta curva más amplia no tenía nada de “automático” o “cíclico” como sucede en cierto momento en la destrucción de valor y el agotamiento de existencias durante una recesión capitalista.

“Respecto a los segmentos largos de la curva del desarrollo capitalista”, escribió Trotsky, “su carácter y duración están determinados no por la interacción interna de las fuerzas capitalistas, sino por las condiciones externas por las cuales pasa el desarrollo capitalista. La adquisición por parte del capitalismo de nuevos países y continentes, el descubrimiento de nuevos recursos naturales y, como consecuencia de esto, hechos mayores de orden ‘superestructural’ como guerras y revoluciones, son lo que determina el carácter y la substitución de las épocas ascendentes, estancadas, o declinantes del desarrollo capitalista”.[31]

Kondratiev sí empleó una metáfora que es útil para describir esta curva a largo plazo, cuyo carácter y dinámica él no comprendía. él, y sus redescubridores y vulgarizadores actuales, se refieren al comienzo paulatino de una recuperación como la “primavera”, a los segmentos de ascenso agudo como el “verano”, al comienzo estancado de un segmento declinante como el “otoño” y al segmento de descenso más agudo como el “invierno”. Hemos estado en otoño desde mediados de la década de 1970; ahora ha comenzado uno de los infrecuentes inviernos largos del capitalismo. Dado que no hay límites aparentes a la tendencia de la Reserva Federal y del Departamento del Tesoro de inflar todo globo que puedan encontrar, y ahora acompañado de la marcha acelerada del imperialismo hacia la guerra, va a ser un invierno largo y caliente. Y, lo que es más importante aun, será un invierno que, de forma lenta pero segura y explosiva, engendrará una resistencia de un alcance y profundidad no antes vistos por militantes de disposición revolucionaria por todo el mundo actual.

Durante este “otoño” del capitalismo mundial que ha durado un cuarto de siglo, el ciclo comercial continuó oscilando, incluyendo dos largas recuperaciones capitalistas: una de casi ocho años después de 1982 en casi todos los países imperialistas salvo Nueva Zelanda; la segunda que se extendió toda una década, desde 1991 hasta 2001, el ascenso cíclico más largo en la historia de Estados Unidos, con un crecimiento relativamente constante durante todo ese periodo en la mayoría de los demás países imperialistas, con la importante excepción de Japón. Sin embargo, ambas recuperaciones se limitaron a la mayoría de los países imperialistas y a una minoría de países semicoloniales relativamente desarrollados económicamente. Ambas fueron alimentadas por una masiva inflación de deudas y valores, agregando poco a la capacidad productiva en comparación con las expansiones posteriores a la Segunda Guerra Mundial en Estados Unidos y luego en Europa y Japón. En el afán de aumentar su margen de ganancias, la situación de más y más patrones es que no pueden recurrir a otra cosa que no sea intentar reducir salarios y prestaciones, prolongar las horas e intensificar el trabajo. Esta extensión e intensificación es el “secreto” del aumento de productividad que Greenspan exagera y del que hace alarde con miras a reconfortar a la clase capitalista de que está ocurriendo algo más que una expansión adicional de la masiva deuda gubernamental y su contraparte privada en valores corporativos, hipotecas y tarjetas de crédito. Sin embargo, según las cifras del propio gobierno norteamericano, incluso de la Reserva Federal, durante estos dos auges más recientes ni la producción económica ni la productividad laboral se aproximaron en lo más mínimo al aumento de las tasas de crecimiento registradas desde finales de los años 40 hasta principios de los 70.

Al mismo tiempo, vale la pena repetir lo que un delegado de Washington, D.C., Sam Manuel, nos recordara durante la discusión. Jamás basta con observar únicamente las estadísticas del gobierno, ni siquiera ver cómo le está yendo al sector promedio o a la mediana de la clase trabajadora a lo largo de unos cuantos años. Tenemos que mantener la vista puesta en distintas capas de la clase trabajadora, y en las consecuencias sociales diferenciales de los “auges” de este tipo. En el último cuarto de siglo, no solo aumentó la desigualdad salarial en el seno de la clase trabajadora, sino que, ante todo, creció explosivamente la brecha de ingresos entre todos los trabajadores y las capas más acomodadas de la clase media y sectores profesionales, por no decir nada de las más ricas familias acaudaladas (cuyos astronómicos ingresos anuales—ya no digamos su riqueza acumulada—ni siquiera se incluyen en las estadísticas del gobierno). Los salarios reales, los beneficios médicos y de pensiones de jubilación, el valor y la duración del seguro por desempleo, la disponibilidad y el valor real del seguro por accidentes y enfermedades de trabajo, la asequibilidad de la vivienda, la alimentación y la educación universitaria: todo esto decayó, en muchos casos de forma abrupta, para la mayoría de los trabajadores y pequeños agricultores. Si bien a finales de los 90 el salario neto subió para ciertas capas durante varios años, hoy, nuevamente, hasta ese alivio ha dado marcha atrás.[32]

Mientras la economía capitalista continúa subiendo, mientras las tasas reales de interés siguen estables o bajen, mientras el dólar se mantiene fuerte respecto a las monedas de los rivales imperialistas de Washington, este castillo de naipes plagado de deudas sigue en pie: y se yerque más aún (¡en términos de dólares!). Pero a medida que todo esto comienza a cambiar, como ha sucedido desde cierto momento a finales de 2000, la estructura entera se vuelve cada vez más inestable. Nuevamente se está confirmando con creces la observación de Marx de que “el capital que devenga interés es, en general, la madre de todas las formas absurdas” de capital.[33]

Ni nosotros ni nadie más puede predecir exactamente cuánto tardará para que estos globos gigantescos se desinflen: precios de acciones, deuda de consumidores, costos de bienes raíces, el “valor” relativo del dólar. Pero ya que todo el mundo puede percibir que eso viene, parecerá natural decir: “¡Seguramente los capitalistas van a hacer algo para frenarlo!”

Sin embargo, la ley del valor no funciona así. No es así como opera un sistema de mercado impulsado por la competencia de capitales en la época imperialista, en base a una competencia más y más violenta de capitales cada vez más grandes y una especulación cada vez más apalancada. El capital financiero desde mediados de los 70 ha pospuesto la crisis y moderado la frecuencia y volatilidad de las oscilaciones del ciclo comercial. Sin embargo, lo hizo solo a costa de inflar más y más los globos de deudas, aumentando su variedad a la vez que se degrada el poder adquisitivo de la moneda, haciendo el futuro estallido del globo más destructivo aun para la estabilidad, la seguridad y las alianzas del imperialismo.
volver arriba

Las clases medias son sacudidas primero

Los trabajadores con conciencia de clase reconocen que la historia enseña que el impacto más directo de la crisis financiera capitalista al comienzo de un periodo de depresión le puede tocar a las clases medias, inicialmente más que a la clase trabajadora.

En Estados Unidos tardó mucho desarrollar lo que Marx y Engels llamaban un “proletariado hereditario”, una clase cuyos miembros en su gran mayoría siguen siendo proletarios sin propiedad de una generación a la siguiente. Sin tierra, sin herramientas, sin capital. Aquellos que sobrevivimos solo al vender por un salario nuestra capacidad de usar los músculos y la mente para trabajar para otra persona: nuestra fuerza de trabajo. Marx y Engels estudiaron este fenómeno de cerca durante la segunda mitad del siglo XIX y escribieron extensamente al respecto. Hasta que se aboliera la esclavitud—señalaron—y hasta que se agotara la tierra que se podía tomar gratuitamente a medida que el capitalismo norteamericano se expandía hacia el oeste, no podría existir una clase trabajadora hereditaria a nivel nacional en Estados Unidos. Y hasta que no se formara este proletariado hereditario, eran limitadas las posibilidades de organizar una resistencia obrera a la burguesía industrial emergente o un partido de masas con conciencia de clase que pudiera hablar y actuar resueltamente a nombre de los intereses de los trabajadores, otros productores explotados, y hermanos y hermanas sometidos a todo tipo de servidumbre.

Durante gran parte del siglo XIX, lo que llegó a ser Estados Unidos permaneció como una inmensa masa de tierra mayormente sin desarrollar que se extendía del Atlántico al Pacífico. Para beneficio de los ricos terratenientes, comerciantes, constructores de canales y luego los grandes intereses ferroviarios y mineros, el gobierno estadounidense llevó a cabo brutales y masivos traslados de población y ataques genocidas contra los indígenas.

Sin embargo, también emigraron trabajadores, y en números crecientes. Cuando en las ciudades del este las condiciones de vida y de trabajo se hacían demasiado onerosas, los trabajadores podían seguir el consejo “Ve hacia el Oeste, joven”, a buscar una nueva vida, y eso hacían. Los trabajadores se escapaban de los talleres y las fábricas para hacerse pequeños agricultores. Después de la Guerra Civil de Estados Unidos, cientos de miles de personas aprovecharon la Homestead Act (Ley de Granjas) para obtener una parcelita de tierra. Aún en el día de hoy, entre muchos trabajadores norteamericanos persiste el sueño de ahorrar un poquito de dinero para empezar su propio negocio. Más aún, sueñan con hacer algo para que sus hijos puedan ascender a la clase media. Sin embargo, para la inmensa mayoría de los trabajadores, hace mucho que la realidad pasó a ser una condición proletaria de carácter hereditario.

Los trabajadores no acumulan riqueza neta en el transcurso de una vida. A menudo se ven referencias al “hecho” de que la mayoría de los norteamericanos son accionistas. Pero estas afirmaciones sencillamente disfrazan la dura realidad de clase de que un creciente número de empresas se está deshaciendo de los fondos de pensiones de beneficios definidos, financiados por la patronal—los cuales no tienen nada de “garantizado”, según se están percatando ahora millones de trabajadores que tienen estas pensiones “protegidas”—,y las está reemplazando con “planes de jubilación” de contribuciones definidas, los cuales dependen completamente de la suerte de acciones, obligaciones y fondos mutuos. Aunque los trabajadores no tenemos control alguno sobre estos planes, el hecho que podamos “tener” un llamado plan 401k supuestamente nos convierte en jugadores en la bolsa de valores. En realidad, estos planes nos convierten en víctimas de la bolsa de valores. La verdad es que en apenas una tercera parte de los hogares en Estados Unidos hay individuos que poseen siquiera una sola acción más allá de un plan de jubilación, y esa cifra no ha subido, sino que ha bajado en el último lustro. Un 85 por ciento del valor de las acciones están en manos de aquellos cuyos ingresos representan el 10 por ciento más alto en Estados Unidos. La tenencia de obligaciones gubernamentales y corporativas está aún más concentrada en manos de las familias gobernantes acaudaladas y de los profesionales bien remunerados, quienes invierten mucho más de sus riquezas en obligaciones que en acciones. Las familias gobernantes del último imperio consideran que ser dueños de una parte de las ganancias extraídas de la esclavitud por deudas a nivel mundial es su derecho de nacimiento.

Los pocos ahorros, incluso el valor líquido de sus casas, que los trabajadores a duras penas logran acumular al alcanzar la mediana edad, comúnmente se ven más que contrarrestados por el endeudamiento progresivo y los gastos ruinosos de la edad creciente. Así que cuando se desploman las bolsas de valores y de obligaciones, la mayoría de los trabajadores no sufren, o apenas sufren, un impacto directo e inmediato en su nivel de vida.

Es menos el caso para millones de personas de las clases medias… al principio. Mientras el desarrollo de la crisis capitalista sea más fuerte en la banca y las finanzas que en la producción y el empleo, no será la clase trabajadora la que primero empiece a radicalizarse en respuesta a estos sucesos. Serán los números crecientes de personas cuyas familias habían escapado la condición proletaria durante más o menos la última generación—ellos esperaban que sería para siempre—pero cuyas ilusiones de seguridad y estabilidad comienzan a hacerse añicos.

En los primeros años del milenio, muchos individuos de las clases medias se sienten como si unos patos los estuvieran picoteando a muerte, sin respiro a la vista. Cuando los precios de las acciones comenzaron a bajar en 2000, les “aconsejaron” que esperaran a que el mercado repuntara, como había sucedido en 1987 y de nuevo en 1991. La mayoría hizo así: y así vieron evaporarse una parte importante de sus acciones, hasta que cayeron en la cuenta de que nadie sabe cuánto tardará hasta que los índices de acciones recuperen sus niveles anteriores, o si ellos o sus herederos estarán solventes para entonces, ¡o siquiera vivos! Entonces ¿qué van a hacer ahora? ¿Vender con una pérdida grande, o esperar un día más soleado? La bolsa baja. Después sube por unos días, o unas semanas, o unos meses, o un año. ¡Ten esperanzas! Más que simple codicia, la esperanza—alimentada por la desesperación y un miedo transformador—brota de nuevo. Las ovejas compran mientras sube, y son trasquiladas sin piedad cuando sigue cayendo. Cada nuevo punto alto es más bajo que el anterior; cada nuevo punto bajo es más bajo que el anterior. Pero aún queda un largo trecho—años y años de descenso—hasta “el fondo”.

El miedo que acompaña la anticipación de otras caídas es palpable entre crecientes capas medias, así como capas de trabajadores más acomodados que se han creído el mito de que lograron ingresar a la clase media. Al no existir una voz obrera independiente que pueda polarizar y atraer sectores de la pequeña burguesía, los más asustados por lo que está sucediendo se volverán más propensos al radicalismo y a la violencia de los llamamientos de derechistas radicales. La propaganda que fomente las teorías de conspiración tendrá más resonancia. Proliferarán conceptos excéntricos, predicando exactamente lo opuesto de las realidades de clase que explica Lenin en El imperialismo. Se propagarán las llamadas “teorías” populistas, pretendiendo diferenciar entre las clases trabajadoras y empresariales “productivas” y los “usureros” y “especuladores” (los términos más sencillos y tranquilos que no tardarán en ser remplazados con “los judíos”). Y estas panaceas a menudo llegarán vestidas de retórica antiimperialista, antiguerra e incluso anticapitalista. Nos iremos topando más con el eco de tales opiniones entre agricultores que luchan por frenar las liquidaciones forzosas de sus tierras, como también entre algunos compañeros de trabajo, sus amigos y familiares: trabajadores que carecen de explicación para lo que está empezando a sucederles a ellos y a todo su alrededor. Solo ven que se va derrumbando como escenas de una película en cámara lenta.

Los trabajadores comunistas necesitamos estar políticamente preparados para responder a la demagogia radical de las fuerzas ultraderechistas y fascistas incipientes. Explicaremos al pueblo trabajador: ¡No! No hay necesidad de conjuras. Por al menos un siglo, los capitales bancario, industrial y comercial, todos monopolizados, se han fusionado tanto en Estados Unidos como en otros países imperialistas bajo la propiedad y el control de un puñado de acaudaladas familias gobernantes parásitas, las familias del capital financiero. Los nombres de las familias gobernantes de Estados Unidos no son un secreto. Son los dueños de estos monopolios: los bancos, las firmas corredoras, las aseguradoras, las empresas industriales, las distribuidoras al por mayor y al detalle, los trusts inmobiliarios, los principales periódicos, revistas, emisoras de radio y televisión y compañías de entretenimiento. Son los obligacionistas. Dominan las bolsas de valores, de mercancías y de toda forma de deuda que existe. Son los propietarios de las franquicias del deporte profesional y financian la ópera, los museos más grandes, las bibliotecas, las fundaciones, los tanques de cerebros de todas las creencias. Financian y controlan los partidos Demócrata y Republicano. Dirigen el gobierno capitalista a nivel federal, estatal y local. Son a quienes sirven y protegen los tribunales, la policía y las fuerzas armadas. Podemos nombrar los clubes a los que pertenecen, las juntas de las que son miembros, las universidades a las que asisten y que auspician y las escuelas a las que van sus hijos. La tarea consiste en dirigir a la vanguardia de la clase trabajadora para derrocar a los gobernantes y llevar al poder a un gobierno de trabajadores y agricultores, estableciendo así la solidaridad en el seno de la sociedad.
volver arriba

Un programa comunista

Al ahondarse la depresión capitalista, un descenso de la producción conducirá a un creciente desempleo, a fuertes reducciones de salarios, a condiciones de trabajo cada vez más brutales y a brotes inflacionarios ruinosos conforme los capitalistas impriman dinero para tratar de reactivar sus motores.

Los trabajadores de vanguardia comenzarán a mostrarse más receptivos a un programa comunista. Al atravesar luchas cada vez más intensas, buscarán las maneras de luchar con eficacia y vencer. Se verán atraídos a las ideas que explican otros militantes que son comunistas sobre cómo fortalecer la solidaridad y la capacidad combativa de la clase trabajadora y de nuestros aliados y, sobre todo, de nuestros sindicatos. Nos ganaremos un público amplio al plantear la necesidad de transformar el seguro social para que abarque una atención médica universal, educación vitalicia universal, indemnización universal por incapacidad y pensiones de jubilación universalmente garantizadas. Explicamos que éstas no son prestaciones que “le regalan” a la clase trabajadora los patrones y su gobierno; la nueva riqueza producida por el trabajo del pueblo trabajador se debe usar para garantizar las condiciones de una vida productiva—durante toda la vida—para las clases trabajadoras. Tendremos más éxito en contrarrestar los esfuerzos de la clase patronal para oponer entre sí a generaciones del pueblo trabajador, o para dividir y conquistar en torno al empleo, color de la piel, género, idioma, estado de residencia, u origen nacional.

Para muchos trabajadores, gran parte de nuestro programa tiene sentido cuando se los explicamos, pero no parece emanar de una lucha en la que estén involucrados que tenga una importancia fundamental en su vida. No ha parecido ni urgente ni práctico. Y no lo será, en tanto persistan ilusiones sobre la estabilidad a largo plazo del sistema capitalista, o, más importante aún, sobre la falta de capacidades políticas y el asentimiento permanente del pueblo trabajador a nivel mundial, de nosotros. Al principio muchos ven nuestro programa solo como un conjunto de ideas, o hasta como una proyección utópica, y no como una línea de marcha por el combate de clases hacia la lucha organizada por la dictadura del proletariado. No han tenido suficiente combate político bajo un liderazgo proletario para desarrollar confianza en sí mismos y en la capacidad de su clase de organizar y administrar la economía y “guiar la nave del estado”.

Todos hemos escuchado por muchos años el mismo tipo de cosas de muchos compañeros de trabajo y familiares. “A mí me va a cuidar la Administración de Veteranos”. “Yo tengo una pensión del ferrocarril, y hasta está ‘garantizada’ por una agencia federal”. “Yo he estado aquí 20 años. En este trabajo me jubilo”. En la última década y pico, a estos viejos refranes se les han sumado otros: “Yo no podía vivir de mi seguro social y de la pensión de la compañía, pero ahora hemos hecho que la compañía nos dé un plan 401k y estoy ahorrando un poquito más cada mes”. Todos estos mitos cómodos—y pasajeros—los promueve la cúpula sindical colaboradora de clases: una capa pequeñoburguesa con valores y aspiraciones burgueses y en el fondo con un egocentrismo matón.

Hoy día no solo le están prolongando la semana laboral y el año laboral a la clase obrera (para millones de trabajadores están disminuyendo las vacaciones pagadas y los días feriados), sino la vida laboral.[34] El número de años que el trabajador medio en Estados Unidos pertenece a la fuerza laboral, que había bajado hasta mediados de los 80, ha comenzado a subir de nuevo en los últimos 15 años.[35] La edad de jubilación oficial para recibir los beneficios completos del Seguro Social será incrementada en etapas a partir de 2003, de 65 a 67 años. Y esto es solo el comienzo, conforme los gobernantes arrecien sus ataques contra el salario social en los años venideros. Esto no tiene nada que ver con tender un puente entre las generaciones y asegurar una vida entera de educación y trabajo social productivo para cada ser humano, como planteamos en La clase trabajadora y la transformación de la educación. Al contrario, tiene que ver con una vida más larga de explotación para acrecentar las ganancias de un patrón. Y eso conlleva un incremento de lesiones y muertes en el trabajo. Esto ocurriría aún sin acelerar el ritmo de trabajo. Y, como lo saben y lo sienten todos aquí, sí están acelerando el ritmo de trabajo, y es salvaje.

Presentamos aspectos centrales de nuestro programa el año pasado de una manera popular en Cuba y la revolución norteamericana que viene. Podemos usar ese libro de forma eficaz al hablar de socialismo con jóvenes y trabajadores. Algunas de nuestras presentaciones más claras y extensas se encuentran en los documentos pioneros del viraje del partido a la industria, a finales de los 70 y principios de los 80, que aparecen en El rostro cambiante de la política en Estados Unidos, como también en El desorden mundial del capitalismo. Por ejemplo, en “Conducir el partido a la industria”—el informe de febrero de 1978 que lanzó el viraje—explicamos cuán lejos había avanzado la clase patronal, con ayuda de la cúpula sindical, en destruir las propias bases de la solidaridad obrera durante el “verano” posterior a la Segunda Guerra Mundial, un prolongado segmento ascendente de la curva del desarrollo capitalista.

Más y más “de los llamados beneficios colaterales—pensiones, planes médicos, suplementos al seguro por desempleo—[se vieron] condicionados a las ganancias del patrón” para el cual uno trabaja, indicaba el informe de 1978. “Lo vemos generalizarse en las industrias del carbón, del acero, automotriz y otras más. Estas prestaciones no fueron conquistadas para la clase en su conjunto, ni siquiera para un sector de la clase”. El informe continuaba:

Estos beneficios colaterales son buenos en tiempos buenos—para los trabajadores que los tengan—porque son un complemento importante de todo lo demás con lo que cuentan los obreros industriales. Pero cuando llega la crisis, todo empieza a desmoronarse. Las pensiones se ven amenazadas. Los planes médicos son desmantelados. Los suplementos por desempleo se agotan….

Este es el precio del sindicalismo empresarial. Este es el precio de la política colaboracionista de clases, de la negativa a luchar por las auténticas necesidades de la clase obrera: por el seguro social para toda la clase, por un sistema nacional de salud pública, por un seguro nacional por desempleo verdadero y lo suficientemente alto, por una semana laboral más corta sin disminución del salario, por la protección contra la inflación, y por una acción política independiente de la clase obrera. Este es el precio que se paga por una burocracia que afirma que las luchas sociales y políticas independientes son secundarias, que afirma que las promesas patronales en los contratos son decisivas.

Este es el precio a pagar por el hecho de que la burocracia sindical rehúsa luchar por las necesidades sociales más amplias de la clase obrera y forjar un instrumento político que luche por ellas.[36]
volver arriba

Aprender a hablar concretamente

Cuando hablamos de las condiciones de depresión en las que estamos entrando, esa palabra en sí—depresión—fácilmente se puede volver una abstracción vacía si no tenemos cuidado, si no somos concretos. Trotsky advirtió de tales riesgos en la carta de 1923 sobre la curva del desarrollo capitalista que citamos anteriormente. Durante un largo periodo de estabilidad capitalista, dijo Trotsky, es natural reducir distintos fenómenos políticos y tendencias económicas “a un tipo social familiar”, ya que eso permite comunicarse y actuar. “Sin embargo, cuando ocurre un cambio serio en la situación”, dijo, “tales explicaciones generales revelan su completa insuficiencia, y se ven transformadas totalmente en verdades vacías”.[37]

Si uno vuelve a leer la serie sobre los Teamsters, por ejemplo, notará que Farrell [Dobbs] siempre habla de periodos distintos, concretos, dentro de la depresión y de sus consecuencias políticas, no simplemente de la “Gran Depresión”.

Farrell describe los cuatro años posteriores a 1929, cuando la producción bajó en un tercio y el desempleo subió hasta finalmente alcanzar el 25 por ciento. “Al principio, los trabajadores aceptaron estos golpes de una manera más o menos pasiva”, dice. “La debacle económica los había dejado aturdidos y tardó cierto tiempo hasta que se recuperaran de los efectos del choque”.[38]

Después Farrell señala lo que empezó a suceder entre la clase trabajadora y el movimiento sindical en 1933, cuando la producción comenzó un ascenso de cuatro años, recuperándose en más de un tercio, y el desempleo se redujo en casi la mitad, hasta un 14 por ciento. Durante ese año, dice, “irrumpieron huelgas aquí y allá en la industria”, y siguieron durante 1934. Ese año estallaron luchas sindicales de un nuevo tipo en Minneapolis, San Francisco y Toledo, y luego continuaron, pasando por las huelgas de brazos caídos y otras batallas en 1935–37 en las industrias automotriz, siderúrgica y otras: huelgas y campañas de sindicalización que forjaron los sindicatos industriales, el CIO. “Estos paros”, escribe Farrell, “resultaban de la interacción de dos factores básicos: la determinación de los trabajadores de reconquistar el terreno que habían perdido en la depresión, y su creciente confianza—estimulada por la recuperación económica parcial bajo el Nuevo Trato—de que sus objetivos se podían alcanzar”.

Por último, Farrell relata el impacto de la renovada recesión capitalista en 1937–38, incluida una deceleración de las batallas del CIO y el comienzo por parte del gobierno demócrata de la acelerada marcha hacia la segunda guerra imperialista mundial. “Cuando la economía nacional de nuevo comenzó a decaer a mediados de 1937”, escribe Farrell, “los patrones trataron de usar la situación cambiada como la base de una ofensiva contra el movimiento sindical…. Se sintieron envalentonados en seguir ese rumbo porque el descenso de la producción tendía a mellar un poco la combatividad de las filas sindicales”.[39] Durante este periodo, fue echado atrás el ímpetu político muy real que existía para avanzar hacia un partido obrero independiente, impulso que había ganado terreno entre los trabajadores de vanguardia comprometidos en las batallas para forjar el movimiento sindical industrial. En vez de eso, la maldirigencia estalinista del Partido Comunista logró que más trabajadores escucharan su llamado a favor de su curso del frente popular, de enganchar al movimiento sindical más estrechamente aún al Partido Demócrata, y del curso de la gran mayoría del CIO y un número importante de los altos funcionarios de la AFL.

Jamás podríamos ver acontecimientos revolucionarios en ninguna parte del mundo si la actividad económica, la vida política y la lucha de clases avanzaran todas en línea recta. Si la producción solo siguiera bajando durante una depresión, la clase trabajadora finalmente quedaría tan apabullada que el combate de clase eficaz, ya no digamos la lucha revolucionaria, se vendría a pique. Son los bruscos altibajos, la creciente violencia de las fluctuaciones, las promesas y esperanzas truncadas lo que transforma la conciencia de los trabajadores. Es eso lo que permite que entre muchos trabajadores se acumule la determinación de luchar. Y es lo que lleva a muchos más a orientarse a esos combatientes hasta que, o a menos que, se demuestre que no puedan hacer corresponder los hechos con las palabras.
volver arriba

Nuestros cinco compañeros cubanos

Este congreso no debe clausurarse sin antes hacernos recordar que nuestro movimiento tiene nuevas obligaciones de trabajar políticamente con cinco comunistas de Cuba quienes están cumpliendo condenas en prisiones federales en Estados Unidos. Naturalmente, estos compañeros se orientan hacia Cuba para las líneas estratégicas fundamentales de su labor y de su perspectiva mundial, como deben hacerlo. Sin embargo, hoy están envueltos—por el tiempo que sea—en una esfera de la lucha de clases donde la dirección de la Revolución Cubana tiene poca experiencia directa o hasta indirecta: dentro de Estados Unidos mismo. Aunque su participación en este frente es de carácter involuntario, mientras estén desplegados así, están decididos a ahondar su comprensión científica de la política de clases aquí y a realizar un curso de acción disciplinado. Y los acogemos como una brigada de refuerzo del movimiento obrero revolucionario en este país.

Encarcelados en el sistema deshumanizante de prisiones en Estados Unidos, entre sus muchas experiencias, estos cinco compañeros se están topando con las distintas formas en que las ideas derechistas y fascistas logran cierto punto de apoyo entre capas de trabajadores y agricultores en Estados Unidos.[40] En realidad están aprendiendo por qué no es correcto decir que, debido a las tradiciones democráticas de este país, en Estados Unidos nunca se podrá captar a un número importante de personas a un movimiento fascista. Esas tradiciones son tradiciones democrático-burguesas, hay que recordar siempre. Y serán trituradas como pedazos de papel si la clase trabajadora en este país no logra forjar un liderazgo capaz de organizar a los trabajadores, agricultores y nuestros aliados en una revolución exitosa cuando una fuerte aceleración del combate de clases plantee la cuestión de qué clase ha de gobernar.

Nuestros compañeros cubanos no solo están observando sino aprendiendo en la práctica acerca del papel y la importancia de los trabajadores que son negros en el proceso de forjar una vanguardia social y política de la clase trabajadora en Estados Unidos. Están aprendiendo por qué al leer y asimilar los discursos del último año de Malcolm X se abre un camino a la política y a la organización revolucionarias. Están aprendiendo acerca de la utilidad del Militant y de Perspectiva Mundial, y de los libros de Pathfinder—incluidos los libros y folletos sobre la Revolución Cubana—en la lucha de clases en este país.
volver arriba

Cuadros profundamente políticos

Para la contraportada de Su Trotsky y el nuestro, preparamos una breve descripción de lo que trata el libro. “La historia demuestra que organizaciones revolucionarias pequeñas van a enfrentar no solo la prueba severa de guerras y represión”, comienza, “sino también oportunidades potencialmente devastadoras que emergen de forma inesperada al estallar huelgas y luchas sociales”.

Es ahí donde llega a ser decisivo no solo el azar sino la preparación que puede ayudar a tornar lo inesperado en buena suerte.

“Al suceder esto”, sigue el texto, “los partidos comunistas no solo reclutamos muchos nuevos miembros”. Y sí reclutan bajo esas condiciones, más rápidamente y en cantidades más grandes de las que cualquiera de nosotros aquí en esta sala podemos imaginar por nuestra propia experiencia en el movimiento obrero revolucionario. Además del reclutamiento individual directo, decimos, los partidos comunistas en esas circunstancias también convergen políticamente con otras fuerzas combativas. “Se fusionan con otras organizaciones obreras que siguen el mismo rumbo, y crecen hasta convertirse en partidos proletarios de masas que contienden por dirigir a los trabajadores y agricultores al poder”.

Entonces llegamos a la parte que tiene la importancia práctica más grande para los trabajadores comunistas en este momento.

Esto presupone, ante todo, “que desde mucho antes” los cuadros de tales partidos “han asimilado y se sienten cómodos con un programa comunista mundial”. Que una perspectiva comunista internacional se ha vuelto un hábito político, se ha interiorizado, se ha convertido en una cuestión de aparente reflejo.

Segundo, presupone que la orientación política revolucionaria de tales partidos se basa en la actividad cotidiana de cuadros que “son proletarios en su vida y su trabajo”. Ambos aspectos son igualmente importantes: en la vida y en el trabajo. De eso se tratan nuestro viraje a la industria y a los sindicatos industriales hace un cuarto de siglo, y nuestros esfuerzos constantes para fortalecer esa trayectoria desde entonces. Es lo que hace posible el centralismo revolucionario. No es una caricatura organizativa de hábitos proletarios. Se trata de situarnos donde necesitamos estar, en el seno de una vanguardia de nuestra clase, y de estar allí de una forma estructurada, disciplinada.

Tercero, los núcleos de partidos comunistas necesitan estar compuestos de aquellos que “derivan una satisfacción profunda de la actividad política”. Eso podría parecer una exageración. Pero no lo es. Sí, los revolucionarios pueden tener y tendrán un mes malo, un periodo de tres meses malo, hasta un año malo. Es parte de la condición humana en el capitalismo. Quienquiera que afirme que nunca ha tenido una mala racha da miedo; será alguien que nunca parpadea. Ninguno de nosotros quisiera tener un ángel en nuestro flanco. Pero si a mediano o a largo plazo un cuadro del partido no deriva una profunda satisfacción de su participación en la labor política comunista, entonces no puede vivir de acuerdo a los estatutos de fundación de la Liga de los Comunistas, redactados por Marx y Engels en 1847. Una de las “condiciones para ser miembro” planteadas en esos estatutos era “energía y celo revolucionarios en la propaganda”.[41] Esas fueron las palabras que Marx y Engels escogieron para un documento sometido a votación ante los delegados al mismo congreso que les asignó redactar el Manifiesto Comunista. Ser miembro significaba conducir una labor de propaganda con “energía y celo revolucionarios”.

Y cuarto, decimos que, mucho antes de un ascenso en las luchas revolucionarias, un partido comunista necesita haber forjado una “dirección con un agudo sentido de lo próximo que toca hacer”. Qué hacer ahora. Hoy. No pasado mañana. Y siempre concretamente.

Eso es lo que esperamos de la dirección del movimiento comunista.

Pensé en ese resumen sobre el tipo de movimiento que estamos forjando cuando preparábamos la reunión para celebrar la vida y la labor políticas de Charlie Scheer. He hablado en más de una reunión conmemorativa en el último año, y antes en muchas otras, para rendir tributo a la vida y a las contribuciones de compañeros que han muerto. Lo que más me llamó la atención cuando estaba pensando en Charlie, y al discutir su vida con otros, fue que lo que tenían en común todos estos compañeros—cada uno maravillosamente distinto de los demás de muchas formas—era el hecho que eran personas profundamente políticas. No solo personas a quienes les interesaba la política. Sino personas que organizaban su vida dentro del movimiento proletario y para quienes la política brindaba el eje práctico de su vida: la base del placer y la satisfacción que extraían de vivir. Era la fuente de sus logros.

Su Trotsky y el nuestro es sobre la obra vitalicia de esos cuadros.
volver arriba

Mantener el rumbo

En los últimos días de este congreso, hemos llegado a un entendimiento común de la importancia política del ejemplo que los comunistas en Estados Unidos podemos sentar y sentamos para otros trabajadores y revolucionarios. La política de clase que hemos conquistado y los pasos que estamos dando a través de nuestras ramas, comités organizadores y fracciones sindicales conforman el fundamento sobre el cual le prometemos al mundo que nunca demostraremos miedo ante un acto del imperialismo norteamericano. Lo único comparable al poderío de los gobernantes de Estados Unidos son sus pretensiones. Las consecuencias no controladas y no intencionadas de su poderío económico y militar deshacen las propias condiciones que ellos pretenden usar parar estabilizar, apuntalar su sistema de explotación y opresión plagado de crisis.

La respuesta del Partido Socialista de los Trabajadores a los sucesos del 11 de septiembre y a la reacción de los gobernantes estadounidenses no fue bravuconería. Tampoco lo es nuestra decisión de mantenernos firmes ante la marcha del imperialismo norteamericano hacia la guerra, y ante la fuerte lluvia que ha empezado a caer a lo largo y ancho del sistema de mercado mundial. Lo que los trabajadores-bolcheviques hacemos en Estados Unidos le da mayor confianza a todo trabajador, agricultor o joven en cualquier parte del mundo que rehúse ponerse de rodillas. Les da mayor confianza a los militantes que descubren al leer un número del Militant o de Perspectiva Mundial, o un libro o folleto de Pathfinder—o al ver a trabajadores de vanguardia en una planta, en un barrio, en una lucha común—que hay otros como ellos que están haciendo lo mismo.

No tenemos una imagen inflada de nosotros mismos, o de lo que el pueblo trabajador en Estados Unidos puede y va a lograr. Simplemente resulta un hecho que, si bien el último imperio del mundo jamás va a caer por su propio peso muerto, sí será derribado por una lucha revolucionaria de los trabajadores y agricultores en este país, que lucharán hombro a hombro con trabajadores y agricultores internacionalistas por todo el mundo.

La profunda satisfacción que derivamos al hacer política surge del conocimiento que nace de la historia y de las experiencias concretas de las clases trabajadoras de que esta meta es palpable y real. Y cuando se cumpla el hecho, la energía y el celo revolucionarios que han de brotar de trabajadores y agricultores por todo el mundo es algo que apenas podemos empezar a imaginarnos.

Aquí hemos dado un paso más en ese camino.
volver arriba

NOTAS

1. V.I. Lenin, “Informe sobre la situación internacional y las tareas fundamentales de la Internacional Comunista”, en el Segundo Congreso de la Internacional Comunista, 19 de julio de 1920, en Lenin, Obras completas (Moscú: Editorial Progreso, 1986), tomo 41, pág. 234. volver al texto

2. León Trotsky, On the Jewish Question (Sobre la cuestión judía; Nueva York, Pathfinder, 1970), pág. 16. volver al texto

3. En julio de 2004, el gobierno estadounidense emplazó en un silo en Alaska su primer interceptor contra misiles balísticos basado en tierra, proyecto comenzado durante la administración Clinton. El presidente Bush alabó el emplazamiento como “el inicio de un sistema de defensa de misiles que fue concebido por Ronald Reagan”. volver al texto

4. V.I. Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo (Nueva York: Pathfinder, 2002), pág. 41. volver al texto

5. En diciembre de 2001, el gobierno argentino incumplió un pago de obligaciones estatales por valor de 100 mil millones de dólares, en su mayoría propiedad de capitalistas en Europa occidental. El peso, que se había fijado al dólar, fue liberado y su valor se desplomó en un 75 por ciento, con consecuencias devastadoras para el pueblo trabajador y amplios sectores de las clases medias en Argentina. Durante el año siguiente, el crecimiento económico bajó en un 12 por ciento, el desempleo se disparó hasta casi un 25 por ciento y la inflación alcanzó el 40 por ciento. La crisis argentina creó ondas expansivas que se sintieron en toda la región. volver al texto

6. En su informe inaugural del Segundo Congreso de la Internacional Comunista, Lenin dijo que la reunión “merece el calificativo de Congreso Mundial” porque “se encuentran aquí no pocos representantes del movimiento revolucionario de las colonias y de los países atrasados. Esto no es más que un modesto comienzo, pero lo importante es que se ha dado ya el primer paso”. Lenin, “Informe sobre la situación internacional y las tareas fundamentales de la Internacional Comunista”, en Obras completas, tomo 41, pág. 239. volver al texto

7. Para finales de 2003, el valor nominal de los derivados a nivel mundial casi alcanzaba los 200 billones de dólares, más de un tercio de los cuales pertenecían a bancos estadounidenses. Al terminar el primer trimestre de 2004, el 94 por ciento de todos los derivados estadounidenses pertenecía a los cinco principales tenedores entre los bancos del país, de los que J.P. Morgan Chase poseía más del 50 por ciento (casi 40 billones de dólares). volver al texto

8. Según telegeography.com, editora de International Bandwidth 2004, “la sobrecapacidad sigue plagando la industria”. A finales de 2003, dicen, en Europa y Estados Unidos “solo se estaba utilizando entre el 3 y el 5 por ciento de la capacidad mejorable” del cable de fibra óptica instalado de forma submarina o subterránea. volver al texto

9. A mediados de 2004, aún con tasas de interés en aumento, la burbuja de la vivienda seguía creciendo. Los precios de viviendas subieron un 40 por ciento más rápido que la tasa general de inflación durante los ocho años anteriores. Para mayo de 2004, los préstamos garantizados por el valor líquido de viviendas se duplicaron llegando a 326 mil millones de dólares en poco más de tres años. El valor líquido de las viviendas de los propietarios de casas era más bajo que nunca, habiendo caído al 55 por ciento del valor de mercado de las viviendas a mediados de 2004, desde un punto máximo del 84 por ciento en 1945; durante esas seis décadas el promedio fue del 67 por ciento. volver al texto

10. Para finales de 2003, la deuda de los hogares había ascendido al 83 por ciento del producto interno bruto (PIB) de Estados Unidos, desde un 70 por ciento en 1999. Más del 13 por ciento de los ingresos domésticos se dedicó a pagar los intereses y el principal de esas deudas. Ante la presión combinada de las hipotecas y otras deudas personales, 1.6 millones de personas se declararon en bancarrota en Estados Unidos en 2003, casi el doble de 10 años antes. volver al texto

11. Para comienzos de 2004, el porcentaje que las dos agencias poseían de todas las hipotecas residenciales pendientes (7.8 billones de dólares) había ascendido al 50 por ciento. volver al texto

12. En 2003 se reveló que la Fannie Mae había encubierto 7 mil millones de dólares en pérdidas de derivados en 2003 y 12.1 mil millones en 2002. Ese mismo año la Freddie Mac fue expuesta por haber utilizado derivados entre 2000 y 2002 para adulterar sus libros de contabilidad. Nadie de su gerencia fue a la cárcel. ¡No intenten emularlos! Para septiembre de 2004, la agencia federal a cargo de “supervisar” a la Fannie Mae no tuvo más remedio que emitir un informe confirmando que la gerencia había manipulado los documentos financieros para hacer que sus ingresos lucieran bien, que sus posesiones en derivados no parecieran tan arriesgadas y—naturalmente—justificar masivas primas ejecutivas. Dos semanas después, un subcomité de la Cámara de Representantes comenzó vistas públicas. Manténganse en sintonía. volver al texto

13. Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, pág. 37. volver al texto

14. Carlos Marx, El capital (México: Siglo XXI Editores, 1976), tomo II, vol. 4, pág. 64. volver al texto

15. Marx, El capital, tomo III, vol. 7, pág. 500. volver al texto

16. Las cifras provienen de Winning the Loser’s Game (Ganando el juego del perdedor; Nueva York: McGraw Hill, 1998) por Charles D. Ellis. Gerente de inversiones en Wall Street, Ellis es director del Grupo Vanguardia y presidente del comité de inversión de la Universidad de Yale. volver al texto

17. En base a esta experiencia, a principios de 2003 se adoptó otra medida para racionalizar la producción de libros y folletos. Dados los avances en la impresión digital, la imprenta, que inevitablemente se habría convertido en un taller offset cada vez menos eficiente dedicado a producir libros y folletos, ya no podía ser más que un gasto innecesario de cuadros y recursos financieros. Desde entonces, los voluntarios del proyecto han organizado la producción no solo de las reimpresiones sino de las nuevas ediciones, así como la producción—de principio a fin—de nuevos títulos que están completados editorialmente, trabajando con diversas empresas en Estados Unidos y otros países que hacen trabajo de impresión digital. Por consiguiente, los voluntarios se han cambiado el nombre al de Proyecto de Impresión. volver al texto

18. En marzo de 2004, el movimiento comunista celebró la inauguración de una nueva sede combinada del tipo aquí descrito en el 306 de la Calle 37 Oeste, 10°piso, un edificio repleto de talleres de costura ubicado en medio del Distrito de la Costura de Nueva York. volver al texto

19. Ver el discurso que dio Sankara en octubre de 1984 ante la Asamblea General de Naciones Unidas, en Somos herederos de las revoluciones del mundo (Nueva York: Pathfinder, 2004), pág. 48. volver al texto

20. Carlos Marx, El dieciocho de brumario de Luis Bonaparte, en Marx y Engels, Obras escogidas (Moscú: Editorial Progreso, 1973), tomo 1, pág. 408. volver al texto

21. “Si uno vive bien y se comporta como debe, de vez en cuando le sonríe la suerte”, dijo Cannon en una de las 12 charlas públicas que dio en 1942 sobre el esfuerzo de forjar un partido comunista en Estados Unidos. “Y cuando a uno se le presenta un accidente—uno de los buenos—debe aprovecharlo y usarlo al máximo”. James P. Cannon, La historia del trotskismo americano, 1928–38: Informe de un partícipe (Nueva York: Pathfinder, 2002), pág. 195. volver al texto

22. Jack Barnes, “Nuestra política empieza con el mundo”, en Nueva Internacional no. 7 (Nueva York, 2005), pág. 105. volver al texto

23. Trotsky, Europe and America (Europa y América; Nueva York: Pathfinder, 1971), pág. 82. volver al texto

24. Jack Barnes, El desorden mundial del capitalismo: política obrera al milenio (Nueva York: Pathfinder, 2000), pág. 328. volver al texto

25. Lenin, “Sobre el folleto de Junius”, Obras completas, tomo 30, pág. 14. volver al texto

26. Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, pág. 3. volver al texto

27. Barnes, El desorden mundial del capitalismo, pág. 68. volver al texto

28. Las cifras del gobierno indicaron un declive de inversiones de capital durante los años 2001 y 2002. Incluso la modesta alza que comenzó a mediados de 2003 se concentró en reemplazar equipo gastado, deprimir los costos de la mano de obra intensificando el ritmo de trabajo y prolongando la jornada de trabajo, en vez de expandir la capacidad y la producción. En un artículo en la edición del 19 de julio de 2004 de la revista Business Week, titulado “Las arcas corporativas están atiborradas de plata”, se señalaba que “hasta el momento al menos, en vez de poner a trabajar toda esta artillería—acrecentando presupuestos de capital, acelerando el ritmo de contratación, reabasteciendo existencias o repartiendo mayores dividendos—las compañías están manteniendo seca gran parte de su pólvora”. Las empresas, dijo Business Week, están invirtiendo su efectivo en fondos del mercado monetario y en la recompra de valores de sus propias acciones. volver al texto

29. Estos informes se pueden encontrar en la colección de dos tomos por León Trotsky titulada The First Five Years of the Communist International (Los primeros cinco años de la Internacional Comunista; Nueva York: Pathfinder, 1972), y en Lenin, Obras completas, tomos 41 y 44. Fragmentos importantes de dos de esos informes se reproducen en este número, págs. 239–325. volver al texto

30. Trotsky, “La curva del desarrollo capitalista”, en el número 4 de Nueva Internacional (Nueva York, 1995), págs. 228–30. volver al texto

31. Ibíd., págs. 230–31. volver al texto

32. A finales de 2003, según Goldman Sachs, el banco de inversiones de Wall Street, en Estados Unidos la tasa anual de crecimiento de ingresos por hora bajó “al ritmo más lento jamás registrado”. Y hasta mediados de 2004, los ingresos reales semanales incluso cayeron. Volver al texto.

33. Marx, El capital, libro tercero, tomo VII, pág. 600. volver al texto

34. El año laboral medio en Estados Unidos fue más largo en 2003 que 50 años antes. La semana laboral media en las minas y en la manufactura sobrepasa las 40 horas, y el número promedio de horas y de horas extras ha aumentado de forma aguda desde 1955. Los obreros de producción que laboran horas extras tienen una semana laboral media de más de 50 horas: y casi 60 horas para los mineros. Según las cifras del gobierno, el porcentaje de los trabajadores que no tienen vacaciones pagadas saltó del 3 por ciento a comienzos de los 90 al 13 por ciento en 2003 en centros de trabajo medianos o grandes (más de 100 empleados) y del 12 por ciento al 27 por ciento en centros de trabajo pequeños. volver al texto

35. Según el Buró de Estadísticas Laborales de Estados Unidos, el porcentaje de los trabajadores entre las edades de 65 y 74 años que aún están en la fuerza laboral ascendió del 16.7 por ciento en 1990 al 19.1 por ciento en 2000, y se proyecta que crezca al 22.1 por ciento en 2010. El porcentaje de hombres en ese grupo que está en la fuerza laboral creció del 21.4 por ciento en 1990 al 24.2 por ciento en 2000, y se proyecta que alcance el 27.7 por ciento para 2010. volver al texto

36. Barnes, El rostro cambiante de la política en Estados Unidos: la política obrera y los sindicatos (Nueva York: Pathfinder, 1999), págs. 159–60. volver al texto

37. Trotsky, “La curva del desarrollo capitalista”, en Nueva Internacional no. 4, pág. 227. volver al texto

38. Farrell Dobbs, Teamster Politics (Política Teamster; Nueva York: Pathfinder, 1975), pág. 56. volver al texto

39. Ibíd., pág. 141. volver al texto

40. Ramón Labañino había expresado, en una carta a Mary-Alice Waters, su interés de obtener un ejemplar del libro Behold a Pale Horse (He allí un caballo pálido) por William Cooper, que le habían recomendado compañeros reclusos. El libro es una presentación ultraderechista de teorías de conspiración sobre todo tipo de cuestiones, desde los ovnis hasta el asesinato del presidente John F. Kennedy. Incluye el texto íntegro de la notoria falsificación antisemita del régimen zarista ruso, Los protocolos de los sabios de Sión. Un asistente de alguacil mató a Cooper a tiros en Arizona en noviembre de 2002. volver al texto

41. “Estatutos de la Liga de los Comunistas”, en Marx y Engels, Collected Works (Obras completas; Moscú: Editorial Progreso, 1976), tomo 6, pág. 633. volver al texto

Copyright © 2005 por New International